
Hoy no puedo mostrar imágenes espectaculares de Laredo. Ni siquiera me asomé al mar.

El día estaba nublado y parecía que iba a ponerse a llover en cualquier momento, aunque finalmente no cayó ni una sola gota.

Me fijé en esta poderosa e incomprensible ruina,

y me llegué a la parte antigua, que no pude visitar con el detalle que me hubiera gustado.






En una plaza porticada me abordó un hombre de ojos rasgados, con la ropa y la piel curtidas por la intemperie. Me dijo que era mongol y me explicó dónde se encontraba su país, y cuál era su capital. Insistió en que no era chino. Sabía varias lenguas y era pintor, como su padre, según dijo. Le interesó mi carpeta porque pensaba que estaba dibujando... Nos entendimos en castellano y en un inglés que pronunciaba vocalizando como tendemos a hacer nosotros. Había estado viviendo en Guipúzcoa y dos años en Bilbao, ciudad que no le gustaba porque, según decía, había muchos moros. Al parecer le habían robado varias veces, y algunas había podido defenderse porque sabía artes marciales. Y para ponerme un ejemplo me hizo algunas posturas que me intimidaron un poco. Me preguntó mi nombre. Él me dijo que se llamaba Chin-bó (o algo así). Le fastidiaba mucho que no supieran llamarle por su nombre. Terminamos la conversación aquel hombre de cara agradable y yo. Iba a comer algo y a fumar. Se despidió con un apretón de manos. Tenía treinta y seis años.

Después vi este bonito local y me abandoné por un rato a la fantasía de que, si tuviera dinero, lo compraría y montaría en él un pequeño café...