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30.5.12

IBERO

Este fin de semana volví a Ibero. El sol ya se había puesto. La tarde estaba serena y aunque poca, había gente en la calle. Me acerqué a la orilla del Arakil. El río había crecido desde la última vez, y el ruidoso torrente del lavadero se le unía poco después de nacer. Ambas corrientes discurrían sobre la roca viva y resultaba muy agradable poder acercarse hasta el nítido borde del agua. En ese lugar, aprovechando lo somero del vado, comienza un camino de piedras separadas que conduce al molino del otro lado. Con la crecida cumplía su función desde el primer tramo. Discurría entre sauces de hojas plateadas que nacían del lecho, y nubes de mosquitos. Me detuve donde la corriente se hacía más fuerte y lamía la superficie de arriba de las piedras, temiendo que la hiciera resbaladiza.

No volví a la carretera como en otras ocasiones, sino que me dirigí al Este por entre cultivos de cereal. Una pareja caminaba en la dulzura de la tarde por una carretera estrecha que conducía al puente que cruza el otro río, el Arga, que yo no conocía a esa altura. Era otra cosa: ancho, sereno, con orillas pobladas de grandes álamos. Más allá encontré un prometedor mar de trigo y suaves colinas que parecían pedir que alguien las contemplara paseando. No pudo ser. Tenía que volver.

Tomé la solitaria carretera que conduce a Irurzun remontando el Arakil, entre encinares y despeñaderos que se desmoronan en graveras. Por aquí, en algún lugar, está ahora el límite entre el euskera y el castellano.

16.1.09

12.3.07

PRIMAVERA

Este fin de semana hizo un tiempo maravilloso. Los prados lucían un verde luminoso y fresco, y un tapizado delicado de margaritas. Los abedules, avellanos y melocotoneros estaban ya florecidos; los unos, confiando en el viento, y los otros, en las abejas y las mariposas amarillas.



Paseo de Dolores Ibarruri, Barakaldo, Vizcaya.



Galdakano, Vizcaya.