Los políticos proponen y la gente disponemos. Cada uno tiene su papel en la comedia, porque aunque es cierto que el Estado tiene un papel fundamental como incitador de brutalidades, no menos cierto es que, después, nosotros no solamente acatamos, sino que ponemos maliciosamente de nuestra parte.
Así, me cuentan los que se acuerdan de vivirlo (no los que inventan los recuerdos), que el castellano era el idioma de prestigio entre la gente. Entre la gente de Cataluña, de Galicia, del País Vasco, de Andalucía... Y quienes no lo hablaban eran llamados por sus propios vecinos (no por extraños) pueblerinos, payeses, aldeanos... Después todo eso se pierde en el negro abismo del olvido, igual que el tiempo que hizo el año pasado, y la gente se rasga las vestiduras porque "le quitaron de hablar" su querida lengua. Ya no recuerdan, ni quieren recordar, que si no la saben es porque sus padres, y ellos mismos, se avergonzaban de hablarla.
Hoy el idioma sigue siendo un arma con la que abrir la cabeza al vecino. Por una parte, no puede uno encontrar trabajo como funcionario en el pueblo en el que ha nacido porque no habla euskera, a pesar de que nadie lo habla, ni nunca se ha hablado (los más ancianos dicen que jamás oyeron hablar esa lengua en las Encartaciones). También podemos observar el triste caso del pobre Maldonado, tratando de "domar", con éxito irregular, su andaluz ante las cámaras.
... Y por otro lado, nos sentimos ajenos por completo a toda herencia lingüística distinta de la nuestra, como si no nos perteneciera. Así podemos probar a abrir una academia de euskera en Santander, por poner un buen ejemplo de fracaso asegurado.