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10.10.14

VII EL LOCO, DE PLATERO Y YO, DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

VII EL LOCO

Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve sombrero negro, debo cobrar un extraño aspecto cabalgando en la blandura gris de Platero.

Cuando, yendo a las viñas, cruzo las últimas calles, blancas de cal con sol, los chiquillos gitanos, aceitosos y peludos, fuera de los harapos verdes, rojos y amarillos, las tensas barrigas tostadas. Corren detrás de nosotros. Chillando largamente:

—¡El loco! ¡El loco! ¡El loco!

…Delante “está el campo, ya verde. Frente al cielo inmenso y puro, de un incendiado añil, mis ojos —¡tan lejos de mis oídos! —se abren noblemente, recibiendo en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y divina que vive en el sinfín del horizonte…

Y quedan, allá lejos, por las altas eras, unos agudos gritos, velados finamente entrecortados, jadeantes, aburridos:

—¡El lo… co! ¡El lo… co!

16.6.14

VII, VIII Y IX, DE NOTAS PARA UN POEMA, DE I "DÍAS DE 1945-1951", DE CUADERNO DE EJERCICIOS II, DE SEFERIS

VII

El amor, serena morada del hombre

(Meng Chu, 17)

VIII

El águila real picó un pezón y luego otro
y clavó sus garras en el vientre estéril
yo he visto brotar entre las nubes una llama
que se apagó en las olas sanguinolentas de la playa.


IX

Antares: colmillo carmesí de Venus.



Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

2.6.14

VII, DE SOLSTICIO DE VERANO, DE TRES POEMAS SECRETOS, DE SEFERIS

VII

El respirar del álamo
en el huerto va contando
tus horas día y noche;
clepsidra que el cielo va llenando.
Sus hojas a impulsos de la luna
arrastran por la pared alba negros pasos.
Hay en la linde unos pocos pinos
luego mármoles y luminarias
y hombres modelados como los hombres.
El mirlo sin embargo trina
cuando va a beber
y se oye a veces el canto de la tórtola.

En el pequeño huerto de diez pasos
puede verse la luz del sol
derramada en dos claveles rojos
en un olivo y una exigua madreselva.
Acepta quién eres.
El poema
no lo ensombrezcas en la hondura de los plátanos
nútrelo con la tierra y las rocas que posees.
Lo demás-
cava en el mismo sitio y lo hallarás.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

26.5.14

VII, DE EN ESCENA, DE TRES POEMAS SECRETOS, DE SEFERIS

VII

Y sin embargo allí, en la otra orilla
bajo la negra mirada de la gruta
soles en los ojos aves en los hombros
allí estabas; sufrías
la otra pena, al amor
el otro amanecer, la presencia
el otro alumbramiento, la resurrección;
y sin embargo allí volvías a aparecer
en la formidable diástole del tiempo
momento a momento como la resina
la estalactita y la estalagmita.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

21.5.14

VII, DE SOBRE UN RAYO DE SOL INVERNAL, DE TRES POEMAS SECRETOS, DE SEFERIS

VII

La llama cura a la llama
no con un goteo de instantes
sino con un súbito fulgor;
como la pasión que se funde con otra pasión
y perduran clavadas
o como la melodía que quedara
allí, en el centro, como una estatua

inconmovible.

No es descanso este respiro
sino timón de un rayo.



Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

28.1.14

VII VIENTO DEL SUR, DE LEYENDA, DE SEFERIS

VII

VIENTO DEL SUR

El mar se funde hacia poniente con una cordillera.
A babor sopla el sur y nos trastorna
este viento que desnuda los huesos de la carne.
Nuestra casa entre pinos y algarrobos.
Amplias ventanas. Amplias mesas
para escribir cartas que por tantos meses
te escribimos y que entre nuestra distancia
echamos para llenarla.

Lucero del alba, cuando bajaste tu mirada
fueron nuestras horas más dulces que el bálsamo
en la herida, más gratas que el agua fría
al paladar, más serenas que el plumaje del cisne.
Sostenías en tu mano nuestra vida.
Tras el pan amargo del exilio
si de noche nos quedamos ante el muro blanco
tu voz se nos acerca como esperanza de un fuego
y este viento de nuevo afila
una cuchilla en nuestros nervios.

Cada uno de nosotros te escribió las mismas cosas
y cada uno guarda silencio ante el otro
mirando, cada uno, el mismo mundo para sí,
la luz y la tiniebla en la cordillera
y a ti.
¿Quién librará de esa pena a nuestro corazón?
Ayer noche, un diluvio; hoy
de nuevo gravita el cielo encapotado. Nuestros pensamientos
como las acículas de pino del aguacero de ayer
se agolpan a la puerta de casa y en vano
se obstinan en alzar una torre que se hunde.

En estos pueblos diezmados,
sobre este cabo a merced del viento del sur
con la cordillera ante nosotros que te esconde
¿quién tomará en cuenta nuestro empeño de olvido?
¿Quién aceptará nuestra ofrenda en este final del otoño?


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña