y el mar ya no existe.
Yo con una caña sólo en mis manos;
la noche estaba desierta y la luna menguante
y la tierra con el olor del último aguacero.
Musité: "Dondequiera que lo toques el recuerdo duele,
el cielo es mínimo, mar ya no hay,
lo que matan de día, con carretas por detrás de la cima
lo vacían".
Mis dedos tocaban ausentes esta flauta
que un viejo pastor me reglara cuando le di las buenas
tardes;
otros renunciaron a cualquier clase de saludo:
despiertan, se afeitan y emprenden la matanza del salario,
como si se podara o se operara, metódicamente, sin pasión;
el dolor, un cadáver como Patroclo, sin que nadie cometa
errores.
Pensé tocar una tonada pero tuve vergüenza de la gente,
la que mira más allá de la noche dentro de mi luz,
tejida de cuerpos vivos, de corazones desnudos
y del amor que también corresponde a las Venerables,
como al hombre y a la roca, como al agua y a la yerba,
como al animal que mira de frente a la muerte que viene
a por él.
Avancé así por el sendero oscuro
y volví a mi jardín, removí la tierra y enterré la caña
y musité de nuevo: "Vendrá la resurrección una mañana,
como resplandecen los árboles en primavera brotará el
destello del alba,
volverá a nacer el mar y del oleaje estremecido
surgirá Afrodita.
Somos simiente que muere". Y entré en mi casa vacía.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña