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2.12.16

MONUMENTO EN LAS AFUERAS DE PAMPLONA


Mientras viví en Pamplona el Monumento a los Caídos estuvo siempre en las afueras. Era un edificio que la ciudad no terminaba de asumir: no le ayudaban los altos y ensombrecedores edificios que definían la plaza del conde Rodezno, ni tampoco la avenida de Carlos III, que desembocaba en la plaza a eje con el Monumento y que, a efectos de circulación de vehículos y personas, no iba a ninguna parte. Ninguna intervención moderna en la ciudad fue tan dura ni quedó tan descontextualizada como ésta neoclásica, siendo en esa dureza sólo comparable a la de los edificios industriales o al estadio de fútbol. Además, una vez atravesados sus pórticos, se tenía la experiencia surrealista de encontrarse, sin transición alguna, en un paisaje completamente rural.