
El otro día, en medio de un formidable atasco, sin otra cosa que hacer que observar si los de delante se movían o no, me puse a observar el sol. Velado por la niebla de la mañana, se podía mirar de frente. A la altura en la que se encontraba, se veía como un disco homogéneo, perfectamente circular, todavía grande... No me costó nada imaginarlo una bola, una esfera de plasma, una estrella mediana... nada más que átomos. El cielo, de transparente durante la noche, se vuelve lechoso; de una luminosidad azulada que, no obstante, deja adivinar la negrura; una fina capa de gas, aplastada contra la superficie el planeta... Y más allá, nada: el viento solar y unas pocas décimas sobre el cero absoluto... Nunca ha habido huevos de enfrentarse a semejante desamparo.