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31.8.23
27.10.09
VITORIA
Vitoria es una ciudad de la que todavía hoy tengo una idea fragmentaria y extraña porque la he compuesto con impresiones muy diferentes, que conservo separadas en la memoria sin relacionar entre sí como si correspondieran a lugares distintos.
Las primeras imágenes que guardo son de muy niño, de un lugar llano con jardines y piscinas adonde nos llevaron de excursión un día de sol. No he podido nunca identificar aquel lugar y creo que eso es el origen de todas mis confusiones para con la ciudad.
Después, durante mucho tiempo, fue para mí sólo un lugar de paso. Un paso problemático, porque para llegar a la antigua estación de autobuses (parada obligatoria en el trayecto de Bilbao a Pamplona) los conductores elegían un camino distinto cada vez, pero siempre interminable. Se decía que el ayuntamiento había contratado a un técnico extranjero para que idease una red vial que los conductores encontraran difícil, siendo el fin último de todo aquello el fomento del transporte público. Por desgracia se les olvidó que para que la gente deje el coche y utilice el transporte público éste debe funcionar con un mínimo de eficacia y frecuencia. Así que el resultado, durante muchos años, fue que en Vitoria uno encontraba problemas para moverse en coche impropios de una ciudad tan pequeña. No había trayecto que no resultara problemático, y aún hoy consiguen desorientarme los restos de aquella maraña.
Después vinieron las excursiones en las que descubrí cosas pequeñas y grandes que no esperaba encontrar: la almendra medieval, algo triste por falta de actividad (lo que es algo poco habitual en las zonas antiguas, que suelen ser animadas); los antiguos jardines privados, hoy parques públicos, que quedan cerrados por la noche tras verjas de fundición; la malograda (porque la gente corría el riesgo de accidentarse y tuvieron que modificarla) plaza de Chillida y Peña Ganchegui; los grandes plátanos del paseo que comienza en el parque de la Florida y llega hasta la basílica de San Prudencio; la fría y poderosa catedral nueva; todos esos edificios de grandes dimensiones, repetitivos, que la ciudad ha ido acumulando y que le dan carácter (los cuarteles, los conventos, los edificios de la administración pública actual...), y la ciudad que se desarrolla a partir de los años ochenta, de grandes avenidas, y vastos, impecables, jardines, en la que resulta tan difícil guarecerse de ese aire frío que sopla con más frecuencia de la que a uno le gustaría.
Las primeras imágenes que guardo son de muy niño, de un lugar llano con jardines y piscinas adonde nos llevaron de excursión un día de sol. No he podido nunca identificar aquel lugar y creo que eso es el origen de todas mis confusiones para con la ciudad.
Después, durante mucho tiempo, fue para mí sólo un lugar de paso. Un paso problemático, porque para llegar a la antigua estación de autobuses (parada obligatoria en el trayecto de Bilbao a Pamplona) los conductores elegían un camino distinto cada vez, pero siempre interminable. Se decía que el ayuntamiento había contratado a un técnico extranjero para que idease una red vial que los conductores encontraran difícil, siendo el fin último de todo aquello el fomento del transporte público. Por desgracia se les olvidó que para que la gente deje el coche y utilice el transporte público éste debe funcionar con un mínimo de eficacia y frecuencia. Así que el resultado, durante muchos años, fue que en Vitoria uno encontraba problemas para moverse en coche impropios de una ciudad tan pequeña. No había trayecto que no resultara problemático, y aún hoy consiguen desorientarme los restos de aquella maraña.
Después vinieron las excursiones en las que descubrí cosas pequeñas y grandes que no esperaba encontrar: la almendra medieval, algo triste por falta de actividad (lo que es algo poco habitual en las zonas antiguas, que suelen ser animadas); los antiguos jardines privados, hoy parques públicos, que quedan cerrados por la noche tras verjas de fundición; la malograda (porque la gente corría el riesgo de accidentarse y tuvieron que modificarla) plaza de Chillida y Peña Ganchegui; los grandes plátanos del paseo que comienza en el parque de la Florida y llega hasta la basílica de San Prudencio; la fría y poderosa catedral nueva; todos esos edificios de grandes dimensiones, repetitivos, que la ciudad ha ido acumulando y que le dan carácter (los cuarteles, los conventos, los edificios de la administración pública actual...), y la ciudad que se desarrolla a partir de los años ochenta, de grandes avenidas, y vastos, impecables, jardines, en la que resulta tan difícil guarecerse de ese aire frío que sopla con más frecuencia de la que a uno le gustaría.
Para terminar la entrada de hoy os propongo este fragmento de la 10ª sinfonía de Shostakovich. De ella me ha gustado la música, claro está, pero también la "danza" de los músicos...
28.11.08
VITORIA

El Gorbea nevado, visto desde el Portal de Foronda, una de esas avenidas de las que me gusta decir que son más anchas que largas...

Galerías, a imitación de las antiguas para recoger el calor del sol. Y digo a imitación, porque estas no cumplen su función, al carecer de un muro en su interior que acumule el calor recogido durante el día, para soltarlo después, poco a poco.

Los jardines abundan en la capital. Siempre bien cuidados. Las plantas parecen gustar de climas fríos y algo húmedos, porque Pamplona, con una situación geográfica muy parecida, tiene también una espléndida jardinería. Aunque lo más probable es que la virtud se encuentre en los buenos profesionales del mantenimiento de las plantas...

También abundan los vastos espacios, siempre vacíos, y los edificios burocráticos de repetitivas e interminables fachadas.

El alcorque nos habla del árbol: un ginkgo.

A pesar del sol, el aire transparente soplaba gélido entre los edificios.

Esta acacia estaba ya dormida. Ha sido podada como un frutal: dividiendo el tronco en tres desde muy abajo.

Reciente aportación a la ciudad: oficinas concebidas por Eduardo Arroyo.

Secoya gigante en un antiguo jardín privado, cerrado con verjas, con horario de apertura y cierre.

El último paseo lo di alrededor de la catedral nueva.

Buen neogótico, aunque quizá un tanto frío.


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