
El barrio de Pobeña, en el municipio de Múskiz, es uno de los lugares que más me gusta de los que me quedan cerca. Allí venden media casita que compraría (si pudiese) por los niños. Es la última antes del puente que cruza a la playa. Está en un rincón, en la plaza de la ermita, resguardada del noroeste por un monte de unos cien metros, plantado de eucaliptos hasta donde el viento furioso lo permite. La vivienda tiene tres fachadas, y desde la sur se ve la ermita pintada de blanco y casi oculta por añosas encinas y laureles, una pequeña marisma y el río Barbadún, que ora sube, ora baja, según la marea. A pesar de tenerlo tan cerca no tiene vistas del mar, pero eso no me importa en absoluto, porque basta cruzar el río y ya está uno en la playa.
Me consuelo pensando que, casi con toda seguridad, los niños y yo no coincidiríamos en nuestros gustos y al cabo de poco tiempo ya no querrían ir. En fin. Al menos hoy he pasado un buen rato dejando que el niño que llevo dentro disfrutase contemplando todo lo que acontecía en las orillas: el vaivén de las algas y los bancos de peces; el dormitar de las blanquísimas ocas; el ir y venir nadando de los patos silvestres; el corretear de los pajarillos por la arena, y las peleas entre lagartijas.
Me consuelo pensando que, casi con toda seguridad, los niños y yo no coincidiríamos en nuestros gustos y al cabo de poco tiempo ya no querrían ir. En fin. Al menos hoy he pasado un buen rato dejando que el niño que llevo dentro disfrutase contemplando todo lo que acontecía en las orillas: el vaivén de las algas y los bancos de peces; el dormitar de las blanquísimas ocas; el ir y venir nadando de los patos silvestres; el corretear de los pajarillos por la arena, y las peleas entre lagartijas.