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23.8.25

SÓCRATES EN EL DÍA DE SU EJECUCIÓN

"... Deseo explicaros a vosotros, mis actuales jueces, cómo un hombre que se ha ocupado toda su vida de la filosofía debe morir con valor, y tener la firme esperanza de que gozará de lo mejor cuando haya muerto..."


Fragmento de el Fedón, de los Diálogos, de Plantón.

...

En un aparte, en una pausa excepcional de ese orden imperial al que tiende toda sociedad humana, Sócrates y sus amigos dialogan informalmente sobre cuestiones sobre las que nunca podrá volver a tratarse con tanta libertad. Porque Sócrates carece de autoridad para imponerse a sus interlocutores, e incluso de argumentos que los convenzan, y finalmente desfallece en el intento. Debe concluir su tarea sin haber podido convencer con sus argumentos ¿Pero no era la tarea simplemente el plantear los asuntos, las posibilidades, sin aspirar a concluir?

No consigo terminar la lectura del Fedón. Me pesa una tradición de origen para mí desconocido, que Sócrates no sospecha o no enuncia, y sobre la que se apoya sin precauciones.

11.8.25

EL PINO DE LA CORONA, EN LA COLINA DEL INTERIOR DE LUGO


 

La colina


¿No me has visto nunca, Platero, echado en la colina romántico y clásico a un tiempo?

...Pasan los toros, los perros, los cuervos, y no me muevo, ni siquiera miro. Llega la noche y sólo me voy cuando la sombra me quita. No sé cuándo me vi allí por vez primera y aún dudo si estuve nunca. Ya sabes qué colina digo; la colina roja aquella que se levanta, como un torso de hombre y de mujer, sobre la viña vieja de Cobano.

En ella he leído cuanto he leído y he pensado todos mis pensamientos. En todos los museos vi este cuadro mío, pintado por mí mismo: yo, de negro, echado en la arena, de espaldas a mí, digo a ti, o a quien mirara, con mi idea libre entre mis ojos y el poniente.

Me llaman, a ver si voy ya a comer o a dormir, desde la casa de la Piña. Creo que voy, pero no sé si me quedo allí. Y yo estoy cierto, Platero, de que ahora no estoy aquí, contigo, ni nunca en donde esté, ni en la tumba, ya muerto; sino en la colina roja, clásica a un tiempo y romántica, mirando, con un libro en la mano, ponerse el sol sobre el río...

6.5.25

¿QUIÉN SE HACE CARGO DE CAVAFIS?

¿Dónde encontraré quién admire al poeta? ¿Quién puede resolverme las dudas sobre su obra y su persona? ¿En qué país se formará el grupo de armiradores? ¿En qué lengua se expresarán? ¿En torno a qué aspecto se agruparán?



16.7.24

BORGES Y YO

Es curioso el caso de Jorge Luis Borges para conmigo: leí y releí El aleph porque mis compañeros de clase me decían que era sublime. Entonces yo lo asumí con fe y encontré que sus paradojas, desarrolladas sobre las mismas referencias multiculturales mías, tenían un brillo revelador. Borges me hizo interesarme por las frases en latín; algo que no me habían sugerido en mis clases de latín. Borges me hizo imaginar mi pasado clásico romano, griego, musulmán y judío como nunca lo había imaginado. Borges me habló del pensamiento de Averroes del que yo solo había aprendido una fecha y un lugar... Borges creó la imagen de mi propia cultura que yo nunca había desarrollado. Borges, un americano, me enseñó, a mí, español, cómo tenía que pensar mi tradición... Y ahora llegan los chavales americanos a decirme que mis antepasados les impusieron la cultura europea, y que esa cultura no es propia de allí...



17.6.24

FALTA UNA CITA DE SÉNECA, DE FERNANDO PESSOA

(Falta una cita de Séneca)


¡Ay qué placer 

No cumplir un deber, 

Tener un libro para leer 

¡Y no hacerlo! 

Leer es una lata, 

Estudiar es nada. 

El sol dora sin literatura. 

El río corre bien o mal, 

Sin edición original. 

Y la brisa, esa, de tal naturalmente matinal, como tiene tiempo, no tiene prisa... 

Libros son papeles pintados con tinta. 

Estudiar es una cosa en que está indistinta la distinción entre nada y cosa ninguna. 

¡Cuánto mejor es cuando hay bruma, esperar a D. Sebastián, ¡venga o no venga! 

Grande es la poesía, la bondad y las danzas... 

Pero lo mejor del mundo son los niños, las flores, la música, el claro de la luna y el sol, que peca sólo cuando, en vez de crear, seca. 

Por encima de todo esto está Jesucristo, que no sabía nada de finanzas, ni consta que tuviese biblioteca...


Fernando Pessoa/ Traductor desconocido.

14.6.24

PIENSO EN TI, DE ÁLVARO DE CAMPOS, HETERÓNIMO DE FERNANDO PESSOA

Penso em ti no silêncio da noite, quando tudo é nada,

Pienso en ti en el silencio de la noche, cuando todo es nada,

E os ruídos que há no silêncio são o próprio silêncio,

Y los ruidos que hay en el silencio son el propio silencio,

Então, sozinho de mim, passageiro parado

Entonces, a solas conmigo, pasajero detenido

De uma viagem em Deus, inutilmente penso em ti.

De un viaje hacia Dios, inutilmente pienso en ti.

Todo o passado, em que foste um momento eterno

Todo el pasado, en que fuiste un momento eterno

E como este silêncio de tudo.

Es como este silencio de todo.

Todo o perdido, em que foste o que mais perdi,

Todo lo perdido, en que fuiste lo que más perdí,

É como estes ruídos,

Es como estos ruidos,

Todo o inútil, em que foste o que não houvera de ser

Todo lo inútil, en que fuiste lo que no debía ser

É como o nada por ser neste silêncio nocturno.

Es como lo nada por ser en este silencio nocturno.

Tenho visto morrer, ou ouvido que morrem,

He visto morir, u oído que mueren,

Quantos amei ou conheci,

Cuantos amé o conocí,

Tenho visto não saber mais nada deles de tantos que foram

He visto no saber nada más nada de tantos que estuvieron

Comigo, e pouco importa se foi um homem ou uma conversa;

Conmigo, y poco importa si fue un hombre o una conversación;

Ou um [...] assustado e mudo,

O un [...] asustado y mudo,

E o mundo hoje para mim é um cemitério de noite

Y el mundo hoy para mí es un cementerio de noche

Branco e negro de campas e [...] e de luar alheio

Blanco y negro de tumbas y [...] de lunar* ajeno

E é neste sossego absurdo de mim e de tudo que penso em ti.

Y es en este sosiego absurdo de mí y de todo que pienso en ti.

 

 

(* tiempo en que brilla la luna)

13.4.24

EL ANKUS DEL REY, DE EL LIBRO DE LAS TIERRAS VÍRGENES, DE RUDYARD KIPLING

Cuatro cosas hay que nunca están contentas,
que siempre son insaciables: la boca de Jacala
el buche del milano; las manos de los monos y
los ojos del hombre.

(Adagio de la selva)



Kaa, la enorme serpiente pitón de la Peña había mudado su piel quizás por ducentésima vez desde su nacimiento, y Mowgli, que nunca olvidó que le debía la vida a Kaa por aquella noche en que ella trabajó tanto en las moradas frías -como acaso recordarán ustedes-, fue a felicitarla. La muda de la piel siempre hace que una serpiente se sienta irritable y deprimida, lo que dura hasta que la piel nueva empieza a mostrarse hermosa y brillante. Ya no volvió Kaa a burlarse de Mowgli, sino que lo aceptó, como lo hacían los demás pueblos de la selva, como amo y señor de ésta, y le traía cuantas noticias podía naturalmente escuchar una serpiente pitón de su tamaño. Lo que Kaa no sabía acerca de la selva media, como la llamaban -la vida que se desliza por encima o por debajo de la tierra entre piedras, madrigueras y troncos de árbol-, podría ser escrito en la más pequeña de sus escamas.

Aquella tarde Mowgli estaba sentado en el círculo que formaban los grandes repliegues del cuerpo de Kaa, manoseando la escamosa y rota piel vieja que estaba entre las rocas formando eses y enroscada, tal como Kaa la había dejado. Kaa, con mucha cortesía, se había hecho un ovillo bajo los anchos y desnudos hombros de Mowgli, de tal manera que el muchacho descansara en un sillón viviente.

-Es perfecta hasta las escamas de los ojos -dijo Mowgli entre dientes, jugando con la piel vieja-. ¡Qué extraño es ver uno mismo, a sus pies, la cubierta de su propia cabeza!

-Sí, pero yo no tengo pies -respondió Kaa-; y como es esta la costumbre de toda mi gente, no lo encuentro extraño. ¿No se te vuelve la piel vieja y áspera?

-Entonces, voy y me lavo, Cabeza Chata; pero es cierto: en los grandes calores he deseado poder mudar la piel sin dolor, y correr luego sin ella.

-Pues yo me lavo y además me quito la piel. ¿Qué te parece mi abrigo nuevo?

Mowgli pasó su mano sobre la labor diagonal de taracea de aquel inmenso dorso.

-La tortuga tiene la espalda más dura, pero es de colores menos alegres -dijo sentenciosamente-; la rana, mi tocaya, los tiene más alegres, pero no es tan dura. Su aspecto es muy hermoso.., como las manchas que hay en el interior de los lirios.

-Necesita agua. Una nueva piel nunca adquiere su verdadero color antes del primer baño. Vamos a bañarnos.

-Yo te llevaré -dijo Mowgli; se agachó, riendo, para levantar por el centro el enorme cuerpo, precisamente por donde era más grueso. Un hombre hubiera podido de igual manera intentar levantar un largo y ancho tubo de los drenajes; Kaa permaneció tendida muy quieta, soplando tranquilamente, muy regocijada. Empezó entonces el acostumbrado juego de todas las tardes (el muchacho con todo su vigor que era mucho, y la serpiente pitón con su magnífica piel nueva, uno frente al otro para luchar).., juego para ejercitar tanto el ojo como las fuerzas. Por supuesto, Kaa hubiera podido pulverizar a una docena de Mowglis si hubiese querido; pero jugaba con mucho cuidado y nunca empleaba ni la décima parte de su fuerza. En cuanto a Mowgli, tenía suficiente para resistir la rudeza de aquel juego. Kaa se lo había enseñado, y con ello ganaron sus miembros en elasticidad mejor que con cualquier otra cosa. Algunas veces, Mowgli permanecía de pie, envuelto casi hasta el cuello por los movedizos anillos de Kaa, y se esforzaba en sacar un brazo y cogerla por la garganta. Entonces Kaa se deslizaba suavemente, y Mowgli, con sus dos pies de movilidad extrema, intentaba detener todo movimiento de la enorme cola que retrocedía buscando una roca o el pie de un árbol. Balanceábanse también, cabeza con cabeza, cada uno esperando un momento para atacar, hasta que el hermoso grupo, parecido a una estatua, se deshacía en torbellinos de negros y amarillentos anillos y en piernas y brazos que luchaban una y otra vez por levantarse.

-¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! -decía Kaa, dirigiendo fintas con su cabeza, que ni siquiera la rapidísima mano de Mowgli lograba desviar-. ¡Mira! ¡Ahora te toco aquí, hermanito! ¡Y aquí, y aquí! ¿Tienes las manos entumecidas? ¡Te toqué de nuevo!

Terminaba siempre del mismo modo el juego: Con un golpe en línea recta, de la cabeza de Kaa, que echaba a rodar al muchacho por el suelo. Mowgli nunca pudo aprender el modo de ponerse en guardia contra aquella estocada rápida como el rayo, y, como Kaa decía, era completamente inútil que lo intentara.

-¡Buena caza! -gruñó por último Kaa; y Mowgli, como siempre, cayó disparado a cinco metros de distancia, sin aliento y riéndose. Se levantó con las manos llenas de hierba y siguió a Kaa hacia el bañadero preferido de la serpiente: una profunda laguna negra rodeada de rocas, a la que tornaban atractiva algunos hundidos troncos de árbol. Hundióse el muchacho en el agua, al estilo de la selva, sin ruido, y la cruzó buceando; salió a la superficie, también en silencio, y se tendió de espaldas con los brazos detrás de la cabeza, mirando levantarse a la luna sobre las rocas, y quebrando con los dedos de sus pies el reflejo de ella en el agua. La cabeza de Kaa, en forma de diamante, cortó la líquida superficie como una navaja y fue a descansar sobre el hombro de Mowgli. Quedáronse quietos, embebidos voluptuosamente en la agradable impresión del agua fría.

-¡Qué bien estamos así! -dijo finalmente Mowgli, soñoliento-. En la manada de los hombres, a esta misma hora, según recuerdo, se tienden ellos sobre pedazos de madera muy duros, en el interior de una trampa de barro, y, después de cerrar para que no entre el aire puro de fuera, se echan encima de la atontada cabeza una tela sucia, y entonan unas canciones nasales muy feas. Estamos mucho mejor en la selva.

Una cobra se deslizó rápidamente por encima de una roca, bebió, dio el grito de "¡buena suerte!", y desapareció.

-¡Ssss! -silbó Kaa como si de pronto se acordara de algo-. Así pues, ¿la selva te proporciona todo lo que siempre deseaste, hermanito?

-No todo -respondió Mowgli, riendo-; para ello sería preciso que a cada cambio de luna hubiera un nuevo y fuerte Shere Khan que matar. Ahora le podría matar con mis propias manos, sin pedirles ayuda a los búfalos. Además, he deseado a veces que el sol brille en medio de las lluvias, y que las lluvias cubran al sol en lo más ardiente del verano. Además, nunca me sentí con el estómago vacío sin desear haber matado una cabra; y nunca maté una cabra sin desear que fuese un gamo; o un gamo, sin haber deseado que fuese un nilghai. Pero esto nos ocurre a todos.

-¿No tienes ninguno otro deseo? -preguntó la enorme serpiente.

-¿Qué más puedo desear? ¡Tengo a la selva, y en ella se me considera! ¿Hay acaso algo más en cualquier parte, entre la salida y la puesta del sol?

-Pero, la cobra dijo... -empezó Kaa.

-¿Cuál cobra? La que pasó por aquí no dijo nada. Estaba cazando.

-Fue otra.

-¿Tratas mucho a los del pueblo venenoso? Yo les dejo libre el camino. Llevan a la muerte en sus dientes delanteros y eso es mala cosa... porque son muy pequeñas. Pero, ¿qué cobra es esa con quien hablaste?

Se revolvió Kaa despaciosamente en el agua, como un barco de vapor batido de través por las olas.

-Hace tres o cuatro lunas -dijo- que cacé en las moradas frías, lugar que no has olvidado. Lo que yo cazaba se escapó chillando más allá de las cisternas, hacia aquella casa, uno de cuyos lados hice pedazos por culpa tuya, y se hundió en el suelo.

-Pero la gente de las moradas frías no vive en madrigueras.

Mowgli sabía que Kaa hablaba de los monos.

-Lo que yo cazaba no vivía allí; fue allí para conservar la vida -respondió Kaa, moviendo rápidamente la lengua-. Se metió en una madriguera muy profunda. Yo la seguí, y, habiéndola matado, me dormí. Cuando desperté, me interné más.

-¿Bajo tierra?

-Así es. Me encontré allí, por último con una Capucha Blanca (una cobra blanca) que habló de cosas superiores a mis conocimientos, y que me mostró muchas cosas que yo jamás había visto antes.

-¿Caza nueva? ¿Era algo bueno para cazar? -y al decir esto, Mowgli se volvió hacia ella rápidamente.

-No eran piezas de caza, y me hubieran roto todos los dientes. Pero Capucha Blanca me dijo que cualquier hombre (y hablaba como quien conoce muy bien la especie) hubiera dado con gusto la vida nada más por ver todo aquello.

-Veremos todo eso -dijo Mowgil-. Recuerdo ahora que hubo un tiempo en que fui hombre.

-¡Calma! ¡Calma! Fue la prisa lo que mató a la serpiente amarilla que se comió al sol. Hablamos ambas bajo tierra, y hablé de ti, diciendo que eras un hombre. Dijo entonces la capucha blanca (y por cierto que es tan vieja como la selva):

"-Hace mucho que no he visto a un hombre. Que venga y que vea todas estas cosas, por la más insignificante de las cuales muchos hombres se dejarían matar."

-Eso ha de ser algún género nuevo de caza. Y sin embargo, el pueblo venenoso no nos dice dónde hay alguna pieza de que apoderarse. Son gente enemiga.

-No es ninguna pieza de caza. Es... es... no puedo decir qué es.

-Iremos allá. Nunca he visto una capucha blanca y también deseo ver las otras cosas. ¿Las mató ella?

-Son cosas muertas. Dice que es la guardiana de todas.

-¡Ah...! Como el lobo que vigila la carne que se ha llevado a su cubil. Vamos.

Nadó Mowgli hacia la orilla y se revolcó en la hierba para secarse, y ambos partieron para las moradas frías, la desierta ciudad de la cual ya habéis oído hablar. Ya no sentía entonces Mowgli el menor temor del pueblo de los monos, pero en cambio éste sentía por él vivísimo horror. Sus tribus, no obstante, corrían por la selva entonces, de manera que las moradas frías estaban vacías y silenciosas a la luz de la luna. Kaa iba guiando, y, dirigiéndose hacia las ruinas del pabellón de la reina que estaba en la terraza, se deslizó por encima de los escombros y se hundió en la casi enterrada escalera subterránea que descendía del centro del pabellón. Mowgli lanzó el grito que servía para las serpientes -"Tú y yo somos de la misma sangre"-, y siguió adelante sobre sus manos y rodillas. Así se arrastraron durante largo espacio por un pasadizo inclinado que formaba innumerables vueltas y revueltas, y por último llegaron a un lugar donde la raíz de un gran árbol, que crecía a más de nueve metros sobre sus cabezas, había arrancado una de las pesadas piedras de la pared. Se metieron por el hueco y se hallaron en una gran caverna cuyo techo abovedado también estaba roto en algunos puntos por las raíces de los árboles, de tal manera que algunos rayos de luz se filtraban en la oscuridad.

-Un cubil muy seguro -dijo Mowgli enderezándose-; pero demasiado lejos para visitarlo diariamente. Y ahora, ¿qué se puede ver aquí?

-¿No soy yo nada? -dijo una voz en medio de la caverna, y Mowgil vio algo blanco que se movía hasta que, poquito a poco se irguió ante él la más enorme cobra que jamás habían visto sus ojos... un animal de cerca de dos metros y medio, y descolorido, de un blanco de viejo marfil, por estar siempre en la oscuridad. Inclusive las mismas marcas en forma de anteojos de su extendida capucha se habían desteñido y eran ahora de un amarillo pálido. Sus ojos eran tan rojos como rubíes y, en suma, era de lo más sorprendente.

-¡Buena suerte! -dijo Mowgli que no abandonaba nunca ni sus buenos modales ni su cuchillo.

-¿Qué noticias hay de la ciudad? -preguntó la blanca cobra sin responder al saludo-. ¿Qué me cuentas de la inmensa ciudad amurallada. . . la ciudad de los cien elefantes, veinte mil caballos y tantas reses que ni siquiera pueden contarse.. . la ciudad del rey de veinte reyes? Aquí me vuelvo sorda, y ya hace mucho tiempo que oí sus tantanes de guerra.

-Sobre nuestras cabezas sólo hay selva -respondió Mowgli-. De los elefantes, sólo conozco a Hathi y sus tres hijos. Bagheera mató a todos los caballos de una ciudad, y... dime, ¿qué es un rey?

-Te lo dije -explicó Kaa con suavidad a la cobra- te expliqué, hace cuatro lunas, que tu ciudad ya no existía.

-La ciudad.., la gran ciudad del bosque cuyas puertas están guardadas por las torres del rey. . . no puede perecer nunca. ¡La edificaron antes que el padre de mi padre saliera del huevo, y todavía durará cuando los hijos de mis hijos sean tan blancos como yo! Salomdhi, hijo de Chandrabija, hijo de Viyeja, hijo de Yegasuri, la edificó en la época de Bappa Rawal. ¿De quién es el rebaño al que pertenecen ustedes?

-Esto es como un rastro perdido -dijo Mowgli, volviéndose a Kaa-. No entiendo su lenguaje.

-Ni yo. Es muy vieja. Padre de las cobras, aquí no hay más que selva y así fue desde el principio.

-Entonces, ¿quién es éste -dijo la cobra blanca- que está sentado, sin miedo, delante de mí, que no conoce el nombre del rey, y que habla nuestro lenguaje valiéndose de labios humanos? ¿Quién es éste armado de cuchillo que usa lenguaje de serpiente?

-Mowgli me llaman -fue la respuesta-. Pertenezco a la selva. Los lobos son mi gente, y Kaa, que ves aquí, es mi hermano. Padre de las cobras, ¿quién eres tú?

-Soy el guardián del tesoro del rey. Kurrum Raja puso la piedra que está allá arriba, en los días en que mi piel era oscura, para que les enseñara lo que es la muerte a los que vinieran a robar. Luego bajaron el tesoro, levantando la piedra, y escuché el canto de los bracmanes, mis amos.

-¡Huy! -pensó Mowghi-. Ya he tenido que habérmelas con un bracman en la manada de los hombres, y... ya sé lo que sé. Aquí sucederá algo, pronto.

-Cinco veces desde que llegué aquí levantaron la piedra, pero siempre para poner aquí algo más, nunca para sacar. No hay riquezas corno éstas: son los tesoros de cien reyes. Pero ya hace mucho, muchísimo desde que levantaron la piedra por última vez y creo que ya mi ciudad se olvidó de todo esto.

-La ciudad no existe ya. Mira hacia arriba. Verás allí las raíces de los grandes árboles que separan los pedruscos. Los árboles y los hombres no crecen juntos -dijo de nuevo Kaa.

-Dos o tres veces los hombres se abrieron paso hasta este lugar -respondió salvajemente la cobra blanca-; pero nunca hablaron hasta que me arrojé encima de ellos mientras tanteaban en la oscuridad, y entonces sólo gritaron durante un breve rato. Pero ustcdes vienen con mentiras, ustedes, hombre y serpiente, y quisieran hacerme creer que la ciudad no existe y que mi misión ha terminado. Poco cambian los hombres en el transcurso de los años. ¡Pero yo no cambio jamás! Hasta que levanten de nuevo la piedra y los bracmanes vengan cantando las canciones que conozco y me alimenten con leche caliente y me saquen de nuevo a la luz, yo... yo... yo, y nadie más, soy el guardián del tesoro del rey. ¿Dicen ustedes que la ciudad está muerta y que allí están las raíces de los árboles? Inclínense, pues, y cojan lo que gusten. No hay en la Tierra tesoros como éstos. ¡Hombre de lengua de serpiente, si puedes salir vivo por el mismo camino por el que entraste, todos los reyezuelos del país serán tus criados!

-Se embrolló de nuevo la pista -dijo fríamente Mowghi-. ¿Acaso algún chacal penetró en estas profundidades y mordió a la gran capucha blanca? Le pegó la rabia, ciertamente. Padre de las cobras, nada veo yo aquí que pueda llevarme.

-¡Por los dioses del Sol y de la Luna, el muchacho está loco de remate -silbó la cobra-. Antes que tus ojos se cierren para siempre, te haré un favor: Mira, contempla lo que no vio antes hombre alguno.

-En la selva no suele irles bien a quienes le hablan a Mowgli de favores -dijo el muchacho, entre dientes; pero la oscuridad lo cambia todo, lo sé bien. Miraré, si ello te place.

Miró con los ojos entrecerrados en torno de la caverna, y luego levantó del suelo un puñado de algo que brillaba.

-¡Oh! -exclamó-. Esto es como aquello con que juegan en la manada de los hombres; pero esto es amarillo, y aquello de color oscuro.

Dejó caer las monedas de oro, y siguió adelante. El suelo de la caverna estaba cubierto por una capa de oro y plata acuñados de un espesor de metro y medio que había salido de los cazos, al reventar éstos, que originalmente lo contenían, y, en el transcurso de los años, el oro y la plata se fueron apretando y sentando como la arena durante el reflujo. Encima, dentro y surgiendo de aquella masa, como restos de naufragio que se levantan en la arena, había enjoyados pabellones de elefantes, pabellones que asimismo estaban incrustados de plata, con planchas de oro batido y adornados de rubíes y turquesas. Veíanse palanquines y literas para transportar reinas, de bordes y correas plateados y esmaltados, las varas con cabos de jade y anillas de ámbar para las cortinas; había candelabros de oro, en cuyos brazos temblaban agujeradas esmeraldas colgantes; adornadas imágenes de olvidados dioses, de metro y medio de alto, de plata y con piedras preciosas en vez de ojos; cotas de malla con incrustaciones de oro sobre el acero y guarnecidas de aljófar, cubiertas ya de moho y ennegrecidas; había yelmos con cimeras de sartas de rubíes de color sangre de pichón; escudos de laca, de concha y de piel de rinoceronte, con tiras y tachones de oro rojo y esmeraldas en los bordes; haces de espadas, dagas y cuchillos de caza con los mangos cuajados de diamantes; vasos y recipientes de oro para los sacrificios y altares portátiles, de una forma que jamás se ve hoy en día; tazas y brazaletes de jade; incensarios, peines y recipientes para perfumes, afeites y polvos, todo en oro repujado; anillos para la nariz, brazales, diademas, anillos para los dedos y ceñidores, en número imposible de contar; cinturones de siete dedos de ancho con rubíes y diamantes encuadrados, y cajas de madera, con triples grapas de hierro, en los que las tablas se habían reducido ya a polvo, mostrando en el interior montones de zafiros orientales y comunes, ópalos, ágatas, rubíes, diamantes, esmeraldas y granates, todo sin tallar.

La cobra blanca tenía razón: no había dinero suficiente para empezar a pagar el valor de aquel tesoro, producto escogido de siglos de guerra, saqueo, comercio y tributos. Las monedas solas eran inestimable valor, sin contar las piedras preciosas; y el peso bruto del oro y la plata únicamente podría ser de doscientas o trescientas toneladas. Cada uno de los gobernantes indígenas en la India, aunque pobre, tiene hoy en día un tesoro escondido al cual siempre está añadiendo algo; y aunque alguna vez, en el espacio de muchos años, tal o cual príncipe instruido, mande cuarenta o cincuenta carretas de bueyes cargadas de plata para cambiarlas por títulos de la deuda, la mayor parte de ellos guarda su tesoro y el secreto de esto exclusivamente para sí mismo.

Pero Mowgli, naturalmente, no entendió el significado de todo aquello. Le interesaron un poco los cuchillos, pero no eran tan manejables como el suyo propio, y por tanto pronto los soltó. Por último dio con algo realmente fascinante que yacía frente a un pabellón de los que portan los elefantes, medio enterrado entre las monedas. Era un ankus de casi un metro de largo, una aguijada de las que se emplean para los elefantes, algo que parecía un bichero pequeño. Formaba su extremo superior un redondo y brillante rubí, debajo del cual se veían ocho pulgadas de astil cuajado de turquesas en bruto, puestas una al lado de la otra, lo que ofrecía segurisimo asidero. Más abajo había un cerco de jade con un dibujo de flores que lo adornaba.., pero las hojas eran esmeraldas, y los botones eran rubíes hundidos en la fría y verde piedra. El resto del mango de la vara era purísimo marfil, en tanto que la punta, el aguijón y el gancho, era de acero con incrustaciones de oro, y sus dibujos atrajeron la atención de Mowgli, pues representaban escenas de la caza del elefante; los dibujos, según vio el muchacho, tenían más o menos relación con Hathi el Silencioso.

La cobra blanca lo había estado siguiendo muy de cerca.

-¿No vale esto la pena de morir con tal de contemplarlo? -dijo-. ¿No te he hecho un gran favor?

-No comprendo -dijo Mowgli-. Estas cosas son duras y frías y de ninguna manera son buenas para comer. Pero esto -y levantó el ankus- quiero llevármelo, para poder contemplarlo a la luz del sol. ¿Dijiste que todo esto es tuyo? ¿Me quieres dar sólo esto, y yo en cambio te traeré ranas para que comas?

La cobra blanca se estremeció con malvado júbilo.

-Ciertamente te lo daré -respondió. Te daré todo lo que está aquí... hasta el momento de irte.

-Pero si me voy ahora. Este lugar es oscuro y frío, y quiero llevarme a la selva esto que tiene una punta como espina.

-¡Mira lo que está a tus pies! ¿Qué hay allí?

Mowgli recogió algo blanco y liso.

-Es el cráneo de un hombre -dijo tranquilamente-. Y aquí hay dos mas.

-Vinieron para llevarse el tesoro, hace muchos años. Yo les hablé en la oscuridad y se quedaron inmóviles para siempre.

-¿Pero para qué quiero yo eso que llaman tesoro? Si me quieres dar el ankus, ya habré cazado cuanto deseo. Si no, es igual. Yo no lucho con el pueblo venenoso, y me enseñaron además la palabra mágica para los de tu tribu.

-¡Aquí no hay palabra mágica que valga, y ésa es la mía!

Kaa se lanzó hacia adelante con los ojos arrojando llamas.

-¿Quién me pidió que trajera aquí al hombre? -dijo silbando.

-Yo, ciertamente -balbució la vieja cobra-. Hacía mucho tiempo que no había visto a un hombre, y además éste conoce nuestro lenguaje.

-Pero no se habló de matar. ¿Cómo podré regresar a la selva y decir que lo conduje hacia su muerte? -replicó Kaa.

-Yo no hablo de matar sino hasta que llega la hora. Y en cuanto a irte o quedarte, allí está el agujero en la pared. ¡Calma, pues, ahora, matadora de monos! No tengo que hacer sino tocarte en el cuello, y la selva no volverá a verte nunca más. Ningún hombre entró aquí que haya salido vivo después. ¡Yo soy el guardián del tesoro de la ciudad del rey!

-¡Vaya, gusano blanco de las tinieblas, te he dicho que ya no existe ni rey ni ciudad! ¡La selva reina en torno nuestro!

-Pero aun existe el tesoro. Ahora bien podemos hacer esto: espera un poco, Kaa de las peñas, y verás correr al muchacho. Aquí hay suficiente lugar para este juego. La vida es algo bueno. ¡Corre de un lado para el otro, muchacho, y juguemos!

Mowgli, calmosamente, puso su mano sobre la cabeza de Kaa.

-Hasta ahora, esa cosa blanca no ha tratado sino con hombres que forman parte de la manada humana. A mí no me conoce -murmuró-. Ella misma pidió esta clase de caza; hay que dársela, pues.

Se había mantenido Mowgli de pie, sosteniendo el ankus con la punta hacia abajo. Arrojólo lejos de sí rápidamente, y fue aquél a caer atravesado exactamente detrás de la capucha blanca de la gran serpiente, clavándola en el suelo. Como un relámpago lanzó Kaa todo su peso sobre aquel cuerpo que se retorcía, paralizándolo hasta la cola. Los colorados ojos de su presa parecían arder, y las seis pulgadas de cabeza que quedaban libres golpeaban furiosamente de derecha a izquierda.

-¡Mátala! -dijo Kaa, al mismo tiempo que Mowgli echaba mano de su cuchillo.

-No -respondió éste al sacarlo-. Nunca mataré de nuevo, excepto por alimento. Pero, mira, Kaa.

Cogió a la serpiente enemiga por detrás de la capucha, le abrió por fuerza la boca con la hoja del cuchillo, y mostró los temibles colmillos venenosos de la mandíbula superior, ya negros y consumidos en la encía. La cobra blanca había sobrevivido a su veneno como les ocurre a las serpientes.

-Thuu (está seco) [Literalmente: tocón podrido] -dijo Mowgli. Y haciendo señas a Kaa para que se alejara, recogió el ankus y dejó a la cobra blanca en libertad.

-El tesoro del rey necesita un nuevo guardián -afirmó gravemente-. Thuu, has hecho mal. ¡Corre de un lado a otro, y juguemos, Thuu!

-¡Qué vergüenza! ¡Mátame! -silbó la cobra blanca.

-Ya se habló demasiado de matar. Ahora, nos vamos. Me llevo esta cosa de punta de espina, Thuu, porque por ella he peleado y te he vencido.

-Cuida, entonces, de que al cabo esa cosa no te mate a ti. ¡Es la muerte! ¡Acuérdate, es la muerte! Hay en ella bastante para matar a todos los hombres de mi ciudad. No la tendrás en tu poder durante mucho tiempo, hombre de la selva, ni tampoco el que la tome de ti. ¡Por ella los hombres se matarán y matarán los unos a los otros! Mi fuerza se ha desvanecido, pero el ankus proseguirá mi tarea. ¡Es la muerte! ¡La muerte! ¡La muerte!.

Se arrastró Mowghi de nuevo por el agujero hasta el pasadizo, y lo último que vio fue cómo la cobra blanca golpeaba furiosamente con sus inofensivos colmillos las estólidas caras doradas de los dioses que yacían en tierra, silbando al mismo tiempo: "iEs la muerte!"

Se alegraron de nuevo al ver la luz del día; y, cuando ya estuvieron de regreso en su propia selva y Mowghi hizo brillar el ankus a la luz matinal, se sintió casi tan contento como si hubiera hallado un ramo de flores nuevas para adornarse el cabello.

-Esto es más brillante que los ojos de Bagheera -dijo alegremente haciendo girar el rubí-. Se lo enseñaré. Pero, ¿qué quiso dar a entender Thuu cuando habló de la muerte?

-No sé. Lo que siento hasta el extremo de mi cola es que no le hicieras probar tu cuchillo. Siempre hay algo malo en las moradas frías... sobre el suelo o debajo de él. Pero ahora tengo hambre. ¿Cazas conmigo esta mañana? -dijo Kaa.

-No; Bagheera debe ver esto. ¡Buena suerte!

Se marchó Mowgli danzando, blandiendo el gran ankus y deteniéndose de tiempo en tiempo para admirarlo, hasta que llegó a la parte de la selva donde Bagheera acostumbraba estar con preferencia, y la halló bebiendo, después de una fatigosa caza. Mowgli le contó todas sus aventuras desde el principio hasta el fin; Bagheera olfateaba el ankus de cuando en cuando.

Cuando Mowghi le narró las últimas palabras de la cobra blanca, la pantera ronroneó afirmativamente.

-Entonces, ¿dijo la cobra blanca lo que realmente es? -preguntó prontamente Mowgli.

-Nací en las jaulas del rey de Oodeypore, y estoy segura de conocer algo a los hombres. Muchos de ellos cometerían un triple asesinato en una sola noche nada más que por apropiarse esa gran piedra roja.

-Pero esa piedra tan sólo sirve para añadir peso. Mi brillante y pequeño cuchillo es mejor; y... ¡mira! La piedra roja no sirve para comer. Entonces, ¿por qué esas muertes de que hablas?

-Mowgli, vete a dormir. Has vivido entre los hombres, y...

-Me acuerdo, sí. Los hombres matan aunque no estén de caza... por ociosidad y por gusto. Despiértate, Bagheera. ¿Para qué uso destinaron esta cosa con punta de espina?

Bagheera entreabrió los ojos -pues tenía mucho sueño-, guiñando maliciosamente.

-La hicieron los hombres para meterla en la cabeza de los hijos de Hathi, de modo que corriera la sangre. Yo vi una semejante en las calles de Oodeypore, delante de nuestras jaulas. Esa cosa ha probado la sangre de muchos como Hathi.

-¿Pero por qué la meten en la cabeza de los elefantes?

-Para enseñarles la ley del hombre. No teniendo ni garras ni dientes, los hombres fabrican esas cosas... y otras peores.

-Siempre más y más sangre cuando me acerco a escudriñar, aun en las cosas que hizo la manada humana -dijo Mowgli, asqueado. Empezaba a sentirse cansado de sostener el peso del ankus-. Si hubiera sabido todo esto, no lo hubiera traído conmigo. Primero, sangre de Messua en sus ataduras; y ahora, sangre de Hathi. ¡No usaré esto! ¡Mira!

Lanzando chispas, voló el ankus por el aire, y se ciavó de punta a veinticinco metros de distancia, entre los árboles.

-Así quedan limpias mis manos de toda muerte -dijo Mowgli, frotándoselas en la fresca y hiimeda tierra-. Thuu dijo que la muerte seguiría mis pasos. Es vieja y blanca, y está loca.

-Blanca o negra, muerte o vida, yo me voy a dormir, hermanito. No puedo andar cazando toda la noche y aullando todo el día, como hacen algunas personas.

Se dirigió Bagheera a un cubil que conocía y que usaba al ir de caza, a dos millas de distancia. Mowgli se encaramó en un árbol que le pareció apropiado, anudó tres o cuatro enredaderas, y en menor tiempo del que se emplea en decirlo, se balanceaba en una hamaca, a quince metros del suelo. Aunque no le molestara en realidad la fuerte luz del día, Mowgli seguía la costumbre de sus amigos, usándola lo menos posible. Al despertarse en medio del coro de las chillonas voces de los habitantes de los árboles, era ya de nuevo la hora del crepúsculo, y había soñado con las hermosas piedrecillas que había tirado.

-A lo menos, veré aquello una vez más -díjose; y se deslizó hasta el suelo por una enredadera. Bagheera estaba delante de él. En la relativa oscuridad, Mowgli podía oírla olfatear.

-¿Dónde está la cosa que tiene punta de espina? -exclamó Mowgli.

-Un hombre se apoderó de ella. Aquí está el rastro.

-Ahora veremos si dijo la verdad Thuu. Si esa cosa puntiaguda es la muerte, ese hombre morirá. Sigámoslo.

-Mata primero -respondió Bagheera-. Con el estómago vacío, no hay ojo agudo. Los hombres andan muy despacio y la selva está lo suficientemente húmeda para conservar cualquier huella.

Mataron lo más pronto que pudieron, pero transcurrieron casi tres horas hasta que comieron y bebieron y se prepararon para seguir la pista. Ya sabe el pueblo de la selva que nada compensa el daño causado por la precipitación de las comidas.

-¿Crees que la cosa puntiaguda se revolverá en las mismas manos del hombre, y matará a éste? -preguntó Mowgli-. La Thuu dijo que era la muerte.

-Lo veremos al llegar -fue la respuesta de Bagheera, la cual siguió al trote con la cabeza gacha-.

Sólo hay un pie (quería decir que no había más que un hombre); el peso de la cosa le hizo apretar fuerte el talón en el suelo.

-Así es; está claro como un relámpago de verano -confirmó Mowgli.

Ambos tomaron el cortado y rápido trote con que se sigue un rastro, ya metiéndose en trozos de tierra iluminados por la luna, ya saliendo, y siempre detrás de las huellas de aquellos pies desnudos.

-Ahora corre muy aprisa dijo Mowgli-. Están muy separadas las señales de los dedos.

Pisaban sobre una tierra húmeda.

-Ahora, ¿por qué tuerce hacia un lado?

-¡Espera! dijo Bagheera, y se lanzó de frente con un salto magnífico, tan lejos como pudo.
Lo primero que debe uno hacer cuando una pista deja de ser clara, es seguir adelante, no dejando en el suelo las propias huellas, pues acabarían por embrollarlo todo. Se volvió Bagheera en cuanto tocó tierra y le gritó a Mowgli:

-Aquí hay otra huella que viene a encontrarse con la primera. Es de un pie más pequeño; los dedos de los pies se vuelven hacia adentro.

Corrió Mowgli y miró también.

-El pie de un cazador gondo -dijo-. ¡Mira! Aquí arrastró el arco sobre la hierba; por eso torció a un lado tan rápidamente el primer rastro. Pie grande quiso esconderse de pie pequeño.

-Es cierto -respondió Bagheera-. Ahora, para no confundir las señales cruzando el rastro del uno con el del otro, sigamos cada quien el suyo. Yo soy pie grande, hermanito, y tú eres pie pequeño, el gando.

Bagheera saltó hacia atrás para tomar el primer rastro y dejó a Mowgli agachado curiosamente sobre las estrechas huellas del salvaje habitante de los bosques.

-Ahora dijo Bagheera, siguiendo paso a paso la cadena de huellas-, yo, pie grande, tuerzo aquí. Luego, me escondo detrás de una roca y permanezco quieto sin atreverme a levantar ni un pie. Di cómo es tu rastro, hermanito.

-Ahora, yo, pie pequeño, llego a la roca -dijo Mowgli, siguiendo su pista-. Ahora me siento debajo de ella, apoyándome en mi mano derecha, con el arco entre los dedos de los pies. Espero largo rato, porque mis huellas son aquí profundas.

-Lo mismo ocurre conmigo -observó Bagheera, escondida detrás de la roca-; espero, descansando en una piedra el extremo de la cosa que llevo y que tiene punta de espina. Resbala: aquí está la huella sobre la piedra. Ahora, di tú tu pista, hermanito.

-Aquí se ven rotas, una, dos ramillas y una rama grande -dijo Mowgli en voz baja-. Ahora, ¿cómo explicaré esto? ¡Ah! ¡Está claro! Yo, pie pequeño, me marcho, haciendo ruido y pisando fuerte, para que pie grande pueda oírme.

Se apartó de la roca paso a paso, entre los árboles, elevando la voz, desde lejos, conforme se acercaba a una cascada pequeña.

-Me voy.., muy lejos.., hasta donde.., el ruido.. . de la cascada... apaga... mi propio... ruido; y aquí.., espero... Ahora dime tú tu pista, Bagheera, pie grande.

La pantera había atisbado en todas direcciones para ver cómo se apartaba el rastro de pie grande, de la roca. Entonces gritó:

-Salgo de detrás de la roca sobre mis rodillas, arrastrando la cosa que tiene punta de espina. Como no veo a nadie, echo a correr. Yo, pie grande, corro velozmente. Está claro el rastro. Sigamos cada uno el suyo. ¡Voy corriendo!

Siguió Bagheera la pista claramente marcada; entre tanto, Mowgli hizo lo mismo siguiendo los pasos del gondo. Durante unos momentos se hizo silencio en la selva.

-¿Dónde estás, pie pequeño? -gritó Bagheera.

La voz de Mowgli le respondió a cuarenta metros de distancia, hacia la derecha.

-¡Huy! -exclamó la pantera, con una tos profunda-. Los dos corren lado a lado, acercándose cada vez más.

Continuó la carrera durante un rato, manteniéndose los dos casi a la misma distancia, hasta que Mowgli, cuya cabeza no quedaba tan cerca del suelo como la de Bagheera, exclamó:

-¡Se encontraron! Fue buena la caza... ¡Mira! Aquí se paró pie pequeño con una rodilla puesta sobre la roca... Más allá está realmente pie grande.

Frente a ellos, a unos nueve metros, tendido sobre un montón de rocas desmenuzadas, yacía el cuerpo de un aldeano de la comarca, atravesados pecho y espalda por un largo dardo de plumas cortas, como los que usan los gondos.

-¿Está la Thuu tan vieja y tan loca como tú decías, hermanito? -dijo Bagheera suavemente-. Ya encontramos a lo menos un muerto.

-Sigue adelante. ¿Pero dónde está la cosa que bebe la sangre de los elefantes. . . la espina del ojo colorado?

-La tiene en su poder pie pequeño... quizás. De nuevo ya no se ve sino un solo pie.

El rastro único de un hombre muy ligero que había corrido a gran velocidad llevando un peso sobre su hombro izquierdo, seguía en torno de una larga y baja tira de hierba seca que tenía forma de espuela; en ella cada pisada parecía, a los penetrantes ojos de quienes seguían la pista, como marcada con hierro al rojo.
Ninguno habló hasta que la huella los condujo a un lugar donde se veían cenizas de una hoguera, en el fondo de un barranco.

-¡Otra vez! -exclamó Bagheera, deteniéndose de pronto, corno petrificada.

Ahí yacía el cuerpo pequeño y apergaminado de un gondo, con los pies en las cenizas. Al verlo, levantó Bagheera los ojos hacia Mowgli, como si lo interrogara.

-Le causaron la muerte con un bambú -dijo el muchacho, luego de lanzar una ojeada-. Yo también lo usé para ir con los búfalos, cuando servía en la manada de los hombres. El padre de las cobras -y siento haberme burlado de él-, conocía muy bien la raza, como debería haberla conocido yo. ¿No dije que los hombres mataban por ociosidad?

-A la verdad, mataron, y por culpa de esas piedras rojas y azules -respondió Bagheera-. Recuerda: yo estuve en las jaulas del rey de Oodeypore.

-Uno, dos, tres, cuatro rastros -dijo Mowgli agachándose sobre las cenizas-. Cuatro huellas de hombres con los pies calzados. No corren éstos tan rápidamente como los gondos. ¿Pero, qué daño les había hecho ese hombrecillo de las selvas? Mira, los cinco charlaron juntos, de pie, antes que lo mataran. Regresemos,

Bagheera. Mi estómago está lleno, y, sin embargo, lo siento moverse; sube y baja como nido de oropéndola en la punta de una rama.

-¡No es cazar como se debe, el dejar en pie una pieza! ¡Sigue! -dijo la pantera-. No fueron lejos esos ocho pies calzados.

No dijeron nada más durante una hora, en tanto que seguían el ancho rastro dejado por los cuatro hombres.
Ya era de día y el sol calentaba, y Bagheera dijo:

-Percibo olor de humo.

-Siempre los hombres están más dispuestos a comer que a correr -respondió Mowgli, corriendo por entre los arbustos bajos de la nueva selva que exploraban. Bagheera, un poco a su izquierda, hacía un indescriptible ruido con la garganta.

-Aquí está uno que ya no comerá más dijo aquél.

Un montón de ropas de vivos colores veíase bajo un arbusto, y alrededor había un poco de harina esparcida.

-También esto lo hicieron con un bambú -observó Mowgli-. ¡Mira! Ese polvo blanco es lo que comen los hombres. Le han quitado su presa -él llevaba los comestibles de todos-, y lo convirtieron en presa de Chil, el milano.

-Éste es el tercer muerto dijo Bagheera.

-Le llevaré ranas gordas al padre de las cobras, para engordarla -pensó Mowgli-. Eso que bebe la sangre de los elefantes, es la muerte misma... ¡ Pero aún no comprendo!..

-¡Sigue! -ordenó Bagheera.

Aún no habían caminado un cuarto de legua, cuando oyeron a Ko, el cuervo, que entonaba la canción de la muerte en la punta de un tamarisco, a cuya sombra yacían los cadáveres de tres hombres. Un fuego medio apagado se veía en el centro del círculo; sobre el fuego había un plato de hierro con una torta negra y quemada hecha de pan ázimo. Junto al fuego, brillando a la luz del sol, estaba el ankus de los rubíes y turquesas.

-Esa cosa trabaja muy aprisa; todo termina aquí -comentó Bagheera-. ¿Cómo murieron éstos, Mowgli? No tienen señales visibles.

Por medio de la experiencia, un habitante de la selva llega a aprender tanto como lo que saben muchos médicos sobre las propiedades de ciertas plantas y frutos venenosos. Mowgli olió el humo que se levantaba de la hoguera, partió un trozo del ennegrecido pan, lo probó y luego lo escupió.

-La manzana de la muerte -respondió-. El primero debió mezclarla en la comida para éstos, los cuales lo mataron a él, después de haber matado al gondo.

-¡Ciertamente ha sido buena la cacería! Las muertes se siguen muy de cerca -dijo Bagheera.

"La manzana de la muerte" es lo que en la selva se llama manzana espinosa o datura, el veneno más activo de toda la India.

-¿Y ahora? -preguntó la pantera-. ¿Debemos matarnos uno al otro por ese asesino del ojo rojo?

-¿Puede hablar? -dijo Mowgli en voz baja como un susurro-. ¿Lo ofendí al lanzarlo lejos de mí? No puede causarnos daño a nosotros dos, porque no deseamos lo que desean los hombres. Si lo dejamos aquí, de seguro seguirá matándolos uno tras otro, con la prisa con que caen las nueces al soplo del huracán. No siento cariño por los hombres; pero aun así, no me gusta ver que mueran seis en una sola noche.

-¿Qué importa? Sólo son hombres. Se mataron el uno al otro, y quedaron tan satisfechos dijo Bagheera-. El primero, el hombrecillo de las selvas, cazaba bien.

-No son más que cachorros, a pesar de todo; y un cachorro sería capaz de ahogarse sólo por darle un mordisco a la luz de la luna que se refleja en el agua. La culpa es mía -prosiguió Mowgli, que hablaba como si lo supiera todo de todas las cosas-. Jamás traeré de nuevo a la selva cosas extrañas.. . aunque fueran tan hermosas como las flores. Esto -y al hablar manejaba cautelosamente el ankus- le será devuelto al padre de las cobras. Pero antes debemos dormir, y no podemos dormir junto a durmientes como ésos. También hay que enterrarlo a él, para que no se escape y mate a otros seis. Cava un hoyo bajo ese árbol.

-Pero, hermanito dijo Bagheeva dirigiéndose al lugar que se le indicaba-, la culpa no la tiene ese bebedor de sangre. El mal proviene de los hombres.

-Es lo mismo -respondió Mowgli-. Que el hoyo esté muy hondo. Cuando despertemos, cogeré eso e iré a devolverlo.

Dos noches después, en tanto que la cobra blanca se encontraba en la oscuridad de la caverna, desolada, solitaria y avergonzada, el ankus de las turquesas pasó dando vueltas por el agujero de la pared y fue a clavarse con estrépito en el suelo cubierto de monedas de oro.

-Padre de las cobras -dijo Mowgli (había tenido buen cuidado de quedarse al otro lado de la pared)-, busca entre las de tu raza a alguien más joven y más a propósito para que te ayude a guardar el tesoro del rey, para que ningún otro hombre salga de aqui vivo.

-¡Ah! ¡Ah! ¡Conque vuelve eso!... Te dije que esa cosa era la muerte. ¿Cómo es que tú estás aún vivo? -murmuró la vieja cobra, enroscándose amorosamente en el mango del ankus.

-¡Por el toro que me rescató, te aseguro que lo ignoro! Esa cosa mató seis veces en una sola noche. No la dejes salir jamás de aquí.


11.4.24

EL MAHABHARATA Y EL AKBARNAMA

Recuerdo haber visto esta estampa de niño acompañando un artículo sobre el Mahabharata, pero me temo que no hay más relación entre ambas obras que su circunstancia india: el Mahabharata es un texto histórico y sagrado hindú, mientras que está pintura forma parte del Akbarnama, una obra sobre la vida del emperador mongol y musulmán Akbar, que además incluye una crónica de las culturas de la India en aquella época.

El título (traducido automáticamente en la red), de esta pintura es "Akbar domestica al elefante salvaje Hawa'i fuera del Fuerte Rojo de Agra". 

Fotografía y texto del pie de foto, encontrados aquí.

21.2.24

AGUA ESCONDIDA, DE DULCE MARÍA LOYNAZ

AGUA ESCONDIDA
 
Agua escondida
Tú eres el agua oscura
que mana por dentro de la roca.
Tú eres el agua oscura y entrañable
que va corriendo bajo la tierra,
ignorada del sol,
de la sed de los que rastrean la tierra,
de los que ruedan por la tierra.
Tú eres agua virgen sin destino y sin nombre
geográfico; tú eres la frescura intocada,
el trémulo secreto de frescura, el júbilo secreto
de esta frescura mía que tú eres, de esta agua
honda que tú has sido siempre,
sin alcanzar a ser más nada que eso;
agua negra, sin nombre...
¡Y apretada, apretada contra mí!
 
Dulce María Loynaz
 
 Pinchando aquí se accede al registro sonoro de la lectura del poema por la autora.

24.1.24

INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ (1951), DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO (1927-2019). CAPÍTULO VII. DE UN VIENTO QUE ENTRÓ UNA NOCHE EN EL CUARTO DE ALFANHUÍ Y LAS VISIONES QUE ÉSTE TUVO

CAPÍTULO VII
 
DE UN VIENTO QUE ENTRÓ UNA NOCHE EN EL CUARTO DE ALFANHUÍ Y LAS VISIONES QUE ÉSTE TUVO


Una noche de lluvia descendió sobre el jardín un viento remoto. Alfanhuí tenía la ventana abierta y el viento se puso a agitar la llama de su lámpara. Se estremecieron, en las paredes, las sombras de los pájaros. Se movieron primero, indecisa y vagamente, como en un despertar inesperado. Alfanhuí vio desde su cama el agitarse de aquellas sombras en las paredes y el techo, que se quebraban en las esquinas y se cruzaban las unas con las otras. Le pareció que su cuartito se agrandaba y se agrandaba hasta hacerse un inmenso salón. Las sombras de los pájaros se agrandaban también y se multiplicaban al agitarse de la llama pequeña de su lámpara de aceite. El viento entraba cada vez más lleno por la ventana y traía como una música de ríos y de bosques olvidados. Al compás de la música, la llama hacía danzar las sombras de los pájaros. Como fantasmas o marionetas de pájaros, pusiéronse a danzar las danzas arcanas, las danzas primitivas de su especie, dibujando sobre el techo del salón una rueda grandiosa de alas y de picos. Una rueda cambiante, luminosa y ligera que giraba y giraba y hacía volver a las muertas sombras los viejos colores de las aves. En el medio danzaba la garza de ojos chinescos y movía su pico con un ritmo altivo, marcando el compás de la danza a todos los pájaros, y el viento parecía arrojar ráfagas de lluvia contra sus ojos. Ya los pájaros disecados habían desaparecido de su pedestal, como si la lluvia les hubiera devuelto la vida, y se habían volado a sus sombras, que danzaban en el techo del salón. Rompióse la bruma del silencio y la soledad y despertaron visiones olvidadas, al encontrarse la música del viento y de la lluvia con los muertos colores de los pájaros. Pareció abrirse, en medio de la rueda de pájaros, un redondel en el techo a donde retornaban todos los colores primitivos. Los mil verdes de las selvas, el blanco de las cataratas; y, de la tierra de las zancudas, el rosa y ceniza de las marismas, con un sol rojo a flor de agua, temblando en la superficie limosa y sanguinolenta. Al pie de los morados y amarillos cañaverales, brillaba el limo negro de las orillas, tapizadas de pequeñas raíces serpenteantes, entre mil huellas de pájaros distintos. Volvían las blancas salinas de los estuarios, y los pájaros salineros que bucean con su largo pico en los fangales. Y el sol marino de las gaviotas y de los albatros, batiendo sobre un yermo de arena y caracolas. Volvía el azul de las ciudades de la tierra y las golondrinas enhebrando los arcos de las torres, cosiendo con los hilos de su vuelo, espadaña con espadaña. El viento abrió también un libro de plantas disecadas y se puso a pasar sus hojas. Las flores se mojaban y revivían, trepando por las paredes del salón, invadiéndolo todo, formando una espesa enramada, florida y llena de nidos de donde salían también pájaros que volaban hacia el redondel luminoso del techo. Alfanhuí no hubiera sabido decir si en sus ojos había una tenebrosa soledad y en sus oídos un insondable silencio, porque aquella música y aquellos colores venían de la otra parte, de donde no viene nunca el conocimiento de las cosas; traspuesto el primer día, por detrás del último muro de la memoria, donde nace la otra memoria: la inmensa memoria de las cosas desconocidas. Danzaban y danzaban las aves, las primitivas danzas de su especie y volvía el entrecruzarse de las bandadas hacia los ríos sagrados. Al Eufrates, al Nilo, al Ganges, a los ríos de China con sus nombres de colores. Retornaba toda la emigrante y multicolor geografía de los pájaros, la luz de las tierras antiguas. Luego desapareció el círculo luminoso de las visiones y volvió a las paredes la danza de las sombras, oscura y agitada esta vez, como una danza bruja, a los sordos golpes de un turbio tambor; como una danza de rígidos fantasmas de largas y desgarbadas patas. Más aprisa, cada vez más aprisa, y el salón se iba cerrando y se empequeñecía de nuevo hacia la frente de Alfanhuí. La danza y las sombras se hacían pequeñas, pequeñas, en torno de la llama de la lámpara. Volvían las sombras, como grises mariposas, a quemar su polvillo en la llama. Era el polvo que el viento había levantado de las plumas secas de las aves, y sus motitas infinitesimales se ponían un momento incandescentes y repetían, al quemarse, cada color, vivo y lejano de las visiones, para perderse de nuevo en la luz simple y pequeña de la lámpara. Todo volvía a recogerse en sí. El viento había cesado. Las sombras morían de nuevo, quietas, en las grises paredes; los pájaros morían en el brillo vacío de sus ojos de cristal y el último aceite subía a la llama, extenuado, ahogándose por los hilos de la torcida. La llama menguaba chisporroteando en las últimas motas de polvo, y pronto quedó hecha una pavesa humeante que apenas brillaba ya, tan sólo en el latón dorado de la lámpara. Quedó en el aire el olor mortecino y oscuro del aceite requemado y todo se apagó. Había ahora un silencio ligero como para una voz clara y solitaria, una canción de alborada o unos pasos de cazadores.

 
Ilustración encontrada aquí.


23.1.24

INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ (1951), DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO (1927-2019). CAPÍTULO VI. DE LAS COSAS QUE HABÍA EN EL JARDÍN DE LA LUNA, DONDE CASI TODO ERA COMO PLATA

CAPÍTULO VI


DE LAS COSAS QUE HABÍA EN EL JARDÍN DE LA LUNA, DONDE CASI TODO ERA COMO PLATA



El jardín de la casa tenía dos partes: la del sol y la de la luna. La primera estaba delante de la fachada, al mediodía. La otra, en la cara de levante, adonde daba la ventanita de Alfanhuí. A Alfanhuí le gustaba más la de la luna porque tenía la piel blanca como su luz. Las noches de luna se sentaba en el dintel de la ventana y miraba el jardín.

El jardín tenía un castaño y un olivo plateado, con su tronco musculoso, en el que vivían dos roedores blancos que tenían los ojos de luz y siempre se andaban escondiendo como las ardillas. Por la noche se veían sus ojillos aparecer y desaparecer. Era como los anuncios luminosos de las ciudades: primero una lucecita; luego dos, tres, cuatro. Tres, dos, una y desaparecía. Luego las cuatro lucecitas de un golpe, en otra parte del olivo. Y así toda la noche, sin que nada se oyera. Alfanhuí solía quedarse contemplando el jardín y el juego de los roedores hasta que la luna se ponía.

También había en el jardín un hito de piedra blanca con una argolla y una cadena negra que arrastraba por el suelo. En medio, había un pequeño estanque redondo con un surtidor, cuya varita de agua subía y se agitaba tan sólo en las noches de tormenta cálida y seca, y mataba las libélulas y los insectos que el viento traía de los ríos y los lagos que había secado. Y al agitarse la superficie del estanque, en pequeñas olitas, afloraba el brillo de las arenas de plata que yacían en el fondo. También estaba enterrada la criada en un rincón de aquel jardín. Al fondo había un muro alto y un invernadero de flores que estaba abandonado y tenía los cristales llenos de polvo. Dentro del invernadero nacía la mala hierba y vivía una culebra de plata, que salía a tomar la luna en un claro del jardín. A Alfanhuí le gustaba mucho esta culebra y tenía ganas de capturarla.

Alfanhuí sabía que la plata y el oro eran dos cosas casadas, como las naranjas y los limones, y se le ocurrió preparar tres anillitos de oro, un poco más anchos que el vientre de la culebra. Ató de cada anillo un largo bramante y esperó a la luna llena.

Un día, al oscurecer, colocó los anillos: el primero, en el agujero por donde la culebra salía; el segundo, un poco más adelante, y el tercero, en el medio del claro, donde la culebra tomaba la luna. Alfanhuí se apostó cauteloso junto a la ventana, con los tres bramantes en la mano, por dentro de su habitación, y esperó. Levantóse del horizonte una gran luna roja que se fue blanqueando conforme subía. Alfanhuí estaba inmóvil. Cuando la luna se hizo blanca del todo asomó la culebra su cabeza y ensartó el primer anillo. Luego fue saliendo poco a poco, mirando a todas partes, con la cabecita alta y silbando en su lengua de dos puntas. Alfanhuí seguía inmóvil. Al principio resbalaba por dentro del anillo y no lo movía, pero cuando hizo la primera curva de ese con su cuerpo, se lo llevó prendido a la mitad de su vientre. Alfanhuí no respiraba. En la curva siguiente ensartó la culebra el segundo anillo y lo arrastró consigo como el primero. Ensartó, por fin, el tercer anillo. Alfanhuí miraba inmóvil y tenía los tres hilos, desde la ventana. La culebra se paró, y los tres anillos, enhebrados en su cuerpo, se juntaron a la mitad de su vientre. Al tocarse, se estrecharon y la apretaron, como abrazándola, por la cintura, y la culebra quedó presa. Alfanhuí tiró lentamente de los tres hilos y la arrastró hasta la ventana. La culebra de plata se adormecía sensualmente, al abrazo de los tres anillitos de oro. Alfanhuí la enroscó en una caja redonda de cristal, sin quitarle los tres anillos, y la culebra quedó en letargo, rígida y brillante como plata metálica. Tenía el cuerpo todo de escamas diminutas, que sonaban cuando Alfanhuí le pasaba la uña a contrapelo: «¡Drinn…! ¡Drinn…!».

Alfanhuí desató los tres hilos de seda y cerró la caja de cristal. La luna que entraba por la ventanita entreabierta daba en el rostro de Alfanhuí. Este miró la culebra de plata en sus manos y sonrió. Luego
guardó la caja en lo oscuro y se acostó.


Fotografía encontrada aquí.

8.12.23

INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ (1951), DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO (1927-2019). CAPÍTULO II. DONDE SE CUENTA CÓMO AQUEL NIÑO SE ESCAPÓ DE SU CUARTO Y LA AVENTURA QUE TUVO

CAPÍTULO I I

DONDE SE CUENTA CÓMO AQUEL NIÑO SE ESCAPÓ DE SU CUARTO Y LA AVENTURA QUE TUVO

 

Aquel cuarto era el más feo de la casa y allí había ido a parar también el gallo de veleta, abrazado a su tizón. Un día el niño se puso a hablar con él, y el pobre gallo, con la boca torcida, le dijo que sabía muchas cosas, que lo librara y se las enseñaría. Entonces hicieron las paces y el niño le sacó el carbón y lo enderezó. Y se pasaban el día y la noche hablando, y el gallo, que era más viejo, enseñaba, y el niño lo escribía todo en el rasgón de camisa. Cuando venía la madre, el gallo se escondía porque no querían que ella supiera que un gallo de veleta hablaba. 

Desde lo alto de la casa había aprendido el gallo que lo rojo de los ponientes era una sangre que se derramaba a esa hora por el horizonte, para madurar la fruta, y, en especial, las manzanas, los melocotones y las almendras. Esto fue lo que al niño más le gustó de cuantas cosas el gallo le enseñaba, y pensó cómo podría tener de aquella sangre y para qué serviría. 

Un día, que al gallo le pareció bueno, cogió el niño las sábanas de su cama y tres ollas de cobre y se escapó con el gallo al horizonte de aquella ventana. Llegaron a una meseta rasa, en cuyo borde estaba el horizonte que se veía lejísimos desde la casa, y esperaron a que bajara el sol y se derramara la sangre. 

Poco a poco vieron venir una nube rosa; luego una niebla rojiza les envolvía y tenía un olor ácido, como a yodo y limones. Por fin la niebla se hizo roja del todo y nada se veía más que aquella luz densísima entre carmín y escarlata. De cuando en cuando pasaba una veta más clara, verde o de color de oro. La niebla se hizo cada vez más roja, más oscura y espesa y dificultaba la luz, hasta que se vieron en una noche de color escarlata. Entonces la niebla empezó a soltar una humedad y una lluvia finísima, pulverizada y ligera, de sangre que lo empapaba y lo enrojecía todo. El niño cogió las sábanas y se puso a sacudirlas en el aire hasta que se volvían del todo rojas. Luego las estrujaba en las ollas de cobre y volvía con ellas al aire para que se embebieran de nuevo. Así se estuvo hasta que las tres ollas fueron llenas. 

Ya la niebla había tomado un color negro rojizo y se veteaba de azul. El olor agrio y almizclado se iba transformando en otro olor más ligero, como de violetas animales. La luz aumentaba de nuevo y la niebla tomaba un color morado, cárdeno, porque las vetas azules se habían fundido con lo demás. La humedad disminuía y la niebla aclaraba cada vez más. El olor a violetas animales se hacía más sutil y se tornaba vegetal. La niebla aclaraba tomando un color rosa azulado, cada vez más claro, hasta que abrió de nuevo, y todo se volvió a ver. El cielo estaba blanco y limpio, y el aire tenía un perfume a tila y rosas blancas. Abajo se veía el sol que se iba con sus nieblas escarlata y carmín. Oscurecía. Las tres ollas estaban llenas de una sangre densísima, roja, casi negra. Hervía despacio en grandes, lentas burbujas que explotaban sin ruido como besos de boca redonda. 

Aquella noche durmieron en una cueva, y a la mañana siguiente lavaron las sábanas en un río. El agua de aquel río se manchó y lo iba madurando todo, hasta pudrirlo. Bebió una yegua preñada y se volvió toda blanca y transparente, porque la sangre y los colores se le iban al feto, que se veía vivísimo en su vientre, como dentro de un fanal. La yegua se tendió sobre el verde y abortó. Luego volvió a levantarse y se marchó lentamente. Era toda como de vidrio, con el esqueleto blanco. El aborto, volcado sobre la hierba menuda, tenía los colores fuertísimos y estaba envuelto en una bolsa de agua, rameada de venillas verdes y rojas que terminaba en un cordón amoratado por cuya punta iba saliendo el líquido lentamente. El caballito estaba hecho del todo. Tenía el pelo marrón rojizo y la cabezota grande, con los ojos fuera de las órbitas y las pestañas nacidas; el vientre hinchado y las cañas finísimas, que terminaban en unos cascos de cartílago, blando todavía; las crines y la cola flotaban ondulando por el líquido mucoso de la bolsa, que era como agua de almíbar. El caballito estaba allí como en una pecera y se movía vagamente. El gallo de veleta rasgó la bolsa con su pico y toda el agua se derramó por la hierba. El potro, que tendría el tamaño de un gato, fue despertando poco a poco, como si se desperezara, y se levantó. Sus colores eran densos y vivos, como no se habían visto nunca; todo el color de la yegua se había recogido en aquel cuerpo pequeñito. El potrillo dio una espantada y salió en busca de su madre. La yegua se tendió para que mamara. Blanqueaba la leche en sus ubres de cristal. 

El niño y el gallo de veleta volvieron hacia su casa. Llevaban las ollas de cobre y entraron por un balcón. Luego echaron la sangre en una tinaja y la lacraron. La madre perdonó a su hijo; pero el niño dijo que quería ser disecador y tuvieron que mandarlo de aprendiz con un maestro taxidermista.


 Fotografía, encontrada aquí, de una puesta de sol en Marte.

7.12.23

INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ (1951), DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO (1927-2019). CAPÍTULO I. DE UN GALLO DE VELETA QUE CAZÓ UNOS LAGARTOS Y LO QUE CON ELLOS HIZO UN NIÑO

«Sembré avena loca riberade Henares.»
Sembradas están para ti las locuras que andaban en mi cabeza y que en Castilla tenían tan buen asiento.
Escrita para ti esta historia castellana y llena de mentiras verdaderas.
 
 
«La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es limpio, todo tu cuerpo será luminoso.»
(Mateo, 6, 22)
 
PRIMERA PARTE
 
DE UN GALLO DE VELETA QUE CAZÓ UNOS LAGARTOS Y LO QUE CON ELLOS HIZO UN NIÑO

 
El gallo de la veleta, recortado en una chapa de hierro que se cantea al viento sin moverse y que tiene un ojo solo que se ve por las dos partes, pero es un solo ojo, se bajó una noche de la casa y se fue a las piedras a cazar lagartos. Hacía luna, y a picotazos de hierro los mataba. Los colgó al tresbolillo en la blanca pared de levante que no tiene ventanas, prendidos de muchos clavos. Los más grandes puso arriba y cuanto más chicos, más abajo. Cuando los lagartos estaban frescos todavía, pasaban vergüenza, aunque muertos, porque no se les había aún secado la glandulita que segrega el rubor, que en los lagartos se llama «amarillor», pues tienen una vergüenza amarilla y fría.

Pero andando el tiempo se fueron secando al sol, y se pusieron de un color negruzco, y se encogió su piel y se arrugó. La cola se les dobló hacia el mediodía, porque esa parte se había encogido al sol más que la del septentrión, adonde no va nunca. Y así vinieron a quedar los lagartos con la postura de los alacranes, todos hacia una misma parte, y ya, como habían perdido los colores y la tersura de la piel, no pasaban vergüenza.

Y andando más tiempo todavía, vino el de la lluvia, que se puso a flagelar la pared donde ellos estaban colgados, y los empapaba bien y desteñía de sus pieles un zumillo, como de herrumbre verdinegra, que colaba en reguero por la pared hasta la tierra. Un niño puso un bote al pie de cada reguerillo, y al cabo de las lluvias había llenado los botes de
aquel zumo y lo juntó todo en una palangana para ponerlo seco.

Ya los lagartos habían desteñido todo lo suyo, y cuando volvieron los días de sol tan sólo se veían en la pared unos esqueletitos blancos, con la película fina y transparente, como las camisas de las culebras y que apenas destacaban del encalado.
 
Pero el niño era más hermano de los lagartos que del gallo de la veleta, y un día que no hacía viento y el gallo no podía defenderse, subió al tejado y lo arrancó de allí y lo echó a la fragua, y empezó a mover el fuelle. El gallo chirriaba en los tizones como si hiciera viento y se fue poniendo rojo, amarillo, blanco. Cuando notó que empezaba a reblandecerse, se dobló y se abrazó con las fuerzas que le quedaban a un carbón grande, para no perderse del todo. El niño paró el fuelle y echó un cubo de agua sobre el fuego, que se apagó resoplando como un gato, y el gallo de veleta quedó asido para siempre al trozo de carbón.
 
Volvió el niño a su palangana y vio cómo había quedado en el fondo un poso pardo, como un barrillo fino. A los días, toda el agua se había ido por el calor que hacía y quedó tan sólo polvo. El niño lo desgranó y puso el montoncito sobre un pañuelo blanco para verle el color. Y vio que el polvillo estaba hecho de cuatro colores: negro, verde, azul y oro. Luego cogió una seda y pasó el oro, que era lo más fino; en una tela de lino pasó el azul, en un harnero el verde y quedó el negro.
 
De los cuatro polvillos usó el primero, que era el de oro, para dorar picaportes; con el segundo, que era azul, se hizo un relojito de arena; el tercero, que era el verde, lo dio a su madre para teñir visillos, y con el
negro, tinta, para aprender a escribir.
 
La madre se puso muy contenta al ver las industrias de su hijo, y en premio lo mandó a la escuela. Todos los compañeros le envidiaban allí la tinta por lo brillante y lo bonita que era, porque daba un tono sepia como no se había visto. Pero el niño aprendió un alfabeto raro que nadie le entendía, y tuvo que irse de la escuela porque el maestro decía que daba mal ejemplo. Su madre lo encerró en un cuarto con una pluma, un tintero y un papel, y le dijo que no saldría de allí hasta que no escribiera como los demás. Pero el niño, cuando se veía solo, sacaba el tintero y se ponía a escribir en su extraño alfabeto, en un rasgón de camisa blanca que había encontrado colgando de un árbol.
 

Dibujo o grabado, encontrado aquí, de lagarto ocelado.

23.11.23

DOS NIÑOS EN LA NIEVE: EL NINI Y ALFANHUÍ


"... Por San Simplicio, el niño y la perra sintieron la engañosa llamada de la nieve y salieron al campo. Sus pisadas crujían tenuemente, mas aquellos crujidos detonaban en el solemne silencio de la cuenca con una sorda opacidad. Ante sus ojos se abría un vasto, solitario y mudo planeta mineral y el niño lo recorría transido por la emoción del descubrimiento. Dobló el Cerro Merino y al iniciar el ascenso de la ladera, el Nini atisbó el rastro de una liebre. Sus leves pisadas se definían nítidamente en la nieve intacta y el niño las siguió, la perra en sus talones, el hocico levantado, sin intentar siquiera rastrear. De pronto las huellas desaparecieron y el niño se detuvo y observó en tomo y al divisar el matojo de encina doce metros más allá, sonrió tenuemente. Sabía, por su abuelo Román, que las liebres en la nieve ni se evaporan ni vuelan como dicen algunos cazadores supersticiosos; simplemente, para evitar que las huellas las delaten, dan un gran salto antes de agazaparse en su escondrijo. Por eso intuía que la liebre estaba allí, bajo el carrasco, y al avanzar hacia él con la sonrisa en los labios, gozándose en la sorpresa, brincó la liebre torpemente y el niño corrió tras ella, torpemente también, riendo y cayendo, mientras la perra ladraba a su lado. Al cabo, el niño y la perra se detuvieron, en tanto la liebre se perdía tras una suave ondulación, los amarillos ojos dilatados por el pánico. Jadeante aún, el Nini experimentó una súbita reacción y se puso a orinar y la tierra oscura asomó en un pequeño corro bajo la nieve fundida. Poco más lejos se agachó y erigió en pocos minutos un monigote de nieve, le colocó su tapabocas y azuzó a la perra:

—Fa, mira, el Furtivo, ¡anda con él!

Pero a la perra la asustaba el muñeco y reculaba ladrando, sin cesar de mirarlo esquinadamente y, entonces, el niño formó unas bolas y lo destruyó de cuatro pelotazos. Soltó una carcajada estridente y el cristalino eco que despertó su risa en la nieve le animó a repetir y, luego, a gritar una y otra vez, cada vez más fuerte. Experimentaba, al hacerlo, una grata sensación de plenitud...
"

Fragmento de Las ratas (1962), de Miguel Delibes.
 
"... Alfanhuí abrió la puerta de la casa. La luz de la cocina salió al campo y la cocina sorbió de la noche como una boca que respira, aspirando largo rato, llenando su pulmón. Se la oyó respirar muy hondo, llenarse de frescura. Alfanhuí estaba parado en el dintel. Fuera había nieve.
 
Al resplandor de la cocina vino una liebre por el campo y se paró de pinote frente a la puerta, cara a Alfanhuí. Alfanhuí sintió un trallazo en sus músculos y echó a correr por la nieve. La liebre iba saltando delante de él, haciendo cabriolas silenciosas sobre la nieve. Hacia una colina sin árboles corrieron. Todo blanco. Las nubes se habían quitado y hacía luna. Alfanhuí corría, respiraba cuanto quería. Abajo se veía la puerta de la cocina como un fogonazo abierto al campo. Alfanhuí se fue hacia un bosquecillo de chopos pelados que entreveraban la luna con sus varitas. Bajaba el bosquecillo por una ladera muy pendiente. Entre los árboles muy juntos, Alfanhuí y la liebre se pusieron a jugar, sorteando los chopos, trenzando sus huellas por el suelo nevado. Luego corrieron más lejos, pasaron el cauce, llegaron al molino, del molino a otra colina, de la colina a otro bosquecillo, circunvalando la casa, allá en lo bajo. Ahora daban cara a la trasera y no se veía la luz; pero la luna alumbraba mucho. Así corrieron y corrieron hasta que Alfanhuí se
sació de respirar y llenó
sus pulmones con el aire de la nieve..."
 
Fragmento de Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951), de Rafael Sánchez Ferlosio.
 

21.11.23

TERNE Y DE BUENA COLOR

Busco estas palabras en la red, correspondientes a una novela de Camilo José Cela, y compruebo que no aparece nada. Hace no mucho leí que alguien se quejaba de que el escritor de Iria Flavia aparecía hasta en la sopa, pero yo personalmente tengo la impresión de que los escritores españoles del siglo XX están en el olvido. O al menos no observo el reflejo de sus palabras en la red.

...

Había dejado la entrada con tan solo ese párrafo y las palabras del encabezamiento, pero voy a proponer un fragmento de Viaje a La Alcarria:

 

"UNOS DÍAS ANTES
 

El viajero está echado, boca arriba, sobre una chaise-longue forrada de cretona. Mira, distraídamente, para el techo y deja volar libre la imaginación, que salta, como una torpe mariposa moribunda, rozando, en leves golpes, las paredes, los muebles, la lámpara encendida. Está cansado y nota un alivio grande dejando caer las piernas, como marionetas, en la primer postura que quieran encontrar. 

El viajero es un hombre joven, alto, delgado. Está en mangas de camisa fumando un cigarrillo. Lleva ya varias horas sin hablar, varias horas que no tiene con quién hablar. De cuando en cuando bebe un sorbo —ni pequeño ni grande— de whisky o silba, por lo bajo, alguna cancioncilla. 

En la casa todo es silencio; la familia del viajero duerme. En la calle sólo algún taxi errabundo rompe, muy de tarde en tarde, la piadosa intimidad de los serenos. 

La habitación está revuelta. Sobre la mesa, cientos de cuartillas en desorden dan fe de muchas horas de trabajo. Extendidos sobre el suelo, clavados con chinchetas a las paredes, diez, doce, catorce mapas con notas y acotaciones en tinta, con fuertes trazos de lápiz rojo, con blancas banderitas sujetas con alfileres.

—Después, nada de esto sirve nunca para nada. ¡Siempre pasa igual! 

A caballo de una silla duerme la chaqueta de dura pana. En la alfombra, al lado de un montón de novelas, descansan las remachadas botas de andar. Una cantimplora nueva espera su carga de espeso y saludable vino tinto. Suena en el noble, en el viejo reloj de nogal, la última campanada de una alta hora de la noche. 

El viajero se levanta, pasea la habitación, pone derecho un cuadro, empuja un libro, huele unas flores. Ante un mapa de la península se para, ambas manos en los bolsillos del pantalón, las cejas casi imperceptiblemente fruncidas. 

El viajero habla despacio, muy despacio, consigo mismo, en voz baja y casi como si quisiera disimular. 

—Sí, la Alcarria. Debe ser un buen sitio para andar, un buen país. Luego,
ya veremos; a lo mejor no salgo más; depende. 

El viajero enciende otro cigarrillo —a poco más se quema el dedo con el mixto—, se sirve otro whisky. 

—La Alcarria de Guadalajara. La de Cuenca, ya no; por Cuenca puede que ande el pinar; o la Mancha, ¡quién sabe!, con sus lentos caminos. 

El viajero hace un gesto con la boca.

—Y tampoco importa que me salga un poco, si me salgo. Después de todo, ¿qué más da? Nadie me obliga a nada; nadie me dice: métase por aquí, suba por allí, camine aquel ribazo, esta laderilla, esta otra vaguada
tierna y de buen andar

El viajero revuelve entre los papeles de la mesa buscando un doble decímetro. Lo encuentra, se acerca de nuevo a la pared y, con el pitillo en la boca y el entrecejo arrugado para que no se le llenen los ojos de humo, pasea la regla sobre el mapa. 

—Etapas ni cortas ni largas, es el secreto. Una legua y una hora de descanso, otra legua y otra hora, y así hasta el final. Veinte o veinticinco kilómetros al día ya es una buena marcha; es pasarse las mañanas en el
camino. Después, sobre el terreno, todos estos proyectos son papel mojado y las cosas salen, como pasa siempre, por donde pueden. 

Busca unas notas, consulta un cuadernillo, hojea una vieja geografía, extiende sobre la mesa un plano de la región. 

—Sí; sin duda alguna, las regiones naturales. Los ríos unen y las montañas separan, es la vieja sabiduría; no hay otra división que valga. 

El viajero se distrae un instante y toma, de la estantería, el primer libro que alcanza: la Historia de Galicia, de don Manuel Murguía, encuadernado en rojo cartoné ya desvaído por el tiempo. No lo necesita para nada; en realidad, lo coge sin darse cuenta. 

—Es gracioso este libro..., es un libro lleno de paciencia. 

El viajero está medio dormido y da un par de cabezadas mientras pasa las hojas. Se despierta de nuevo del todo, cuando lee al pie de una lámina: Cromlech que existe en Pontes de García Rodríguez. Lo devuelve a su sitio y piensa que, realmente, tiene los libros bastante mal ordenados. La Historia de Galicia queda entre una Fisiología e Higiene, del bachillerato, y el The sun also rises, de Hemingway..."

 

Nótese (en rojo claro), que Cela hace uso de una parecida combinación de palabras que las que he propuesto en la entrada. Cuando se encuentra con el vagabundo y le dice "lo veo terne y de buena color", la fórmula sorprendió a su interlocutor, no solamente por su contenido, que ponía esperanza en su momento de desánimo, sino por su estructura, que Cela, consciente o inconscientemente, usaba por ser lingüísticamente atractiva.

28.8.23

VII. DE UN VIENTO QUE ENTRO UNA NOCHE EN EL CUARTO DE ALFANHUI Y LAS VISIONES QUE ESTE TUVO

Una noche de lluvia descendió sobre el jardín un viento remoto. Alfanhuí tenía la ventana abierta y el viento se puso a agitar la llama de su lámpara. Se estremecieron, en las paredes, las sombras de los pájaros. Se movieron primero, indecisa y vagamente, como en un despertar inesperado. Alfanhuí vio desde su cama el agitarse de aquellas sombras en las paredes y el techo, que se quebraban en las esquinas y se cruzaban las unas con las otras. Le pareció que su cuartito se agrandaba y se agrandaba hasta hacerse un inmenso salón. Las sombras de los pájaros se agrandaban también y se multiplicaban al agitarse de la llama pequeña de su lámpara de aceite. El viento entraba cada vez más lleno por la ventana y traía como una música de ríos y de bosques olvidados. Al compás de la música, la llama hacía danzar las sombras de los pájaros. Como fantasmas o marionetas de pájaros, pusiéronse a danzar las danzas arcanas, las danzas primitivas de su especie, dibujando sobre el techo del salón una rueda grandiosa de alas y de picos. Una rueda cambiante, luminosa y ligera que giraba y giraba y hacía volver a las muertas sombras los viejos colores de las aves. En el medio danzaba la garza de ojos chinescos y movía su pico con un ritmo altivo, marcando el compás de la danza a todos los pájaros, y el viento parecía arrojar ráfagas de lluvia contra sus ojos. Ya los pájaros disecados habían desaparecido de su pedestal, como si la lluvia les hubiera devuelto la vida, y se habían volado a sus sombras, que danzaban en el techo del salón. Rompióse la bruma del silencio y la soledad y despertaron visiones olvidadas, al encontrarse la música del viento y de la lluvia con los muertos colores de los pájaros. Pareció abrirse, en medio de la rueda de pájaros, un redondel en el techo a donde retornaban todos los colores primitivos. Los mil verdes de las selvas, el blanco de las cataratas; y, de la tierra de las zancudas, el rosa y ceniza de las marismas, con un sol rojo a flor de agua, temblando en la superficie limosa y sanguinolenta. Al pie de los morados y amarillos cañaverales, brillaba el limo negro de las orillas, tapizadas de pequeñas raíces serpenteantes, entre mil huellas de pájaros distintos. Volvían las blancas salinas de los estuarios, y los pájaros salineros que bucean con su largo pico en los fangales. Y el sol marino de las gaviotas y de los albatros, batiendo sobre un yermo de arena y caracolas. Volvía el azul de las ciudades de la tierra y las golondrinas enhebrando los arcos de las torres, cosiendo con los hilos de su vuelo, espadaña con espadaña. El viento abrió también un libro de plantas disecadas y se puso a pasar sus hojas. Las flores se mojaban y revivían, trepando por las paredes del salón, invadiéndolo todo, formando una espesa enramada, florida y llena de nidos de donde salían también pájaros que volaban hacia el redondel luminoso del techo. Alfanhuí no hubiera sabido decir si en sus ojos había una tenebrosa soledad y en sus oídos un insondable silencio, porque aquella música y aquellos colores venían de la otra parte, de donde no viene nunca el conocimiento de las cosas; traspuesto el primer día, por detrás del último muro de la memoria, donde nace la otra memoria: la inmensa memoria de las cosas desconocidas. Danzaban y danzaban las aves, las primitivas danzas de su especie y volvía el entrecruzarse de las bandadas hacia los ríos sagrados. Al Eufrates, al Nilo, al Ganges, a los ríos de China con sus nombres de colores. Retornaba toda la emigrante y multicolor geografía de los pájaros, la luz de las tierras antiguas. Luego desapareció el círculo luminoso de las visiones y volvió a las paredes la danza de las sombras, oscura y agitada esta vez, como una danza bruja, a los sordos golpes de un turbio tambor; como una danza de rígidos fantasmas de largas y desgarbadas patas. Más aprisa, cada vez más aprisa, y el salón se iba cerrando y se empequeñecía de nuevo hacia la frente de Alfanhuí. La danza y las sombras se hacían pequeñas, pequeñas, en torno de la llama de la lámpara. Volvían las sombras, como grises mariposas, a quemar su polvillo en la llama. Era el polvo que el viento había levantado de las plumas secas de las aves, y sus motitas infinitesimales se ponían un momento incandescentes y repetían, al quemarse, cada color, vivo y lejano de las visiones, para perderse de nuevo en la luz simple y pequeña de la lámpara. Todo volvía a recogerse en sí. El viento había cesado. Las sombras morían de nuevo, quietas, en las grises paredes; los pájaros morían en el brillo vacío de sus ojos de cristal y el último aceite subía a la llama, extenuado, ahogándose por los hilos de la torcida. La llama menguaba chisporroteando en las últimas motas de polvo, y pronto quedó hecha una pavesa humeante que apenas brillaba ya, tan sólo en el latón dorado de la lámpara. Quedó en el aire el olor mortecino y oscuro del aceite requemado y todo se apagó. Había ahora un silencio ligero como para una voz clara y solitaria, una canción de alborada o unos pasos de cazadores.


(Capítulo de Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio)