Algo he reflexionado sobre el arte, aunque supongo que con poco éxito, porque casi todo lo que me queda de ese esfuerzo son interrogantes. Pero hay algunas cosas que sí tengo claras al respecto: una es que existen obras que generan emoción, y otra, que hay personas que se emocionan (no teniendo porqué coincidir ambos). Esto significa que creo en el fundamento del arte, porque lo he experimentado en mí mismo: he sentido emoción contemplando, recorriendo, escuchando obras de arte. Y eso es suficiente. El resto de consideraciones acerca del asunto “arte”, me resultan mucho menos relevantes.
Por emoción entiendo un conjunto de sentimientos racionales e irracionales bastante complejo: mucha gente se emociona pensando lo que cuesta una obra de arte; hay a quien le emociona una obra después de que alguien con autoridad haya hablado bien de ella; otros encuentran atractivo haber descubierto un aspecto que el autor desea comunicar, y otros, en fin, no pueden apartar la atención porque aquello les subyuga. Mi mirada sobre el arte está compuesta, desde luego, de un poco de todo lo mencionado.
Suelo tener una actitud pasiva frente a las novedades en el arte: las observo, las experimento, escucho y leo lo que se dice de ellas... Y si me emociono, bienvenida sea la emoción, pero lo normal es que una sola experiencia de una sola obra, no me diga nada. Porque la obra puede generar emoción, pero puede ser que yo no esté en el momento adecuado, no tenga el bagaje suficiente, no haya captado todo lo que me propone, o lo que es más habitual, que mi sensibilidad no esté a la altura. Pero también puede ocurrir que la obra no tenga capacidad de emocionar. En cualquier caso, y al menos en mi caso, es necesario un tiempo de maduración, aunque sea inconsciente.
Conocía la obra de Hirst (a través de publicaciones) antes de su éxito comercial. Según entendí, aquella piscina transparente en la que flotaba un enorme tiburón, causaba inquietud vista en persona, aunque a mí no me decía mucho en las fotos. Sí me gustan especialmente sus estanterías, en las que se almacenan, pulcramente ordenados, objetos de distintos materiales y colores; no puedo explicar porqué, pero me ocurre lo mismo con “cajas” de otros autores, como “palacio a las cuatro de la mañana”, de Giacometti.
Por emoción entiendo un conjunto de sentimientos racionales e irracionales bastante complejo: mucha gente se emociona pensando lo que cuesta una obra de arte; hay a quien le emociona una obra después de que alguien con autoridad haya hablado bien de ella; otros encuentran atractivo haber descubierto un aspecto que el autor desea comunicar, y otros, en fin, no pueden apartar la atención porque aquello les subyuga. Mi mirada sobre el arte está compuesta, desde luego, de un poco de todo lo mencionado.
Suelo tener una actitud pasiva frente a las novedades en el arte: las observo, las experimento, escucho y leo lo que se dice de ellas... Y si me emociono, bienvenida sea la emoción, pero lo normal es que una sola experiencia de una sola obra, no me diga nada. Porque la obra puede generar emoción, pero puede ser que yo no esté en el momento adecuado, no tenga el bagaje suficiente, no haya captado todo lo que me propone, o lo que es más habitual, que mi sensibilidad no esté a la altura. Pero también puede ocurrir que la obra no tenga capacidad de emocionar. En cualquier caso, y al menos en mi caso, es necesario un tiempo de maduración, aunque sea inconsciente.
Conocía la obra de Hirst (a través de publicaciones) antes de su éxito comercial. Según entendí, aquella piscina transparente en la que flotaba un enorme tiburón, causaba inquietud vista en persona, aunque a mí no me decía mucho en las fotos. Sí me gustan especialmente sus estanterías, en las que se almacenan, pulcramente ordenados, objetos de distintos materiales y colores; no puedo explicar porqué, pero me ocurre lo mismo con “cajas” de otros autores, como “palacio a las cuatro de la mañana”, de Giacometti.