Un ruido en la calle me despierta. Por lo cansado que me siento sé que es demasiado tarde y demasiado pronto. Hace años habría vuelto a conciliar el sueño, pero ahora mis problemas me asaltan y comienzo a darles vueltas sin encontrarles solución. Abro los ojos. Por la ventana abierta entra la luz amarillenta de las farolas que se refleja en el cielo encapotado. El miedo me invade como si hubiera descubierto la presencia de un animal acechándome en la oscuridad. La soledad y el silencio multiplican en mi mente la crueldad y la falta de sentido de la vida. Entonces comienza la lucha entre la fatiga, que me retiene entre las sábanas, y los remordimientos, que me mantienen despierto. A veces gana la primera, gracias a una fantasía que me distrae. A veces pierde, y entonces la jornada comienza en mitad de la noche.