En la Puerta del Sol siempre había mucha gente. Yo, que entonces vivía en La latina, pasaba por allí muy a menudo. El más pesado de sus incondicionales era el predicador del altavoz, que ponía dolor de cabeza al mismo Carlos III. Los negocios abrían y quebraban constantemente, y los que tenían éxito, no daban abasto. Solía dejarme caer, por Arenal, hasta la Plaza de Isabel II, y sin detenerme, terminaba en la Plaza de Oriente. Rara vez bajaba a los Jardines de Sabatini, donde sólo se veían turistas y algún que otro bohemio leyendo a Stendhal. Después de echar una ojeada sobre los pinos, intentando adivinar el estanque, me dirigía hacia la Almudena, buscando reencontrarme con la tristemente desaparecida estatua de Felipe II, que junto a la vista de la Casa de Campo, echaba y sigo echando mucho el falta. Uno podía llevarse un susto al pasar por delante del Palacio de Oriente, porque la Guardia Civil chista a los que se acercan demasiado y atraviesan una incierta línea imaginaria que sólo ellos conocen. Antes de que pusieran las protecciones, cruzar el puente de Segovia debía estar muy bien, pero después se convirtió en una mierda, así que me volvía a La Latina por Sacramento y San Justo, escuchando mis pasos en el silencio.

Rincón del Poblado Firestone, Galdakao, Vizcaya. 08/03/2007

Paso a nivel en Durango, Vizcaya. 08/03/2007
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