31.3.07

CUANDO ERA JOVENCITO

Cuando era jovencito se hablaba y se escribía sobre el “no lugar”; incluso recuerdo alguna película (“La Zona”, de Andrei Tarkovski) que se rodó en él. No sé si he leído alguna vez una definición del mismo. Según mis luces, el no lugar sería todo aquel cuyas forma y funciones, no han sido planificadas; que ha nacido “por defecto”, entre infraestructuras o en el borde de tramas o de otras prexistencias (como el medio rural). En aquel entonces fascinaba, como cualquier descubrimiento que uno siente que hace por sí mismo. Claro que no era nada nuevo, pero quizá por influencia de algún pensamiento filosófico, había aparecido ante nuestros ojos: había recibido nombre, y por tanto, había comenzado a existir. Yo, al menos, pasé mi infancia en él, y ahora me es familiar y querido: campas y descampados, escombreras, minas e instalaciones industriales abandonadas, ríos-cloaca, huertos urbanos auto-distribuidos, márgenes de líneas férreas, espacios bajo viaductos, antiguos cultivos... El interés, por mi parte, de volver a reflexionar sobre el no lugar, nace de que su existencia representa, para mí, una crítica tácita a la rigidez y esterilidad de los lugares “planificados”; porque en él he observado que se acumulan todas las actividades que niegan los anteriores. Se trata, pues, de un lugar libre, en tanto no sometido a vigilancia, limpieza, ordenamiento, exclusión... Tras la explosión urbana de la segunda mitad del siglo XX, el no lugar tiende a desaparecer, al haber tiempo y medios económicos para “ordenar” lo que no se pudo antes, pero no se tienen en cuenta las funciones que dicho lugar cumplía, y las mismas desaparecen. No se pierde nada en apariencia; tampoco parecería que perdemos si desaparecen los cines, las bibliotecas, las zonas peatonales, los monasterios o las playas... Ninguno de ellos es imprescindible, y quizá no hagamos uso de algunos jamás, pero su desaparición reducen nuestras posibilidades y empobrece nuestra existencia. Para quien, como yo, hemos disfrutado del no lugar, vivir en el centro de una gran ciudad es una experiencia tan asfixiante y degradante como estar encarcelado. Echo de menos su “desorden” y su libertad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo crecí en un no-lugar. A las afueras de una ciudad dormitorio, que es el no-lugar en medio de una ciudad sin raíces ni historia. Algunas veces pensaba que yo misma podía ser un fantasma, un ser sin identidad, y me obligaba a escribir en una hoja de papel mi nombre y la fecha del día en el que estábamos, dónde y cuándo. La no-identidad me siguió durante toda la vida, me dificultó siempre tomar decisiones. El no-lugar te persigue y crea huecos en tu mente. Ahora estoy en un lugar ordenado, donde cada paso es vigilado y está lleno de reglas. Echo de menos los charcos sucios del invierno, los cortes de luz de las tormentas, el calor insano y liberador del verano, el no ser nadie, el ruido de la carretera de noche,los bares abiertos a las seis de la mañana para los que madrugan, el desorden y la flexibilidad de los que todo lo perdieron pero ganaron todo el horizonte, el caos de olores de casas que se viven, el olvido de las esquinas, el óxido de las cosas olvidadas...