Hay un evidente interés político, antiquísimo, en la creación de Europa. Poco menos antiguo que su relativamente efímero fundamento geográfico: aquel río glacial que atravesaba los desiertos de sal y desembocaba en el mar Negro después de alimentar y rebosar los mares de Aral y Caspio. Pero no por antiguo, ese interés es menos retorcido y siniestro.
Y así sucede que la Europa comunitaria cruje como un frágil barquito de madera enmedio de cualquier tormenta: cada vez que alguien pretende definir qué es Europa central; qué es la Europa mediterránea; qué es la Europa del norte; hasta donde llega la Europa oriental...; la Roma antigua, que se centró en el mar Mediterráneo, adolece siempre del olvido de su parte sur y su parte este; el límite oriental cambia constantemente, y los países a los que afecta negativamente se revuelven, como Georgia, que se niega a ser excluida de una Europa a la que siempre ha pertenecido; Hungría es el límite occidental de las estepas eurasiáticas...
Y es que no: Europa no es un continente distinto de Asia, por mucho que los vigilantes de la Wikipedia se empeñen en que esta idea es "minoritaria". Aunque en esto tienen razón: la verdad suele ser un asunto minoritario, como han venido demostrando, durante siglos, los filósofos.
Fotografía (encontrada aquí), de un submarino nuclear ruso en el canal del Bósforo (al fondo, Europa). El mar Negro y los cuerpos de agua que lo unen con el mar Mediterráneo son los únicos accidentes geográficos que sostienen la separación continental.



















































