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10.3.23
10.5.08
CIÉRVANA EN LA LLUVIA
Salí de casa con un optimismo infundado, pues aunque no llovía en ese momento, sí que estaba muy encapotado. Ni paraguas, ni chubasquero; sólo el teléfono, las gafas y la cámara, recogidas en una chaquetilla de entretiempo de tela.

El autobús tardó mucho en llegar, como siempre, aunque lo peor fueron las quejas al respecto, a voz en grito, de un grupo de amiguetes que iban de comilona. Por lo oído de ellos, les clasificaría de cuarentones, chiquiteros, futboleros, homófobos y vocingleros.

Al llegar comenzó a caer chirimiri, y ya no paró. Todo viviendas unifamilares, en su mayor parte autoconstruidas. Ni un solo alero bajo el que refugiarse.

Más fuerte o más suavemente, continuó lloviendo todo el tiempo que permanecí allí.

Por suerte, había un barecito del ayuntamiento en el que se podía tomar un café, a cambio de 1,1 € y de tener que escuchar la televisión a todo volumen.

Encontré un móvil en la acera e inmediatamente imaginé varias cosas sin fundamento sobre su propietario: que era una mujer, y que había venido a ver a un anciano... Repasé todas las posibilidades que tenía respecto de aquel aparato, y finalmente opté por devolverlo.

Llamé al primer número de la lista y expliqué lo que pasaba. Al poco rato recibí una llamada en la que una voz femenina me explicó que había perdido el teléfono yendo de visita a una residencia y que, por favor, lo dejara en la farmacia del pueblo.
Por suerte, durante el trayecto de vuelta el silencio reinó entre los pasajeros.

El autobús tardó mucho en llegar, como siempre, aunque lo peor fueron las quejas al respecto, a voz en grito, de un grupo de amiguetes que iban de comilona. Por lo oído de ellos, les clasificaría de cuarentones, chiquiteros, futboleros, homófobos y vocingleros.

Al llegar comenzó a caer chirimiri, y ya no paró. Todo viviendas unifamilares, en su mayor parte autoconstruidas. Ni un solo alero bajo el que refugiarse.

Más fuerte o más suavemente, continuó lloviendo todo el tiempo que permanecí allí.

Por suerte, había un barecito del ayuntamiento en el que se podía tomar un café, a cambio de 1,1 € y de tener que escuchar la televisión a todo volumen.

Encontré un móvil en la acera e inmediatamente imaginé varias cosas sin fundamento sobre su propietario: que era una mujer, y que había venido a ver a un anciano... Repasé todas las posibilidades que tenía respecto de aquel aparato, y finalmente opté por devolverlo.

Llamé al primer número de la lista y expliqué lo que pasaba. Al poco rato recibí una llamada en la que una voz femenina me explicó que había perdido el teléfono yendo de visita a una residencia y que, por favor, lo dejara en la farmacia del pueblo.
Por suerte, durante el trayecto de vuelta el silencio reinó entre los pasajeros.
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