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29.4.14

LA LUZ, DE EL "ZORZAL", DE SEFERIS

LA LUZ

Con el paso de los años
aumentan los jueces que te condenan;
con el paso de los años conversas con menos voces,
miras el sol con otros ojos;
sabes que aquellos que quedaron jugaban contigo,
delirio de la carne, danza arrebatadora
que culmina en desnudez.
Igual que brillaban de improviso en la noche, al volver
por el camino desierto, los ojos de un animal
y al instante desaparecen, así sientes tus ojos.
Miras al sol para hundirte luego en la tiniebla.
La túnica doria,
con la ortografía de pliegues que suscita el acto de
     tus dedos,
es una estatua bañada de luz pero con la cabeza en
     tinieblas.
Y aquellos que dejaron la palestra para empuñar los
     arcos
e hirieron al voluntarioso corredor de maratón
- él vio la pista anegada de sangre
y marchitarse los jardines de la victoria-
los está viendo en el sol, detrás del sol.
Y los muchachos que desde el bauprés se zambullían
todavía caen como husos en un contínuo hilar,
cuerpos desnudos hundiéndose en la luz negra
con una moneda entre los dientes, aún así siguen nadando
mientras con agujas de oro el sol remienda
velámenes, húmedos maderos y colores de mar abierto;
todavía ahora bajan oblicuos
hacia las piedras del fondo,
lécitos blancos.

Luz angelical y negra,
risa del oleaje en los caminos de la mar,
risa con llanto
el anciano suplicante te contempla
presto a franquear los umbrales invisibles,
reflejada en su propia sangre
que engendró a Eteocles y Polinices.
Día angelical y negro,
el gusto acre de la mujer que envenena al prisionero
surge de las olas, rama jugosa recamada de gotas.
Canta, pequeña Antígona, canta, canta...
no te hablo del pasado, hablo de amor:
adereza tu cabello con las espinas del sol,
muchacha taciturna.
El corazón de Escorpio ha declinado,
el tirano que habita en el hombre ha huido
y todas las hijas del mar, Nereidas, Greas
acuden al destello de Anadiomene:
mañana amará quien nunca amó,
a plena luz;
          y tú te encuentras
en una casa amplia con muchas ventanas abiertas,
corriendo de alcoba en alcoba, sin saber adónde mirar
     primero,
porque huirán los pinos, el reflejo de los montes y
     el gorjeo de los pájaros,
la mar, vidrio molido, se vaciará al soplo del Bóreas
     y Noto,
se vaciarán de luz tus ojos
como callan de golpe y a un tiempo las cigarras.


Poros, "Serenidad", 31 de octubre  1946.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

28.4.14

EL NAUFRAGIO DEL "ZORZAL, DE EL "ZORZAL", DE SEFERIS

III

EL NAUFRAGIO DEL ZORZAL

"Este tronco que daba frescor a mi frente
cuando el mediodía abrasaba las venas
florecerá en manos extrañas. Toma, te lo regalo:
es una rama de limonero, ¿ves?..."
Oí esa voz
mientras escrutaba el mar por divisar
un barco que hundieron hace años;
se llamaba "Zorzal". Un naufragio menor. La arboladura
rota se ondula oblicua en el fondo, como tentáculos
o recuerdo de sueños señalando el casco,
pálido morro de un gran cetáceo muerto,
apagado en el agua. Reinaba una calma inmensa.

Otras voces a su vez siguieron poco a poco:
murmullos exiguos y sedientos
brotaban del otro lado del sol, de la tiniebla;
parecían ansiosas de beber sangre, una gota al menos:
eran voces conocidas que no podía discernir.
Y vino la voz del anciano, sentí
cómo caía en el corazón del día,
serena, inconmovible, casi:
"Si me condenáis a beber la cicuta, os lo agradezco,
vuestra justicia será la mía. ¿Adónde iría
vagando, como canto rodado, por tierras extrañas?
Prefiero la muerte:
sólo el dios sabe a quién le aguarda lo mejor".
Tierras del sol, no podéis mirar de frente al sol.
Tierras del hombre, no podéis mirar de frente al hombre.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

LA RADIO, DE EL "ZORZAL", DE SEFERIS

LA RADIO

- "Velas al soplo del viento,
la memoria no guarda otro recuerdo del día.
Aroma de pino y silencio
calmarán fácilmente la herida
que con su marcha abrieron el marinero,
el aguzanieves, el gobio, el papamoscas.
Mujer que te has quedado sin tacto,
escucha las exequias de los vientos.

El barril de oro se ha acabado
el sol no es ya sino un harapo
al cuello de una mujer madura
que tose sin fin y sin remedio.
El verano que se fue le oprime
con sus oros hombros y pubis.
Mujer que has perdido la luz,
escucha, está cantando el ciego.

Ha oscurecido, cierra las ventanas.
Talla caramillos con las cañas de ayer
y no abras aunque llamen:
gritan pero no tienen qué decir.
Coge ciclamen, agujas de pino,
lirios de la arena y anémonas de mar.
Mujer que has perdido la razón,
escucha... está pasando el funeral del agua..."

"Atenas. De manera fulminante se desarrollan
los acontecimientos que, con angustia, ha escuchado
la opinión pública. El señor ministro
ha declarado: "No queda ya tiempo...""
"... coge ciclamen... agujas de pino...
lirios de la arena... agujas de pino...
mujer..."
     "... con aplastante superioridad.
La guerra..."

Cambista de Almas.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

26.4.14

II, EL VOLUPTUOSO ELPENOR, DE EL "ZORZAL", DE SEFERIS

II

EL VOLUPTUOSO ELPENOR

Ayer lo vi detenerse ante mi puerta
al pie de mi ventana; serían quizá
las siete; con él estaba una mujer.
Tenía el aspecto de Elpenor antes de caer
y matarse, pero no estaba borracho.
Hablaba muy deprisa y ella
miraba ausente los gramófonos;
le interrumpía momentáneamente para decir una frase
y luego se ponía a mirar con ansia
adonde freían pescado, como una gata.
Él, con una colilla apagada en los labios, susurraba:
- "Escucha esto. Bajo la luna
las estatuas a veces se cimbrean como la caña
entre frutos vivientes- Las estatuas;
y la llama se vuelve adelfa fresca,
la llama que abrasa al hombre, me refiero".
- "Es la luz... sombra de la noche..."
- "Quizá la noche que se ha abierto, granada celestial,
oscuro regazo inundándote de estrellas
al fragmentar el tiempo.
Sin embargo las estatuas
a veces se cimbrean, partiendo en dos
el deseo como un durazno; y la llama
se vuelve beso en los miembros y sollozo,
después húmeda hoja que arrastra el viento;
se cimbrean, se vuelven ligeras, con un peso humano.
No lo olvides".

- "Las estatuas están en el museo".

- "No, te persiguen, ¿no lo ves?
te persiguen con sus miembros amputados,
con un rostro de otro tiempo que no conociste
y sin embargo reconoces.
Como cuando
al final de la juventud amas
a una mujer aún hermosa
y, mientras la posees desnuda al mediodía,
temes el recuerdo que se despierta en en abrazo,
temes que te traicione el beso
en otros lechos ya pasados de los que ahora
podría surgir un sortilegio
tan fácilmente, tan fácilmente y suscitar
fantasmas en el espejo, cuerpos que fueron un tiempo
su placer.
Como cuando
al volver de tierra extraña abres por azar
un viejo arcón cerrado desde hace mucho
y encuentras los jirones de ropa que llevaste
en horas felices, en fiestas rebosantes de luz
y de color, reflejos que del todo se apagaron
de los que sólo queda el aroma de la ausencia
de un rostro joven. En realidad no son esos
los despojos: la ruina eres tú.
Te persiguen con una extraña virginidad
en casa, en la oficina, en las recepciones
de gente importante, en el miedo inconfesable del sueño.
Hablan de incidencias que hubieras querido inexistentes
o que ocurrieran años después de tu muerte,
algo difícil porque..."

- "Las estatuas están en el museo.
Buenas noches".

- "... porque las estatuas no son reliquias,
somos nosotros. Las estatuas apenas se cimbrean... Buenas
     noches".    
Aquí se separaron. Él tomó la cuesta
que lleva hasta la Osa
y ella se encaminó hacia la playa luminosa
donde el oleaje ahoga el ruido de la radio.

Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

I, LA CASA JUNTO AL MAR, DE EL "ZORZAL", DE SEFERIS

Simiente efímera de un demon penoso y de
un arduo destino. ¿Por qué me obligáis a decir
cosas que para vosotros es mejor no conocer?

Sileno a Midas.

I

LA CASA JUNTO AL MAR

Las casas que tenía me las quitaron. ocurrió
que fueron años bisiestos: guerras, devastación, exilios.
Unas veces el cazador encuentra aves de paso
otras, no. La caza
en mis tiempos era buena, el plomo pilló a muchos.
Otros andan sin rumbo o enloquecen en los refugios.

No me nombres a la alondra ni al ruiseñor
ni al diminuto aguzanieves
que trazan figuras con su cola en la luz.
No sé mucho de casas,
sé que tienen su linaje, nada más.
Nuevas al principio, como niños
que juegan con las franjas de sol en los jardines,
recaman postigos de colores y puertas
relucientes sobre el fondo del día;
cuando las ha concluido el alarife, cambian,
fruncen el ceño o sonríen o incluso se enojan
con los que se quedaron, con los que partieron,
con los que volverían si pudieran
o con los que se perdieron, ahora que el mundo
se ha vuelto un albergue inmenso.

No sé mucho de casas,
recuerdo sus gozos y sus penas
cuando me detengo alguna vez en mi camino;
incluso
alguna vez junto al mar, en alcobas vacías
con una cama de hierro, sin nada mío,
contemplando la araña crepuscular pienso
que alguien está a punto de llegar, que lo visten
de ropas blancas y negras, con aderezos multicolores
y que en torno suyo hablan quedo mujeres venerables
de pelo ceniciento y encajes sombríos,
que se apuran por venir a despedirme;
o que una mujer de mirada chispeante y fino talle,
de regreso de puertos meridionales,
Esmirna, Rodas, Siracusa, Alejandría,
de ciudades cerradas como cálidos postigos,
con perfume de frutos dorados y de yerbas,
va subiendo los peldaños sin ver
a los que se han dormido bajo la escalera.

Tú sabes que las casas se enojan enseguida cuando las 
     desnudas.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña