Hoy me escapé. Estaba cansado de esperar que escampara. Después de hacer un recado con el coche, se me ocurrió llegarme a algún lugar bello en el que sentir la proximidad de la naturaleza. Después de desestimar la opción de subir hasta la Arboleda, enfilé la carretera de Ugarte para dirigirme a la estación del funicular de la Reineta. A la derecha, según se llega, hay una explanada y un pequeño prado junto a los que vegetan un añoso roble y una plantación de acacias. No pude bajar del coche; ni siquiera abrir las ventanillas, de tanto que llovía. El viento huracanado de días atrás había partido algunos de los árboles más débiles, y el agua, socavado la carretera, que a partir de ese punto estaba cortada al tráfico. También había hecho saltar una tapa de alcantarilla, de la que manaba a borbotones marrón claro. No era precisamente la experiencia que andaba buscando, y después de ver cómo subía el vagón y de esperar que terminara de bajar el que le sirve de contrapeso, volví a casa.

Fotografía de autor desconocido.