Salimos de las murallas -¿quién iba a darnos miedo? Afuera nadie; tonos malvas en la tierra, pájaros malvas. Rocas inmensas brillando a veces como espejos y el ángel de coturnos dorados vistió su denudez con un aleteo azul-
Con destellos de cristal, con silencio cantaba la nieve. Esta música mata. En pocos días desaparecieron los gorriones, han ido a enterrar a sus muertos. Los carámbanos de los árboles pulsan las cuerdas quejumbrosas del sol evaporado. Dejadme escuchar a mi hermano-
La nieve aquí no se termina. En el Ática se la recibe como una pausa relajante o como un recogimiento que presagia la flor de los almendros o como el telón de Caraguionis cuando para la música.
La gente se alegra, sale al campo y se olvida de la pobreza. La nieve aquí es el cero con el destello de la arena blanca rostros sin mejillas, sin forma, ojos al acecho sin tierra bendita. No me atrevería a hablar de preces, pero en ocasiones degüellan por sacrificio un cordero; la sangre salpica como una cegadora explosión de sol. Instantes en que todo se va y cada ruido parece oírse por vez primera; da la impresión de caer en una mano de piedra o de madera. Así transcurren los hombres engendrando estatuas.
Los días son piedras. Piedras de pedernal que chocaron al azar una con otra y soltaron dos o tres chispas; piedras de una era holladas por herraduras y donde a tantos han trillado, guijarros en el agua de efímeros anillos, piedrecitas multicolores y húmedas a la orilla del mar, lecitos, estelas ante las que a veces se detiene el caminante. Los días son piedras que se acumulan unas sobre otras...