METAMORFOSIS
Deja ya de buscar la mar y los vellocinos de las olas
impulsando las barcas
bajo el cielo nosotros somos los peces y los árboles
las algas.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
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25.3.14
24.3.14
EN LAS GRUTAS DEL MAR, DE ESBOZOS PARA UN VERANO, DE SEFERIS
EN LAS GRUTAS DEL MAR
En las grutas del mar
hay una sed, hay un amor,
hay un embeleso,
sustancias sólidas todo como las conchas
que puedes tenerlas en tu mano.
En las grutas del mar
te miraba a los ojos días enteros:
yo no te conocía ni tú me conocías.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
En las grutas del mar
hay una sed, hay un amor,
hay un embeleso,
sustancias sólidas todo como las conchas
que puedes tenerlas en tu mano.
En las grutas del mar
te miraba a los ojos días enteros:
yo no te conocía ni tú me conocías.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
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23.3.14
IMPRESIÓN, DE ESBOZOS PARA UN VERANO, DE SEFERIS
IMPRESIÓN
Entre dos instantes amargos no hay tiempo de respirar.
Entre tu rostro y en tu rostro
se dibuja y borra el rostro delicado de un niño.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
Entre dos instantes amargos no hay tiempo de respirar.
Entre tu rostro y en tu rostro
se dibuja y borra el rostro delicado de un niño.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
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22.3.14
EPITAFIO, DE ESBOZOS PARA UN VERANO, DE SEFERIS
EPITAFIO
Los tizones en la niebla
eran rosas enraizadas en tu corazón,
la ceniza velaba tu rostro
cada mañana.
Desbrozando sombras de cipreses
te marchaste el otro verano.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
Los tizones en la niebla
eran rosas enraizadas en tu corazón,
la ceniza velaba tu rostro
cada mañana.
Desbrozando sombras de cipreses
te marchaste el otro verano.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
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21.3.14
AUSENCIA, DE ESBOZOS PARA UN VERANO, DE SEFERIS
AUSENCIA
El calor del agua cada mañana me recuerda
que no hay nada vivo a mi lado.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
El calor del agua cada mañana me recuerda
que no hay nada vivo a mi lado.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
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20.3.14
FLORES DE LA ROCA, DE ESBOZOS PARA UN VERANO, DE SEFERIS
FLORES DE LA ROCA
Flores de la roca frente al verde mar,
vetas que me evocan otros amores,
bruñidas por la lentitud de la llovizna,
flores de la roca, semblantes
que llegaron cuando nadie hablaba y que me hablaron
cuando me dejaron tocarlas después del silencio
entre los pinos, las adelfas y los plátanos.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
Flores de la roca frente al verde mar,
vetas que me evocan otros amores,
bruñidas por la lentitud de la llovizna,
flores de la roca, semblantes
que llegaron cuando nadie hablaba y que me hablaron
cuando me dejaron tocarlas después del silencio
entre los pinos, las adelfas y los plátanos.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
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19.3.14
RAVEN, DE ESBOZOS PARA UN VERANO, DE SEFERIS
RAVEN
In memoriam E. A. P.
Años como alas. ¿Qué recuerda el cuervo inmóvil?
¿Qué recuerdan los muertos en las raíces de los árboles?
Tenían tus manos el color de la manzana madura.
Y esta voz que siempre vuelve, esta voz baja.
Los navegantes miran la vela y las estrellas
escuchan el viento, escuchan, más allás del viento,
otro mar
como una concha cerrada cerca de ellos, no escuchan
nada más, no buscan entre las sombras de los cipreses
un rostro perdido, una moneda, no se preguntan
al ver un cuervo en una rama seca qué recuerda.
Inmóvil queda ese cuervo posado en lo alto de mis horas
como el alma de una estatua sin mirada.
En ese pájaro han ido a juntarse multitudes,
miles de seres olvidados, arrugas extinguidas,
abrazos deshechos y sonrisas inconclusas,
tareas interrumpidas, calladas estaciones,
un pesado sopor de lloviznas de oro.
Inmóvil queda. Contempla mis horas ¿qué recuerda?
Tienen tantas heridas las gentes que no vemos,
sufrimientos en suspenso a la espera del Juicio Final,
humildes anhelos pegados al suelo,
niños asesinados y mujeres hastiadas al alba.
Tal vez graviten en una rama seca, tal vez graviten
en las raíces del árbol amarillo, sobre los hombros
de otras gentes, rostros insólitos
que hundidos en la tierra no osan tocar una sola gota
de agua.
Tal vez no reposen en parte alguna.
Tenían tus manos un peso como si estuvieran dentro del agua,
dentro de las grutas del mar, un peso liviano sin pesares,
con ese gesto con el que rechazamos un mal pensamiento,
encalmando la mar hasta el horizonte, hasta las islas.
Pesada se vuelve la llanura tras la lluvia.
¿Qué recuerda la llama negra detenida en el cielo gris
hincada entre el hombre y su recuerdo,
entre la herida y la mano a la que hirió una lanza negra?
Se ensombrece empapada de lluvia la llanura, cesa el viento,
no basta el propio aliento ¿quién podrá mudar el viento
de lugar?
Dentro del recuerdo, un vacío - un corazón asustado-
dentro de las sombras que luchan por volver a ser hombre
o mujer,
dentro del sueño y de la muerte: una vida estancada.
Tenían tus manos siempre un gesto hacia la mar dormida
acariciando el ensueño que despacio hacía elevarse a la
araña dorada
que en medio del sol soportaba la multitud de constelaciones
cuando los párpados entornados, las alas plegadas...
Korçë, invierno de 1937.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
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SEFERIS
18.3.14
EPIFANÍA 1937, DE ESBOZOS PARA UN VERANO, DE SEFERIS
EPIFANÍA, 1937
La mar en flor y las montañas bajo el menguante
de la luna
la enorme roca junto a los nopales y asfódelos
el canto que no quería secarse al fin de la jornada
y la hamaca plegada al pie de los cipreses y tus cabellos
de oro; las estrellas del Cisne y Aldebarán.
He llenado mi vida, la he llenado viajando
por arboledas otoñales a merced del azote de la lluvia
por laderas silenciosas cubiertas de hojas de haya,
ninguna fogata en las cumbres. Cae la tarde.
He llenado mi vida: en tu mano izquierda una línea,
una señal en tu rodilla, quizá subsistan
allí donde sopló el viento del norte mientras oigo
en torno al lago helado esta voz extraña.
Los rostros que veo no preguntan, tampoco la mujer
que inclinada pasa amamantando a su hijo.
Subo a los montes: valles mortecinos, la llanura
nevada, nevada hasta el horizonte, nada preguntan
ni el tiempo encerrado en mudas ermitas,
ni las manos tendidas para pedir, o los caminos.
He llenado mi vida con un susurro en el silencio
sin límite
no sé ya hablar ni pensar: susurros
como el respirar del ciprés aquella noche,
como la voz humana del mar sobre las piedras
en la noche,
como el recuerdo de tu voz cuando decía "buena suerte".
Cierro los ojos en busca de la secreta confluencia
de las aguas
bajo el hielo, la sonrisa del mar, los pozos ciegos
palpando con mis venas las venas que me esquivan
allí donde acaban los nenúfares y el hombre
que camina ciego por la nieve del silencio.
He llenado mi vida, con él, en busca del agua que
te roza:
pesadas gotas en la hojas verdes, en tu rostro,
en el jardín desierto, en la taza inmóvil de la fuente,
acertando a un cisne muerto en su plumaje muerto,
árboles con vida y tu mirada inmóvil.
Este camino no termina, no cambia, aunque intentes
recordar los años de tu infancia, aquellos que se fueron,
aquellos que se hundieron en el sueño, en los sepulcros
de la mar,
aunque anheles que los cuerpos que has amado se reclinen
bajo las rígidas ramas de los plátanos, allí
donde se detuvo un rayo de sol desnudo
y un perro ha brincado y tu corazón se ha estremecido,
el camino no cambia; he llenado mi vida.
La mar en flor y las montañas bajo el menguante
de la luna
la enorme roca junto a los nopales y asfódelos
el canto que no quería secarse al fin de la jornada
y la hamaca plegada al pie de los cipreses y tus cabellos
de oro; las estrellas del Cisne y Aldebarán.
He llenado mi vida, la he llenado viajando
por arboledas otoñales a merced del azote de la lluvia
por laderas silenciosas cubiertas de hojas de haya,
ninguna fogata en las cumbres. Cae la tarde.
He llenado mi vida: en tu mano izquierda una línea,
una señal en tu rodilla, quizá subsistan
allí donde sopló el viento del norte mientras oigo
en torno al lago helado esta voz extraña.
Los rostros que veo no preguntan, tampoco la mujer
que inclinada pasa amamantando a su hijo.
Subo a los montes: valles mortecinos, la llanura
nevada, nevada hasta el horizonte, nada preguntan
ni el tiempo encerrado en mudas ermitas,
ni las manos tendidas para pedir, o los caminos.
He llenado mi vida con un susurro en el silencio
sin límite
no sé ya hablar ni pensar: susurros
como el respirar del ciprés aquella noche,
como la voz humana del mar sobre las piedras
en la noche,
como el recuerdo de tu voz cuando decía "buena suerte".
Cierro los ojos en busca de la secreta confluencia
de las aguas
bajo el hielo, la sonrisa del mar, los pozos ciegos
palpando con mis venas las venas que me esquivan
allí donde acaban los nenúfares y el hombre
que camina ciego por la nieve del silencio.
He llenado mi vida, con él, en busca del agua que
te roza:
pesadas gotas en la hojas verdes, en tu rostro,
en el jardín desierto, en la taza inmóvil de la fuente,
acertando a un cisne muerto en su plumaje muerto,
árboles con vida y tu mirada inmóvil.
Este camino no termina, no cambia, aunque intentes
recordar los años de tu infancia, aquellos que se fueron,
aquellos que se hundieron en el sueño, en los sepulcros
de la mar,
aunque anheles que los cuerpos que has amado se reclinen
bajo las rígidas ramas de los plátanos, allí
donde se detuvo un rayo de sol desnudo
y un perro ha brincado y tu corazón se ha estremecido,
el camino no cambia; he llenado mi vida.
La nieve
y el agua helada al paso de los caballos.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
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POESÍA COMPLETA,
SEFERIS
17.3.14
UNA PALABRA SOBRE EL VERANO, DE ESBOZOS PARA UN VERANO, DE SEFERIS
UNA PALABRA SOBRE EL VERANO
Hemos vuelto al otoño. El verano
como un cuaderno que nos cansamos de escribir
queda lleno de tachones, de trazos abstractos
en el margen, de interrogantes.
Hemos vuelto a la estación de los ojos que miran
al espejo a la luz de una bombilla,
labios apretados, gentes extrañas
en las alcobas, en las calles bajo los turbintos
mientras los faros de los coches atropellan
millares de máscaras pálidas.
Hemos vuelto. Siempre salimos para volver
a la soledad con un puñado de tierra en las manos vacías.
Sin embargo, una vez sentí cariño por la Avenida Singrú,
el doble tráfago de la gran calle
que prodigiosamente nos dejaba en el mar
perpetuo, para lavar nuestros pecados.
He sentido cariño por gentes desconocidas
que me encontraba de repente al despuntar el día,
hablando solas como capitanes de una flota hundida,
una prueba de lo grande que es el mundo.
Sin embargo, sentí cariño por estas calles, por estas
columnas
aunque nací en la otra orilla, junto a
juncos y cañas,
islas que tenían agua en la arena para saciar la sed
del remero, aun cuando nací junto al
mar que enredo y desenredo entre mis dedos
cuando estoy cansado - no sé ya dónde he nacido.
Queda aún el destello amarillo del verano
y tus manos rozando medusas en el agua,
tus ojos abiertos de improviso, los primeros
ojos del mundo, y las grutas marinas,
los pies descalzos en la arena roja.
Queda aún el rubio efebo de mármol del verano,
un poco de sal reseca en el hueco de una roca
unas pocas acículas de pino después del aguacero,
rojizas y dispersas como despojos de una red.
No entiendo esos rostros, no los entiendo
imitan a veces a la muerte y de nuevo brillan
luego con una vida rastrera de luciérnaga,
con un esfuerzo limitado, sin esperanza,
ahogado entre dos arrugas,
entre un par de veladores sucios de café,
se matan entre sí, empequeñecen,
se pegan como sellos a los cristales,
rostros de otra tribu.
Juntos hemos paseado, compartiendo el pan y el sueño,
hemos probado la misma amargura de la ausencia,
construido con las piedras que pudimos nuestras casas,
nos hemos embarcado, emigrado y hemos vuelto,
hemos encontrado a nuestras mujeres esperando,
apenas pudieron reconocernos y nadie nos conoce.
Los compañeros se mudaron en estatuas, se mudaron
en desnudas sillas vacías del otoño, los compañeros
han matado sus propios rostros: no los entiendo.
Queda aún el desierto amarillo del verano,
oleaje de arena en fuga hasta el último confín,
una cadencia de tambor implacable sin fin,
ojos abrasados hundiéndose en el sol,
manos que con gestos de pájaros dejan trazos en el cielo,
que saludan filas de muertos en posición de firmes,
perdidas en un punto que no distingo y me domina:
tus manos rozando la ola de la libertad.
Otoño de 1936.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
Hemos vuelto al otoño. El verano
como un cuaderno que nos cansamos de escribir
queda lleno de tachones, de trazos abstractos
en el margen, de interrogantes.
Hemos vuelto a la estación de los ojos que miran
al espejo a la luz de una bombilla,
labios apretados, gentes extrañas
en las alcobas, en las calles bajo los turbintos
mientras los faros de los coches atropellan
millares de máscaras pálidas.
Hemos vuelto. Siempre salimos para volver
a la soledad con un puñado de tierra en las manos vacías.
Sin embargo, una vez sentí cariño por la Avenida Singrú,
el doble tráfago de la gran calle
que prodigiosamente nos dejaba en el mar
perpetuo, para lavar nuestros pecados.
He sentido cariño por gentes desconocidas
que me encontraba de repente al despuntar el día,
hablando solas como capitanes de una flota hundida,
una prueba de lo grande que es el mundo.
Sin embargo, sentí cariño por estas calles, por estas
columnas
aunque nací en la otra orilla, junto a
juncos y cañas,
islas que tenían agua en la arena para saciar la sed
del remero, aun cuando nací junto al
mar que enredo y desenredo entre mis dedos
cuando estoy cansado - no sé ya dónde he nacido.
Queda aún el destello amarillo del verano
y tus manos rozando medusas en el agua,
tus ojos abiertos de improviso, los primeros
ojos del mundo, y las grutas marinas,
los pies descalzos en la arena roja.
Queda aún el rubio efebo de mármol del verano,
un poco de sal reseca en el hueco de una roca
unas pocas acículas de pino después del aguacero,
rojizas y dispersas como despojos de una red.
No entiendo esos rostros, no los entiendo
imitan a veces a la muerte y de nuevo brillan
luego con una vida rastrera de luciérnaga,
con un esfuerzo limitado, sin esperanza,
ahogado entre dos arrugas,
entre un par de veladores sucios de café,
se matan entre sí, empequeñecen,
se pegan como sellos a los cristales,
rostros de otra tribu.
Juntos hemos paseado, compartiendo el pan y el sueño,
hemos probado la misma amargura de la ausencia,
construido con las piedras que pudimos nuestras casas,
nos hemos embarcado, emigrado y hemos vuelto,
hemos encontrado a nuestras mujeres esperando,
apenas pudieron reconocernos y nadie nos conoce.
Los compañeros se mudaron en estatuas, se mudaron
en desnudas sillas vacías del otoño, los compañeros
han matado sus propios rostros: no los entiendo.
Queda aún el desierto amarillo del verano,
oleaje de arena en fuga hasta el último confín,
una cadencia de tambor implacable sin fin,
ojos abrasados hundiéndose en el sol,
manos que con gestos de pájaros dejan trazos en el cielo,
que saludan filas de muertos en posición de firmes,
perdidas en un punto que no distingo y me domina:
tus manos rozando la ola de la libertad.
Otoño de 1936.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
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