
En todas y cada una de mis visitas a San Sebastián sentía que faltaba algo... No lo encontraba paseando por las orillas del Urumea, ni en el ensanche, en la zona antigua, la Concha, Ondarreta o Zurriola; tampoco en las cimas del Igueldo o el Urgull... Pero el otro día, gracias a mi trabajo, di con lo que buscaba (aunque ya sabía de su existencia): la ensenada de Pasajes. Sin ella, San Sebastián era un abominable monstruo de perfección; un imposible doctor Jekill sin Mr. Hyde... Aunque quizá sería mejor hablar de la cara y la cruz de la misma moneda, porque el descubrimiento resultó bien agradable.