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28.2.14

EL VIEJO, DE CUADERNO DE EJERCICIOS I, DE SEFERIS

EL VIEJO

Pasaron tantos rebaños, tantos pobres
y ricos caballeros, otros
de lejanas aldeas habían pasado
la noche en las cunetas del camino,
encendieron fogatas por los lobos,
¿ves la ceniza? Negruzcas cicatrices circulares.
Está cubierto de señales como el camino.
En el pozo seco, más arriba, tiraban a los perros
rabiosos, no tiene ojos, está cubierto
de señales y es delgado. Sopla el viento;
nada percibe y sabe todo,
vaina vacía de cigarra en un tronco hueco,
no tiene ojos, ni siquiera en las manos, conoce
la aurora y el crepúsculo, conoce las estrellas,
no se nutre de sangre ajena ni es un muerto,
no tiene abolengo, no va a morir
tal como es lo olvidarán, ni siquiera es abuelo.
Las uñas gastadas de sus dedos
van trazando cruces en los recuerdos podridos
mientras sopla revuelto el viento. Nieva.

He visto la escarcha en los rostros,
he visto los labios empapados, las lágrimas heladas
en el rabillo del ojo, he visto el rictus
de fatiga en las aletas de su nariz y el esfuerzo
en las raíces de la mano, he visto acabarse el cuerpo.
No está sola esta sombra ligada
a una vara seca inflexible,
no se inclina para echarse, no puede;
el sueño vendría a esparcer sus articulaciones
entre los niños para jugar.
Como si fuera señor de ramas muertas
que se quiebran cuando anochece y se desata
el viento en los valles,
como si fuera señor de las sombras de los hombres
no del hombre en la sombra
que sólo escucha la voz susurrante
de la tierra y del mar allí donde se funden
con la voz del destino. Se detiene en la orilla,
de pie entre amasijos de huesos
y montones de hojas secas:
jaula vacía a la espera
de la hora del fuego.


Drénovo, febrero 1937.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

27.2.14

AL MODO DE Y. S., DE CUADERNO DE EJERCICIOS I, DE SEFERIS

AL MODO DE Y. S.

Dondequiera que viaje Grecia me duele.

En el Pelión entre castaños la túnica del Centauro
se escurría entre las hojas envolviendo mi cuerpo
mientras subía la pendiente y me seguía el mar
subiendo él también como el mercurio de un termómetro
hasta que dimos con las aguas de la montaña.
Palpando en Santorín islas que naufragaban
mientras oía tañer un caramillo en algún punto de los
     roquedales de pómez
un dardo lanzado súbitamente
de los confines de una juventud eclipsada
dejó clavada mi mano en la borda.
En Micenas levanté piedras ciclópeas y los tesoros de
     los Átridas
y me acosté con ellos en el albergue de "La Belle Hélène 
     de Ménélas".
desaparecieron sólo al alba cuando gritó Casandra
con un gallo colgado de su cuello negro.
En Speches en Poros en Miconos
me atormentaron las barcarolas.

¿Qué pretenden todos esos que dicen
encontrarse en Atenas o en el Pireo?
Uno viene de Salamina y pregunta a otro si "viene de
     Omonia".
"No, vengo de Síndagma" -responde satisfecho-
"me encontré a Yanis y me convidó a un helado".
Entretanto Grecia sigue su viaje.
No sabemos nada, no sabemos que todos somos marineros
     en tierra,
no conocemos la amargura del puerto cuando zarpan
     todos los barcos.
Nos reímos de aquellos que la sienten.
Curiosa gente que dice encontrarse en el Ática y no
     está en ninguna parte:
compran peladillas para sus bodas
tienen "crecepelos", se hacen fotografías,
como el hombre que he visto hoy sentado ante un fondo
     con flores y pichones,
dejaba que la mano del viejo fotógrafo le alisara las
     arrugas
que habían dejado en su rostro
todas las aves del cielo.

Entretanto Grecia sigue su viaje, su viaje sin cesar
y si "vemos florecer de cadáveres el Egeo",
son aquellos que quisieron ganar a nado el gran barco,
aquellos que se hartaron de aguardar los barcos que no
     zarpan
el Elsa, el Samotracia, el Ambrácico.
Silban los barcos ahora que cae la tarde en el Pireo,
silban sin cesar, silban, pero ningún cabrestante se
     pone en marcha
ninguna cadena brilla empapada con la última luz que
     muere,
el capitán está petrificado en blanco y oro.

Dondequiera que viaje Grecia me duele:
un telón de montañas, archipiélagos, granito desnudo...
El barco en el que viajo se llama Agonía 937.

A bordo de la motonave Aulide en espera
de zarpar. Verano de 1936.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la peña

26.2.14

SIROCO 7 LEVANTE, DE CUADERNO DE EJERCICIOS I, DE SEFERIS

SIROCO 7 LEVANTE

A D. I. Andoníu.

Contingencias que mudaron nuestra forma
más hondas que el pensamiento, más todavía
nuestras como la sangre, más todavía
se hundieron en el ardor del mediodía
tras de la arboladura.

Entre cadenas y órdenes
nadie se acuerda.

El resto de los días, el resto de las noches:
cuerpos, fatiga y placer,
la amargura de la desnudez humana hecha pedazos
más tirada aún que lentiscos en calles polvorientas,
tanta seducción y tantos símbolos
en el último ramaje:
a la sombra del gran barco
el recuerdo es sombra.

No nos pertenecen las manos que nos rozaron, sólo
con más profundidad -cuando ensombrecen las rosas-
una cadencia a la sombra de una montaña: chicharras,
humedece nuestro silencio en la noche
en busca del sueño de la mar
deslizándose hacia el sueño de la mar.

A la sombra del gran barco
cuando silbó el cabrestante
abandoné la ternura a los prestamistas.

Pelión, 19 de agosto de 1935.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

25.2.14

DESCRIPCIÓN, DE CUADERNO DE EJERCICIOS I, DE SEFERIS

DESCRIPCIÓN

Ella se acerca con la mirada empañada. Aquella mano
     cincelada
la mano que empuñó el timón
la mano que empuñó la pluma
la mano que se tendió al viento,
todo amenaza su silencio.

Desde los pinos al mar corre un murmullo
juega con el soplo modesto del viento
y las dos simplégades negras lo refrenan.
¡Abrí mi corazón y recobré el aliento!
En el mar se estremecía la piel dorada.
Suyo el color, el temblor y la piel
suyas las sierras en el horizonte de la palma de mi mano.
Abrí mi corazón
lleno de imágenes que se apagaron ya, la semilla de
     Proteo.

Aquí contemplé la luna,
tinta en sangre
de la joven loba.

Speches, agosto 1934.



Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

24.2.14

HUIDA, DE CUADERNO DE EJERCICIOS I, DE SEFERIS

HUIDA

No era diferente nuestro amor
escapaba volvía otra vez y nos traía
un guiño de muy lejos
una sonrisa hecha piedra, perdida
en un prado matinal
una extraña caracola que con tesón
nuestra alma intentaba descifrar.

Nuestro amor no era diferente, iba a tientas
despacio entre lo que nos envolvía
para explicar por qué nos resistimos a morir
con tanto sufrimiento.

Aunque nos tomamos del talle, aunque abrazamos
con toda nuestra fuerza otros cuellos,
aunque fundimos nuestro aliento con el aliento
de aquella persona,
aunque cerramos nuestros ojos, no era diferente
tan sólo esta tristeza más honda de asirnos
en la huida.



Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

23.2.14

DE CUADERNO DE EJERCICIOS I, DE SEFERIS

A este cuerpo que esperaba florecer como el esqueje
y dar futo y tornarse flauta con los fríos
lo hundió la fantasía en un enjambre zumbón
para que pase y lo atormente la música del tiempo.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la peña

22.2.14

DIECISÉIS HAI-KU, DE CUADERNO DE EJERCICIOS I, DE SEFERIS

Este instante...
Marco Aurelio.

I

Vierte en el lago
sólo una gota de vino
y el sol se extinguirá.



II

Ni un solo trébol
de cuatro hojas en el campo
¿quién falla de los tres?



III

Sillas vacías,
las estatuas volvieron
a otro museo.



IV

¿Es la voz
de nuestros amigos muertos
o un fonógrafo?



V

Sus dedos
en el pañuelo verde mar,
míralos: corales.



VI

La más grave 
preocupación,
su busto en el espejo.



VII

Volví a llevar
la fronda del árbol
y tú balabas.



VIII

En la noche, el viento
la distancia se ensancha
y flota al viento.



IX

JOVEN PARCA

Mujer desnuda
la granada que se ha abierto
estaba llena de estrellas.



X

Recojo ahora
una mariposa muerta
sin maquillaje.



XI

Dónde reunir
los mil pedazos
de cada persona.



XII

TRAZO ESTÉRIL

¿Qué le pasa al timón?
La barca describe círculos
y ni una sola gaviota.



XIII

ERINIS ENFERMA

No tiene ojos
las serpientes que sostenía
le devoran las manos.



XIV

Esta columna
tiene un agujero,
¿ves a Perséfone?



XV

Se hunde el mundo
guárdate, te dejará
solo en el sol.



XVI

Estás escribiendo;
la tinta ha mermado
la mar crece.



Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

21.2.14

SOBRE UN VERSO EXTRANJERO, DE ENTREGAS, DE CUADERNO DE EJERCICIOS I, DE SEFERIS

SOBRE UN VERSO EXTRANJERO

A Eli, Navidad de 1931.

Dichoso quien hizo el viaje de Odiseo.
Dichoso si al marchar sintió firme la coraza de un amor
     extendida por su cuerpo, como las venas donde
     bulle la sangre.

De un amor con cadencia sin fin, invencible como la
     música y eterno
porque nació cuando nacimos y cuando nos muramos, si es
     que muere, ni nosotros ni nadie lo sabe.

Pido a Dios que me ayude a decir, en un momento de gran
     felicidad, cuál es este amor:
me siento a veces rodeado del exilio y escucho su lejano
     bramido como el fragor del mar mezclado con la
     borrasca inexplicable.

Una y otra vez surge ante mí el fantasma de Odiseo, con
     los ojos arrasados por la sal de las olas
y por el deseo maduro de ver de nuevo el humo que brota
     del hogar de su morada y su perro ya viejo
     aguardándole a la puerta.

Inmenso él, se detiene musitando tras sus barbas encanecidas
     palabras en nuestra lengua, como la hablaban
     hace tres mil años.
Extiende una mano encallecida por las jarcias y el timón,
     con la piel curtida por el cierzo, la canícula
     y las nieves.

Parece querer arrojar de nosotros mismos al Cíclope
     sobrehumano que mira por un único ojo, a las sirenas
     que te imponen el olvido, si las escuchas,
     a Escila y Caribdis:
a tantos monstruos extraños que nos impiden pensar que
     también él fue un hombre que luchó en el mundo
     en cuerpo y alma.

Es el gran Odiseo: aquel que sugirió construir el caballo
     de madera con el que los aqueos conquistaron
     Troya.
Sueño que viene a enseñarme cómo construir yo un caballo
     de madera con el que conquistar mi propia Troya.

Habla quedo y tranquilo, sin esfuerzo, parece conocerme
     como un padre
o como uno de esos viejos marineros que apoyados en sus
     redes -cuando había tormenta y bramaba el viento-
me decían, en mis años infantiles, la canción de Erotócrito
     con lágrimas en los ojos
-temblaba yo en medio de mi sueño al escuchar la triste
     suerte de Areti al bajar los peldaños de mármol.

Me dice el penoso esfuerzo de sentir las velas de tu
     nave henchidas de nostalgia y de tu alma 
     convertida en timón.
Y también que estás solo, inmerso en la tiniebla de la
     noche y a la deriva como la parva de la era.

La amargura de ver naufragar a los amigos entre los
     elementos dispersos: uno a uno.
Y qué vigor extraño sientes al hablar con los muertos
     cuando los vivos que quedaron ya no bastan.

Habla... aún veo sus manos que sabían comprobar si estaba
     bien tallado, a proa el mascarón
que me den un sereno mar azul en el corazón del invierno.



Yorgos Seferis/ Pedro Badenas de la peña

AVENIDA SINGRÚ 1930, DE ENTREGAS, DE CUADERNO DE EJERCICIOS I, DE SEFERIS

AVENIDA SINGRÚ, 1930

A Yorgos Ceotocás que la descubrió.

Cuando te venza
la sonrisa que a tu lado suspira, que intenta someterse
     y se resiste

cuando el vértigo que te quedaba de navegar en los libros
     despegue de tu cerebro entre los turbintos a un lado
     y otro de la calle

cuando dejes el barco petrificado que viaja hacia el abismo
     con el velamen destrozado,
el arco con sus tonos dorados,
las columnas con su sentido que las empequeñece

cuando dejes los cuerpos tallados adrede para contar y
     atesorar riquezas,
el alma que hagas lo que hagas no puede igualar con
     la tuya
la mano del tributo
aquel rostro delicado de mujer en la mecedora brillando
     al sol

cuando dejes que tu corazón y tu pesar se vuelvan
     uno solo
con el caudal moreno que yerto yace indiferente y huye:

¡Rompe el hilo de Ariadna y mira!:
El cuerpo azul de la gorgona.



Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

19.2.14

PADUM, DE ENTREGAS, DE CUADERNO DE EJERCICIOS I, DE SEFERIS

PADUM

Contienen las estrellas un universo propio
arrastran por la mar fuego los barcos
libérate, alma mía, del cepo de la tiniebla,
alma amarga, abrasada, a la que se reza con unción.

Arrastran por la mar fuego los barcos
se cierra la noche y permanece extraña,
noche amarga, abrasada, a la que se reza con unción.
sabes, alma mía, qué ley es la que te ata.

Se cierra la noche y permanece extraña
se apagaron las luces en la seda negra
sabes, alma mía, qué ley es la que te ata
y te quedará y te dejará.

Se apagaron las luces en la seda negra
tan solo se escuchan los sistros del tiempo:
y qué te quedará y qué te dejará
si por ventura la muda tronera vomita un fogonazo.

Tan sólo se escuchan los sistros del tiempo
columna de metal en el filo del dolor
si por ventura la muda troneravomita un fogonazo
no hallarás un solo sueño que te conceda una lágrima.

Columna de metal en el filo del dolor
el instante se alza como un cuchillo suspendido en el aire
no hallarás un solo sueño que te conceda una lágrima
en tu masa inmaterial que oprime como una serpiente.

El instante se alza como un cuchillo suspendido en el aire,
¿qué aguarda la calma para caer?
en tu masa inmaterial, que oprime como una serpiente
no existe cielo ni alegría angélica.

¿Qué aguarda la calma para caer?
Para gentes encerradas midiendo su pena
no existe cielo ni alegría angélica,
contienen las estrellas un universo propio.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

18.2.14

CARTA DE MATÍAS PASCAL, DE ENTREGAS, DE CUADERNO DE EJERCICIOS I, DE SEFERIS

CARTA DE MATÍAS PASCAL

Los rascacielos de Nueva York no conocerán jamás
     el rocío que cae en Kifisiá
pero las dos chimeneas que me gustaban en el extranjero,
     detrás de los credros, vuelven otra vez
cuando veo los dos cipreses asomar por encima de la 
     iglesia que tú sabes
y que tiene pintados unos condenados tostándose en el
     fuego y en el hollín.

Durante todo marzo el reúma machacó tu gentil figura
     y en verano tuviste que ir a Edipsós.
Cómo pelea, dioses, la vida por seguir adelante, como
     un río crecido por el ojo de una aguja.
Hasta de noche cerrada sigue el calor, las estrellas
     despiden mosquitos, bebo ácidas gaseosas y
     sigo con sed;
luna y cine, fantasmas y un viejo fondeadero agobiante.

Verina, la vida nos volvió yermos, también los cielos 
     del Ática y los intelectuales que trepan por
     su propia cabeza
y los paisajes que terminaron por adoptar extrañas poses
     a causa del hambre y la sequía,
como los jóvenes que con toda su alma se han empeñado 
     en llevar monóculo,
como esas muchachas, girasoles que entornan su corola
     por semejarse a lirios.

Discurren despacio mis días; mis propios días transcurren
     entre relojes y llevan a remolque el minutero.
Recuerda cuando esquivamos jadeantes las callejas
     para que no nos destriparan los faros de los 
     coches.
Pensar en el mundo de fuera nos cercaba y aprisionaba
     como una red
y huíamos con un cuchillo escondido dentro de nosotros
     mientras decías "Harmodio y Aristogitón".

Inclina la cabeza para verte, mas aunque te viera buscaría
     contemplarte más allá.
¿Qué vale un hombre, qué quiere y cómo va a justificar
     su existencia el día del Juicio Final?
¡Ay! si me hallara a toda vela en el océano Pacífico
     a solas con la mar y con el viento
solo y sin radio ni fuerza pata luchar contra los
     elementos.

Cokinarás, 5 de agosto de 1928.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña