
En ocasiones, y por unos instantes, la felicidad circula por nuestra sangre empujada por alguna agradable sensación. En Laredo he tenido la suerte de sentirme dichoso en la brisa fresca, en la luz brillante pero todavía suave, y en los aromas de la playa. Y lo que siempre me pareció bien de ese lugar, hoy me pareció aún mejor.
Fuimos por el paseo marítimo, compañados por el aroma a vainilla de unas plantas de las dunas que no logramos identificar. La vuelta la hicimos por la parte húmeda de la playa, donde la arena es algo más firme. No creíamos haber caminado tanto al ir. Apenas sentíamos que avanzábamos en aquella inmensidad cegadora.
Laredo nació en un momento en el que todavía era un lujo ir de vacaciones a la playa, y más aún poseer una segunda vivienda. Por este motivo, su trazado, su densidad, y la mayor parte de los edificios que se construyeron en la barra, son de una calidad muy superior a la que predominaría más tarde, y hasta 2008, en otros municipios costeros.

