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11.3.23

MAPA DEL RELIEVE DE CHIPRE, Y HELENA, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

En el cielo está el sol, y junto a él, la memoria inmarcesible de la Grecia clásica, que nos ha fascinado siempre a muchos de los europeos no mediterráneos:

 

HELENA


Teucro:  ... hacia la marinera Chipre, donde el oráculo
de Apolo me predijo que fundaría  una
ciudad con el isleño nombre de Salamina,
en recuerdo de mi lejana patria.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Helena: Yo nunca fui a Troya, sólo estuvo mi sombra.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Mensajero: ¿Qué dices? ¿Sólo por una sombra tanto
hemos padecido?

Eurípides, Helena.

 "No te dejan en Platres dormir los ruiseñores".

Pudoroso ruiseñor, tú, que en el sosiego de las hojas
brindas el alivio melodioso del bosque
a los cuerpos separados y a las almas
de los que saben que ya no volverán.
Voz ciega, que palpas en la noche del recuerdo
pasos y gestos, no me atrevería a decir besos;
amarga turbación de la esclava exasperada.

"No te dejan en Platres dormir los ruiseñores".

¿Qué es Platres? ¿Quién conoce esta isla?
Me he pasado la vida oyendo nombres desconocidos:
nuevos lugares, nuevas locuras de hombres
o de dioses.
Mi suerte, que oscila
entre la cuchillada postrera de un Áyax
y una nueva Salamina,
me ha traído aquí, a esta playa.
La luna
ha surgido del mar como Afrodita:
ha eclipsado las estrellas de Sagitario, apunta ahora
al corazón de Escorpio y todo lo transforma.
¿Dónde está la verdad?
Yo también fui un arquero en la guerra;
mi destino, el de un hombre que erró el tiro.

Ruiseñor cantarín,
una noche así, en las orillas de Proteo,
las cautivas espartanas te escucharon y alzaron su lamento,
entre ellas -¿quién lo diría?- ¡Helena!
La que tantos años perseguimos en el Escamandro.
Allí estaba, a las puertas del desierto. Pude tocarla,
     me habló:
"No es verdad, no es verdad", gritaba.
"No embarqué en la nave de azulada proa.
Jamás pisé la valerosa Troya".

Con su ceñido talle, el sol en sus cabellos y su porte,
todo sombras y sonrisas
en sus hombros, en sus muslos, en sus rodillas:
su piel radiante y sus ojos
de largas pestañas,
allí estaba, a la orilla de un delta.
¿Y en Troya?
En Troya, nada -una ficción.
Así lo querían los dioses.
Y Paris yacía con una sombra como si fuera una criatura
     viva.
¡Y por Helena estuvimos degollándonos diez años!
Un inmenso dolor se abatió sobre Grecia.
Tantos cuerpos arrojados
a las fauces del mar, a las fauces de la Tierra;
tantas almas entregadas a las muelas como el trigo en
     el molino.
Los ríos se crecían con la sangre en el légamo
por un ondear de lino, por una nube,
tremular de una mariposa, plumón de cisne,
por una túnica vacía, por una Helena.
¿Y mi hermano?
Ruiseñor, ruiseñor, ruiseñor,
¿qué es dios? ¿qué no es? ¿qué hay entre lo uno y lo otro?

"No te dejan en Platres dormir los ruiseñores".

Triste avecilla,
en Chipre besada por la mar,
que me evoca, así lo quiso el destino, la patria,
he fondeado yo solo con esta fábula,
si es verdad que es una fábula,
si es verdad que los hombres no caerán más
en la vieja trampa de los dioses;
si es verdad
que otro Teucro, al cabo de los años,
o un Áyax o un Príamo o una Hécuba
o un desconocido sin nombre, que sin embargo
ha visto desbordarse de cadáveres un Escamandro,
no está destinado a escuchar
mensajeros que vengan a decirle
que tanto dolor y tantas vidas
se fueron al abismo
por una túnica vacía, por una Helena.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña


 Mapa encontrado aquí.

15.5.14

LOS GATOS DE SAN NICOLÁS, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

LOS GATOS DE SAN NICOLÁS

No obstante sin la lira entona
el canto fúnebre de la Erinis
espontáneo y profundo
el sentimiento, ausente
por entero el caro valor de la esperanza

Esquilo, Agamenón.

"Ahí se divisa el Cabo de Gata..." -me dijo el capitán
señalando una costa baja en medio de la bruma,
una orilla vacía el día de Navidad-
"... y a lo largo, hacia Poniente, las olas engendraron
     a Afrodita;
al lugar lo llaman Roca del Griego.
¡Tres cuartas a babor!"
La gata que perdí el año pasado tenía los ojos de Salomé
y cómo miraba Ramasán de frente a la muerte,
días enteros en medio de la nieve de Anatolia
bajo el sol helado,
de frente días enteros, el pequeño genio del hogar.
No te detengas viajero.
"Tres cuartas a babor", murmuraba el timonel.
... tal vez mi amigo haría una pequeña escala
en tierra ahora
encerrado en una choza con iconos,
buscando unas ventanas tras los cuadros.
Sonó la campana del barco
como la moneda de una ciudad desaparecida
y su sonido al caer reavivó
la caridad de pasadas limosnas.

"Qué extraño -repuso el capitán-
"Esta campana, un día como hoy,
me ha recordado aquella otra, la del monasterio.
Me contó la historia de un monje,
medio loco y soñador.

"En tiempos de la gran sequía
-cuarenta años sin llover-
la isla entera se volvió un desierto:
las gentes moría y nacían serpientes.
Millones de serpientes en este promontorio,
gruesas como piernas de un hombre
y venenosas.
Monjes de San Basilio
regentaban entonces el monasterio de San Nicolás
y no podía trabajar los campos
ni sacar los rebaños a pacer;
los gatos que criaban los salvaron.
Cada amanecer sonaba la campana
y en masa salían a la lucha.
Peleaban todo el día hasta la hora
en que tocaban a la colación de la tarde.
Tras la cena, de nuevo la campana,
y salían al combate de la noche.
Asombraba, cuentan, verlos
uno cojo, otro tuerto, otro sin hocico
o desorejado, el pellejo hecho jirones.
Así, con cuatro toques cada día
pasaron meses, años, tiempo y más tiempo.
Ferozmente tenaces y siempre heridos
aniquilaron a las serpientes, pero al final
también ellos perecieron, incapaces de resistir tanto veneno.
Como un barco recién hundido
nada dejaron en la espuma
ni maullidos, ni toque de campana.
¡Avante toda!
¿Qué iban a hacer los desdichados?
peleando y bebiendo día y noche
sangre emponzoñada de serpientes?
Siglos de veneno; generaciones de veneno".
"¡Avante toda!", repitió indiferente el timonel.

Miércoles, 5 febrero 1969.

13.5.14

ÉNGOMI, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

ÉNGOMI

Amplia era y vasta la llanura: de lejos se apreciaba
el trasiego de manos excavando.
Nutridas volutas de nubes en el cielo, de vez en cuando,
una trompeta rosa y dorada: el crepúsculo.
por la yerba rala y los espinos se esparcen
tenues hálitos de las últimas lluvias; había llovido
más allá de las cumbres que se teñían de color.

Me encaminé hacia las gentes que trabajaban,
hombres y mujeres con picos por las zanjas.
Era una ciudad antigua: sacaban a la luz
murallas, calles y casas como músculos minerales de
     Cíclopes,
anatomía de un vigor consumido bajo la mirada
del arqueólogo, del anestesista, o del cirujano.
Fantasmas y paños, sensualidad y labios, consumidos
y los cortinajes del dolor descorridos de par en par
dejando ver desnuda e impasible la tumba.
Levanté la vista hacia las gentes que trabajaban,
hacia los hombros tensos y los brazos que picaban
con un ritmo grave y rápido aquel silencio de muerte
como si pasara entre las ruinas la rueda del destino.

De pronto yo caminaba y no caminaba
miraba los pájaros volar y eran de piedra
miraba el aire del cielo y era opaco
miraba los cuerpos bregar y estaban quietos
y enmedio de todos ellos ganaba la luz una figura.
Los negros cabellos se derramaban por su cuello, las cejas
poseían el aleteo de la golondrina, voluptuosa
sobre sus labios la nariz y el cuerpo
surgía desnudo de la brega
con los senos inmaduros de una virgen,
una danza sin movimiento.
 
Bajé la mirada hacia mi entorno:
muchachas amasando y la masa no tocaban
mujeres hilando y los husos no giraban
corderos abrevando y su lengua detenida
sobre las aguas verdes que parecían dormidas
y el pastor quieto con su cayado en suspenso.
Volví a mirar aquel cuerpo que emergía;
muchos se habían apiñado, como hormigas,
con palos la daban sin herirla.
Su vientre brillaba ahora como la luna
y hubiera creído que el cielo era la matriz
que la engendró y volvía a recobrarla: madre y criatura.
Sus pies eran aún de mármol
y se desvanecieron: una asunción.
El mundo
volvió a ser como era, nuestro,
hecho de tiempo y de tierra.
Aromas de lentisco
empezaron a surgir de las viejas vertientes del recuerdo,
de pronto, todo aridez en la extensión de la llanura,
en la desolación de la piedra, en el vigor devorado,
en el lugar vacío con yerba rala y espinos
donde indolente se deslizaba una serpiente,
donde gastan mucho tiempo para morir.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

EURÍPIDES EL ATENIENSE, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

EURÍPIDES EL ATENIENSE

Envejeció entre las llamas de Troya
y en las canteras de Sicilia.

Gustaba de las grutas en la playa y de los paisajes del mar.
Vio las venas de los hombres
como una red donde los dioses nos atrapan como a alimañas;
intentó romperla

Era hosco y escasos fueron sus amigos;
llegó la hora y los perros lo despedazaron.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

12.5.14

SALAMINA DE CHIPRE, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

SALAMINA DE CHIPRE


... y Salamina, de la que ahora la madre
patria es causa de estos lamentos.

Esquilo, Persas.

Ora el sol de mediodía, ora rachas de lluvia fina
y la playa cubierta de fragmentos de tinajas antiguas.
Unas columnas insignificantes: sólo San Epifanio
trasluce apagadamente el vigor ya consumido del opulento
     imperio.

Cuerpos juveniles han pasado por aquí, enamorados;
latidos en sus pechos, conchas rosáceas y tobillos
en intrépida carrera sobre las aguas
y brazos abiertos para unir su pasión.
El Señor sobre la inmensidad de las aguas
en este tránsito.

Oí entonces pasos en los guijarros.
No vi a nadie, cuando me volví se habían esfumado.
Sin embargo, la voz, grave como la pisada de un buey,
persistía allí en las venas del cielo, al arrullo de la mar
entre guijarros una y otra vez:

"La tierra no tiene agarraderas
para echársela al hombro y huir
no se puede, por más sed que se tenga,
endulzar el mar con medio vaso de agua.
Y estos cuerpos,
modelados con una tierra que ignoran,
tienen almas,
Acopian herramientas para cambiar las almas,
no podrán, lograrán sólo deshacerlas
si es que las almas dejan de existir.
No tarda en granar la espiga,
no requiere mucho tiempo
para hincharse de amargor la levadura,
no requiere mucho tiempo
para levantar cabeza el mal
y el alma enferma que va quedándose vacía
no requiere mucho tiempo
para colmarse de locura,
existe una isla..."


Amigos de la otra guerra,
en esta solitaria playa nublada
os pienso mientras transcurre el día.
Aquellos que cayeron en combate y aquellos que cayeron
     años después de la batalla,
aquellos que vieron amanecer entre la escarcha de la
     muerte
o entre la soledad cruel bajo las estrellas,
sienten sobre sí la inmensa mirada azul
de la ruina total
e incluso aquellos que rezaban
cuando el acero ardiente aserraba las naves:
"Ayúdanos, Señor, a recordar
cómo sobrevino esta matanza,
la rapiña, el engaño, el egoísmo,
el amor agostado;
ayúdanos, Señor, a erradicar eso..."

- Ahora, entre estos guijarros, mejor olvidar todo;
no sirve hablar:
¿quién podrá mudar el designio de los poderosos?
¿quién podrá hacerse oír?
Cada uno sueña para sí y no tiene oídos para la pesadilla ajena.

- Sí; sin embargo el mensajero corre
y por muy largo que sea el camino siempre traerá
a los que traten de encadenar el Helesponto
la nueva atroz de Salamina.

Voz del Señor sobre las aguas.
Existe una isla.

Salamina, Chipre, noviembre '53.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la peña

RECUERDO, II, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

RECUERDO, II

Éfeso

Hablaba sentado en un mármol
que parecía vestigio de un antiguo pórtico;
a derecha, interminable y desierta la llanura,
a izquierda, las sombras del monte que bajaban:
"En cualquier parte está el poema. Tu voz
en ocasiones llega a la altura de tu costado
como el delfín que brevemente acompaña
a un balandro dorado bajo el sol
y de nuevo desaparece. En cualquier parte está el poema,
como las alas del viento que en el viento
rozaron por un instante las alas de la gaviota.
Lo mismo y distinto es nuestra vida, cómo se transforma
el rostro de una mujer desnuda
sin dejar de ser el mismo. lo sabe
quien ha amado. El mundo se consume
a la luz de los demás, pero recuerda:
Hades y Dioniso son lo mismo".
Dijo y tomó el ancho camino
que va a puertos de otros tiempos, sumergidos ahora
más allá de los juncos. El crepúsculo
parece que existiera para la muerte de un ser,
tan desnudo.
Aún me acuerdo
viajaba él por promontorios de Jonia, por cáveas
     desiertas de teatros
donde sólo la lagartija repta por la piedra árida,
y yo le pregunté: "¿Volverán a llenarse alguna vez?"
Y me respondió: "Puede, en el momento de la muerte".
Y corrió gritando hacia la orquesta:
"¡Dejad que oiga a mi hermano!"
Sordo era el silencio en torno nuestro
y sin el menor rastro en el cristal del cielo azul.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

11.5.14

HABLA NEÓFITO "ENCLISTO", DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

HABLA NEÓFITO "ENCLISTO"

... en cuanto al emperador isaac, lo encierra
en un castillo llamado Macarpo. Mientras
el fementido no hizo nada contra su igual
Saladino, esto fue lo que hizo: vender el país
a los latinos por doscientas mil libras de oro.
Por eso hubo muchos gritos de lamento e
insoportable se hizo el humo, como se ha
dicho antes, que vino del norte...

Neófito "Enclisto".

Sobre las calamidades de la tierra de Chipre.

Impresionante arquitectura de San Hilarión, Famagusta,
     Bufavento, casi un decorado.
Estábamos habituados a imaginarlo de otro modo el "Christus 
     vincit"

que a veces veíamos en las murallas de Constantinopla,
     devoradas por zarzas y maleza,
con grandes torreones derribados por tierra como dados
     que un forzado perdedor a suerte echara.

Otra cosa era para nosotros la guerra por la fe cristiana
y por el alma de los hombres acogida al amparo de la
     Invicta Capitana,

que en sus ojos de mosaico tenía aquella angustia de la
     Grecidad,
la angustia de aquel mar cuando halló un contrapeso
     de bondad.

Sigan los lusignan representando ahora el melodrama en
     el escenario de las Cruzadas
y que revienten apestados por el humo que nos trajeron 
     del norte.

Deja que se devoren y el viento los azote como al galeote
     que recoge las jarcias.
En buena hora nos vinísteis a Chipre, Señores. ¡Cabrones
     y monos!

Enclista, 21 noviembre '53



Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

9.5.14

TRES MULAS, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

TRES MULAS

Y cabalgó la reina en la mula prodigiosa de
su marido, el rey Pierre, de nombre Margarita,
y montaba a mujeriegas en la mula prodigiosa
y mandó a su escudero, de nombre Putsurello,
que tuviera él los estribos y, cuando se lo ordenara, 
le moviera la pierna para sentarse a la jineta...

Crónica de Majerás.

En Damasco, una noche desvelado
se me apareció el paso de Ummul Haram,
de la estirpe venerable del Profeta.
Como dinares de plata oía yo las herraduras
y ella, a lomos de su mula parecía cruzar
las colinas de sal hacia Larnaca.
Aguardé apostado en el húmedo ramaje
mientras el fruto mordía del arrayán,
punzaba mis ojos una blancura
quizá de sal, quizá de su fantasma. Y entonces,
un susurro en los arbustos:
"Aquí fue
donde mi bestia se escurrió. Esta piedra
me quebró el resplandeciente cuello
y entregué mi alma triunfante.
De voluntad divina iba yo llena;
no resiste una mula carga así;
no lo olvides y no por ello la reprendas".

Así habló y desapareció. Sin embargo, aún hoy
su mula pace de continuo en mi recuerdo,
como también aquella otra cuyo corazón se detuvo
cuando la descargaron de los dos ataúdes
de los dos hermanos a traición degollados
allí por el verdugo de Bufavento.

Mas, ¿cómo hablar de tan famosa mula? En el lugar
donde cuantos vivían al pie de los castillos
olvidados están como tierra de otro tiempo,
ella sigue volando en alas de la fama:
la ilustre acémila de la reina Leonora.
Los estribos de oro en sus ijares,
sus carnes insaciables en la silla,
aquellos pechos trémulos en su trote,
llenos, como granadas, de muerte.
Y cuando napolitanos, genoveses y lombardos
trajeron a la real mesa
en bandeja de plata, ensangrentada
del rey asesinado la camisa
y se desembarazaron del desdichado Juan,
presumo que relincharía aquella noche,
al margen de la indiferencia de su especie,
igual que aúlla el perro,
enjaezada, con gualdrapas de oro, en el establo,
la mula Margarita.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

8.5.14

COMERCIANTE DE SIDÓN, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

COMERCIANTE DE SIDÓN

Pronto conocerás al hijo de Cipris, la de
hermoso talle, y de Hermes.

Cristodoro, Écfrasis.

El nuevo comerciante ha llegado de Sidón
sin temer al irritable Posidón.

Negros como un cuervo son sus bucles, de púrpura su túnica,
prendida al hombro con fíbula de oro; aromas

exhala y afeites cada pliegue de su cuerpo.
A Chipre arribó por la marina puerta de Amojosto

y ahora disfruta por las callejas de Nicosia soleada.
una niña turca en el patio y una enredadera se estremece

cuando sus dedos de nácar la van podando.
Él ha cruzado el río de sol como un barquero divino,

como un sueño susurrando el cantar Rosas en tu pañuelo,
Se diría que el granate de sus labios buscaba las 
     sandalias de Zeus.

Siguió caminando y fue a sentarse junto a un pilar gótico
donde el león de San Marcos, con mirada absorta, hacía
     presa

en un pastor dormido que olía a cabra y a sudor.
Se acomodó y se dispuso a admirar la terracota que sacó de
     su regazo:

un desnudo que ambiguo oscilaba en el lecho salmácida
entre el cóncavo Hermes y la convexa Afrodita.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

7.5.14

EN LAS AFUERAS DE KIRENIA, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

EN LAS AFUERAS DE KIRENIA

(Borrador de un idilio).


But I'm dying and done for
What on earth was all the fun for?
For God's sake keep that sunlight out of sight.

John Betjeman.


Homer's world, not ours.

W. H. Auden.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
-Le envié un telegrama con flores.
-¿Whisky o Gin?
-Hoy son sus bodas de plata.
-Cuidado,
no le salte el perro a su vestido;
podría manchárselo; lo tienen suelto; es cariñoso.

-Ginebra, por favor. Ahora vive en Kent. Siempre la recordaré en la iglesia. Al salir llovía; una banda tocaba en la acera; creo que del Ejército de Salvación.
-Días de Mayo, el año de la gran huelga.

-No teníamos ni periódicos.
-Mire la montaña; 
cuando se ponga el sol estará serena y de un solo color. 
Eso es San Hilarión. Me gusta más con luna.
-Dicen que hay un fantasma que se pasea con el farol apagado.
-¿En San Hilarión?
-No, en su casa de Kent.
-Aquí iría mejor el fantasma. En ocasiones, -no sé como 
explicarlo-, el recuerdo bajo esta luz 
se vuelve más duro, como una pasta 
endurecida por el sol...
-¿Una pasta de qué? 
Yo también tengo jaquecas.
-¿Conoce usted al poeta,
llamémosmo así, que estuvo aquí el mes pasado?
Al afecto lo llama líbido subyacente;
algo muy original; nadie sabe
lo que quiere decir; es un cínico y un helenófilo.

-Un snob introvertido.
-Algo divertido; ahora toma las aguas.
-En Italia, según he oído.
-Sí, en un balneario. 
Dice que sirven para el vigor sexual.
Le di una recomendación para Horacio, en Roma.

-Muy imprudente ¿por qué se la diste?
-De verdad, por qué?
Tal vez a nuestra edad se vuelve uno complaciente,
tal vez necesite huir de mi propia vulgaridad,
tal vez esta isla haga impacto en mí como un meteorito de 
     otro mundo.
-Te has vuelto una melancólica, Margarita, pero es tan hermosa;
el sol, el mar: un verano perpetuo...
-¡Ah, esta vista!
que todo lo inquiere, que todo lo inquiere. Fíjate,
     a veces en el espejo,
cómo amortaja nuestro rostro. Y en ese sol ladrón,
cómo nos roba cada mañana el maquillaje. Yo preferiría
el calor del sol sin sol; yo desearía con locura
un mar que no desnudara; un azul sin voz,
sin este impertinente interrogante cotidiano.
Ansiaría el sosiego de la callada caricia de la niebla
en las orillas del sueño.
Este mundo no es el nuestro, es el de Homero,
la mejor frase que he oido para este lugar.
¡Tranquilo, Rex!
-Gracias, no te molestes,
conozco el camino. Quisiera pronto tela,
cuarenta codos de dril, para Banayí, nuestro jardinero.
¡Increíble!, necesita tanto, dice, para unas calzas...
Mientras hablaba me acordaba de Bill, un sábado, en barca
por el Támesis... Estuve mirando su foulard toda la tarde.
Remaba y, mientras, silbaba Díselo con ukelele.
¿Qué pasó entonces?...
-Lo mataron en Creta.
-Guapo, muy guapo... La espero a usted el martes...
El Támesis discurría sereno entre las sombras...
     Felices sueños.
-Lástima que no pueda quedarse a cenar."


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña.

6.5.14

EL DEMONIO DE LA CARNE, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

EL DEMONIO DE LA CARNE


... Nicosia e Famagosta per la lor bestia si
lamenti e garra...

Dante, Paradiso.

... y el demonio de la carne a todo el mundo
tienta, sedujo al rey y le hizo caer en el
pecado...

Crónica de Majerás.

Juan Visconti había escrito la verdad.
Cuántas celestinas pagó el conde de Rochas,
cómo hallaron compañía él y la reina,
cómo empezó la cosa, cómo acabó
las mozas todas de Nicosia
lo pregonaban por calles y plazas.
Que verdad era el escrito que a Francia enviara el rey
sabíanlo bien los consejeros.
Mas ahora
se han reunido y congregado por aconsejar
a la corona de Chipre y Jerusalén;
obligados se veían a juzgar
a la reina Leonora, que descendía
del noble linaje catalán:
despiadados son los catalanes,
si ocurriera que el rey se tomara la venganza
nada impediría que se armaran y vinieran
y los aniquilaran a ellos y su hacienda.
Tenían responsabilidades, terribles responsabilidades:
el reino dependía de su sentencia.

Que Visconti era fiel y leal
bien lo sabían, pero había ido demasiado lejos,
se había conducido insensatamente, de modo brutal e inicuo.
El rey era irascible ¿cómo no lo tuvo en cuenta?
y volcado siempre en la pasión de Leonora.
Consigo en los viajes el rey siempre se llevaba
una camisa de la reina y abrazado a ella se dormía:
y hasta llegó a escribir el desdichado
cómo sorprendieron a la oveja con el morueco;
¿se escriben palabras semejantes a un soberano?
Necio fue. Tendría al menos que acordarse
que también pecaba el rey: mohíno parecía
pero con dos mancebas en la puerta trasera.
Trastornose la isla cuando Leonora
ordenó que a una de ellas, empreñada, le trajeran,
y que sobre su vientre, con una muela, el trigo
molieran modio a modio.
Y lo peor -que no cabe en mente humana-
cuando todos supieron que el rey
bajo Capricornio había nacido.
Tomó el cálamo en sus manos el desdichado
una noche con la luna en Capricornio
para escribir qué ¡de cuernos y moruecos!
El sensato no irrita al destino.
No, no tenemos derecho a decir
dónde está lo justo. Nuestro deber
es hallar el mal menor.
Mas le vale a uno morir de sus destino
que arriesgarnos nosotros y el reino.
Así pasaron todos el día deliberando
y a la puesta del sol acudieron al rey,
ante él se postraron y dijéronle que Juan Visconti
era un redomado embustero.

Y Juan Visconti de hambre murió en una mazmorra.
Mas en el ánimo del rey la semilla de la vergüenza
extendía sus tentáculos y le atormentaba:
sufrió lo que a otros hiciera.
No quedó mujer a la que no deseara prostituir,
a todas cubrió de deshonra. Miedo y odio se ayuntaban
y colmaban el país de miedo y odio.

Así, con el "mal menor" caminaba el destino
hasta el alba de un miércoles de San Antonio
en que llegaron los caballeros y arrancándolo
de brazos de su manceba lo degollaron.
"Y el último de todos, el capitán de turcoples
lo halló cubierto de sangre" cuenta el cronista
"sacó su cuchillo y cortóle sus vergüenzas y la verga
al par que decía: ¡por esto te ganaste la muerte!"

Este fin marcó al rey Pierre el demonio de la carne.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

5.5.14

RECUERDO I, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

RECUERDO, I

y el mar ya no existe.

Yo con una caña sólo en mis manos;
la noche estaba desierta y la luna menguante
y la tierra con el olor del último aguacero.
Musité: "Dondequiera que lo toques el recuerdo duele,
el cielo es mínimo, mar ya no hay,
lo que matan de día, con carretas por detrás de la cima
     lo vacían".

Mis dedos tocaban ausentes esta flauta
que un viejo pastor me reglara cuando le di las buenas
     tardes;
otros renunciaron a cualquier clase de saludo:
despiertan, se afeitan y emprenden la matanza del salario,
como si se podara o se operara, metódicamente, sin pasión;
el dolor, un cadáver como Patroclo, sin que nadie cometa
     errores.

Pensé tocar una tonada pero tuve vergüenza de la gente,
la que mira más allá de la noche dentro de mi luz,
tejida de cuerpos vivos, de corazones desnudos
y del amor que también corresponde a las Venerables,
como al hombre y a la roca, como al agua y a la yerba,
como al animal que mira de frente a la muerte que viene
     a por él.

Avancé así por el sendero oscuro
y volví a mi jardín, removí la tierra y enterré la caña
y musité de nuevo: "Vendrá la resurrección una mañana,
como resplandecen los árboles en primavera brotará el 
     destello del alba,
volverá a nacer el mar y del oleaje estremecido
     surgirá Afrodita.
Somos simiente que muere". Y entré en mi casa vacía.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

4.5.14

AYÁNAPA II, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

AYÁNAPA, II

Primavera de 1156
(Versos para música)

A la sombra del viejo sicomoro
el loco viento jugaba
con las ramas con los pájaros
pero no nos hablaba.

en buena hora, hálito del alma,
te abrimos nuestro pecho,
entra, ven a beber
de nuestra pasión.

A la sombra del viejo sicomoro
el viento se levantó y
contra los baluartes del norte
se marchó sin siquiera rozarnos.

Tomillo y árbol del incienso,
anuda con fuerza tu pecho
y busca una cueva, busca refugio
y esconde tu llama.

No es este un viento de Pascua
ni de Resurrección
que es de fuego y humo
de esta vida desdichada.

A la sombra del viejo sicomoro
volvió el viento reseco:
por doquier olía a dinero
y nos vendió.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la peña

3.5.14

HELENA, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

HELENA


Teucro:  ... hacia la marinera Chipre, donde el oráculo
de Apolo me predijo que fundaría  una
ciudad con el isleño nombre de Salamina,
en recuerdo de mi lejana patria.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Helena: Yo nunca fui a Troya, sólo estuvo mi sombra.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Mensajero: ¿Qué dices? ¿Sólo por una sombra tanto
hemos padecido?

Eurípides, Helena.

 "No te dejan en Platres dormir los ruiseñores".

Pudoroso ruiseñor, tú, que en el sosiego de las hojas
brindas el alivio melodioso del bosque
a los cuerpos separados y a las almas
de los que saben que ya no volverán.
Voz ciega, que palpas en la noche del recuerdo
pasos y gestos, no me atrevería a decir besos;
amarga turbación de la esclava exasperada.

"No te dejan en Platres dormir los ruiseñores".

¿Qué es Platres? ¿Quién conoce esta isla?
Me he pasado la vida oyendo nombres desconocidos:
nuevos lugares, nuevas locuras de hombres
o de dioses.
Mi suerte, que oscila
entre la cuchillada postrera de un Áyax
y una nueva Salamina,
me ha traído aquí, a esta playa.
La luna
ha surgido del mar como Afrodita:
ha eclipsado las estrellas de Sagitario, apunta ahora
al corazón de Escorpio y todo lo transforma.
¿Dónde está la verdad?
Yo también fui un arquero en la guerra;
mi destino, el de un hombre que erró el tiro.

Ruiseñor cantarín,
una noche así, en las orillas de Proteo,
las cautivas espartanas te escucharon y alzaron su lamento,
entre ellas -¿quién lo diría?- ¡Helena!
La que tantos años perseguimos en el Escamandro.
Allí estaba, a las puertas del desierto. Pude tocarla,
     me habló:
"No es verdad, no es verdad", gritaba.
"No embarqué en la nave de azulada proa.
Jamás pisé la valerosa Troya".

Con su ceñido talle, el sol en sus cabellos y su porte,
todo sombras y sonrisas
en sus hombros, en sus muslos, en sus rodillas:
su piel radiante y sus ojos
de largas pestañas,
allí estaba, a la orilla de un delta.
¿Y en Troya?
En Troya, nada -una ficción.
Así lo querían los dioses.
Y Paris yacía con una sombra como si fuera una criatura
     viva.
¡Y por Helena estuvimos degollándonos diez años!
Un inmenso dolor se abatió sobre Grecia.
Tantos cuerpos arrojados
a las fauces del mar, a las fauces de la Tierra;
tantas almas entregadas a las muelas como el trigo en
     el molino.
Los ríos se crecían con la sangre en el légamo
por un ondear de lino, por una nube,
tremular de una mariposa, plumón de cisne,
por una túnica vacía, por una Helena.
¿Y mi hermano?
Ruiseñor, ruiseñor, ruiseñor,
¿qué es dios? ¿qué no es? ¿qué hay entre lo uno y lo otro?

"No te dejan en Platres dormir los ruiseñores".

Triste avecilla,
en Chipre besada por la mar,
que me evoca, así lo quiso el destino, la patria,
he fondeado yo solo con esta fábula,
si es verdad que es una fábula,
si es verdad que los hombres no caerán más
en la vieja trampa de los dioses;
si es verdad
que otro Teucro, al cabo de los años,
o un Áyax o un Príamo o una Hécuba
o un desconocido sin nombre, que sin embargo
ha visto desbordarse de cadáveres un Escamandro,
no está destinado a escuchar
mensajeros que vengan a decirle
que tanto dolor y tantas vidas
se fueron al abismo
por una túnica vacía, por una Helena.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

2.5.14

TE LLAMO EN NOMBRE DE LA DIOSA...

TE LLAMO EN NOMBRE DE LA DIOSA...

Aceite en los miembros,
quizá un olor rancio
como aquí en la almazara
de la ermita
en los gruesos poros
de la muela inmóvil.

Aceite en el cabello
ceñido con cuerda,
quizá también otros aromas
que no hemos conocido
humildes y caros
y estatuillas ofreciendo
senos diminutos en sus manos.

Aceite en el sol:
hojas trémulas
al detenerse el forastero
y el silencio gravitando
en las rodillas.
Han caído las monedas:
"Te llamo en nombre de la diosa..."

Aceite en los hombros
y en la cintura cimbreante,
tobillos cenicientos en la yerba
y esta herida al sol
mientras tocaban a vísiperas
mientras hablaba en el atrio
con un tullido.

Cuclia, noviembre '53


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

1.5.14

INSTANTÁNEAS DE CHIPRE, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

INSTANTÁNEAS DE CHIPRE

Al pintor Diamandís

Una lechucita estaba siempre allí,
encaramada a la aguja de San Mamas,
entregada ciegamente a la miel del sol,
aquí y allá, ahora, antes:
con ese ritmo danzaba el otoño.
Los ángeles abrían el telón del cielo
y alguien inmóvil como una estatua
con las cejas enarcadas miraba distraído
a una esquina del tejado.

Llegó entonces el monje: bonete, hábito, cinto de cuero
y empezó a decorar la calabaza.
Comenzó por el cuello: palmeras, escamas, anillos.
Fue poniendo al mal labrador, al cambista sin escrúpulos,
     el pérfido molinero, al murmurador.
Puso también a la madre que aborrece de sus hijos y a la
     monja renegada
y en un rincón, casi escondido, al gusano vigilante.

Todo eso era un bonito paseo divertido.
Sin embargo, la noria de madera -la rueca-
dormida a la sombra de un nogal,
medio en tierra, medio en el agua,
¿por qué has intentado despertarla?
Ya has visto cómo ha gemido. ¿Y a aquel clamor
arrancado a los viejos nervios de la madera
por qué lo llamaste voz de la patria?


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

ENSUEÑO, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

ENSUEÑO

Duermo y mi corazón está en vela:
contempla las estrellas en el cielo y la barra
y cómo se cuaja de flores el agua en el timón.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

30.4.14

AYÁNAPA, I, DE DIARIO DE A BORDO III, DE SEFERIS

A las gentes de Chipre, mi recuerdo y mi
cariño.

... Chipre, donde el oráculo me predijo...

AYÁNAPA, I

Estás viendo la luz del sol como decían los antiguos.
Yo que creía, sin embargo, llevar tantos años viéndola
mientras paseaba entre montañas y mares
mientras me encontraba con gentes revestidas de armadura;
qué extraño, no advertí estar sólo viendo su voz.
Era la sangre la que los forzaba a hablar, el cordero
que yo degollaba y ponía a sus pies,
pero la luz aquella no era un tapiz rojo.
Lo que me contaron tenía que tocarlo,
como cuando de noche te esconden, perseguido, en un establo
y consigues al fin refugio en el cuerpo de una mujer
y está la alcoba saturada de perfumes;
lo que me contaron: piel y seda.

Qué extraño, estoy viendo aquí la luz del sol: la red de oro
donde los objetos colean como peces
que un ángel va halando
a la vez que las redes de los pescadores.


Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña

1.2.10

SUSPENSIÓN

"... Entonces se puso a mirar los árboles y los anchos campos con las chozas con techos de paja, medio escondidas entre las cosechas... Las contemplaba con extraños ojos, incapaz de captar su tamaño, su proporción y el uso de las cosas..., y estuvo mirando, inmóvil, durante media hora. Mientras tanto sentía, aunque no podía expresarlo con palabras, que su alma iba desligándose de cuanto le rodeaba: como si fuera una rueda dentada desconectada de cualquier maquinaria, como aquella inútil rueda dentada perteneciente a una trituradora de azúcar de mala calidad, que estaba allí tirada en un rincón. La brisa lo acariciaba suavemente, las cotorras le gritaban, y el ruido que hacía la gente en la parte trasera de la poblada casa -querellas, órdenes y disputas- llegaba hasta sus sordos oídos. «Yo soy Kim. Yo soy Kim. ¿Y qué es Kim?», su alma repetía esta pregunta sin cesar. No tenía ganas de llorar -en su vida había sentido menos ganas de llorar- y de repente unas estúpidas lágrimas le resbalaron por las mejillas, y con un fuerte estremecimiento sintió que las ruedas de su ser se engranaban de nuevo en la máquina del mundo. Las cosas que un minuto antes se reflejaban en su pupila como objetos extraños, adquirieron de repente sus justas proporciones. Los caminos servían para marchar sobre ellos, las casas para vivir en su interior, el ganado para apacentarlo, los campos para ser labrados y los hombres y las mujeres para charlar con ellos. Todas las cosas eran reales y verdaderas -sostenidas sólidamente
sobre sus pies; perfectamente comprensibles-, barro de su mismo barro, ni más ni menos. Se sacudió
como hace un perro cuando se le posa una pulga en la oreja, y salió al campo..."

Fragmento del último capítulo de la novela "Kim", de Rudyard kipling.
...

"... De pronto yo caminaba y no caminaba
miraba los pájaros volar y eran de piedra
miraba el aire del cielo y era opaco
miraba los cuerpos bregar y estaban quietos
y enmedio de todos ellos ganaba la luz una figura.
Los negros cabellos se derramaban por su cuello, las cejas
poseían el aleteo de la golondrina, voluptuosa
sobre sus labios la nariz y el cuerpo
surgía desnudo de la brega
con los senos inmaduros de una virgen,
una danza sin movimiento.
Bajé la mirada hacia mi entorno:
muchachas amasando y la masa no tocaban
mujeres hilando y los husos no giraban
corderos abrevando y su lengua detenida
sobre las aguas verdes que parecían dormidas
y el pastor quieto con su cayado en suspenso.
Volví a mirar aquel cuerpo que emergía;
muchos se habían apiñado, como hormigas,
con palos la daban sin herirla.
Su vientre brillaba ahora como la luna
y hubiera creído que el cielo era la matriz
que la engendró y volvía a recobrarla: madre y criatura.
Sus pies eran aún de mármol
y se desvanecieron: una asunción.
El mundo
volvió a ser como era, nuestro,
hecho de tiempo y de tierra..."

Éngomi, poema de Yorgos Seferis.