
La segunda visita me llevó mucho más lejos:

al hasta hace poco despoblado de Villarías, en Villarcayo.

Allí la nieve estaba cerca,

y cuando el sol se ocultaba, el frío era intenso.

El viento traía el evocador aroma de la leña de roble quemada.

La vegetación apenas cubría el suelo y se podía caminar fácilmente entre matas de lavanda, brezo, sabinas, y robles jóvenes.

Me traje a casa algunas piedras redondeadas y un puñado bellotas, que puse en agua.