Una noche de lluvia descendió sobre el jardín un viento remoto. Alfanhuí tenía la ventana abierta y el viento se puso a agitar la llama de su lámpara. Se estremecieron, en las paredes, las sombras de los pájaros. Se movieron primero, indecisa y vagamente, como en un despertar inesperado. Alfanhuí vio desde su cama el agitarse de aquellas sombras en las paredes y el techo, que se quebraban en las esquinas y se cruzaban las unas con las otras. Le pareció que su cuartito se agrandaba y se agrandaba hasta hacerse un inmenso salón. Las sombras de los pájaros se agrandaban también y se multiplicaban al agitarse de la llama pequeña de su lámpara de aceite. El viento entraba cada vez más lleno por la ventana y traía como una música de ríos y de bosques olvidados. Al compás de la música, la llama hacía danzar las sombras de los pájaros. Como fantasmas o marionetas de pájaros, pusiéronse a danzar las danzas arcanas, las danzas primitivas de su especie, dibujando sobre el techo del salón una rueda grandiosa de alas y de picos. Una rueda cambiante, luminosa y ligera que giraba y giraba y hacía volver a las muertas sombras los viejos colores de las aves. En el medio danzaba la garza de ojos chinescos y movía su pico con un ritmo altivo, marcando el compás de la danza a todos los pájaros, y el viento parecía arrojar ráfagas de lluvia contra sus ojos. Ya los pájaros disecados habían desaparecido de su pedestal, como si la lluvia les hubiera devuelto la vida, y se habían volado a sus sombras, que danzaban en el techo del salón. Rompióse la bruma del silencio y la soledad y despertaron visiones olvidadas, al encontrarse la música del viento y de la lluvia con los muertos colores de los pájaros. Pareció abrirse, en medio de la rueda de pájaros, un redondel en el techo a donde retornaban todos los colores primitivos. Los mil verdes de las selvas, el blanco de las cataratas; y, de la tierra de las zancudas, el rosa y ceniza de las marismas, con un sol rojo a flor de agua, temblando en la superficie limosa y sanguinolenta. Al pie de los morados y amarillos cañaverales, brillaba el limo negro de las orillas, tapizadas de pequeñas raíces serpenteantes, entre mil huellas de pájaros distintos. Volvían las blancas salinas de los estuarios, y los pájaros salineros que bucean con su largo pico en los fangales. Y el sol marino de las gaviotas y de los albatros, batiendo sobre un yermo de arena y caracolas. Volvía el azul de las ciudades de la tierra y las golondrinas enhebrando los arcos de las torres, cosiendo con los hilos de su vuelo, espadaña con espadaña. El viento abrió también un libro de plantas disecadas y se puso a pasar sus hojas. Las flores se mojaban y revivían, trepando por las paredes del salón, invadiéndolo todo, formando una espesa enramada, florida y llena de nidos de donde salían también pájaros que volaban hacia el redondel luminoso del techo. Alfanhuí no hubiera sabido decir si en sus ojos había una tenebrosa soledad y en sus oídos un insondable silencio, porque aquella música y aquellos colores venían de la otra parte, de donde no viene nunca el conocimiento de las cosas; traspuesto el primer día, por detrás del último muro de la memoria, donde nace la otra memoria: la inmensa memoria de las cosas desconocidas. Danzaban y danzaban las aves, las primitivas danzas de su especie y volvía el entrecruzarse de las bandadas hacia los ríos sagrados. Al Eufrates, al Nilo, al Ganges, a los ríos de China con sus nombres de colores. Retornaba toda la emigrante y multicolor geografía de los pájaros, la luz de las tierras antiguas. Luego desapareció el círculo luminoso de las visiones y volvió a las paredes la danza de las sombras, oscura y agitada esta vez, como una danza bruja, a los sordos golpes de un turbio tambor; como una danza de rígidos fantasmas de largas y desgarbadas patas. Más aprisa, cada vez más aprisa, y el salón se iba cerrando y se empequeñecía de nuevo hacia la frente de Alfanhuí. La danza y las sombras se hacían pequeñas, pequeñas, en torno de la llama de la lámpara. Volvían las sombras, como grises mariposas, a quemar su polvillo en la llama. Era el polvo que el viento había levantado de las plumas secas de las aves, y sus motitas infinitesimales se ponían un momento incandescentes y repetían, al quemarse, cada color, vivo y lejano de las visiones, para perderse de nuevo en la luz simple y pequeña de la lámpara. Todo volvía a recogerse en sí. El viento había cesado. Las sombras morían de nuevo, quietas, en las grises paredes; los pájaros morían en el brillo vacío de sus ojos de cristal y el último aceite subía a la llama, extenuado, ahogándose por los hilos de la torcida. La llama menguaba chisporroteando en las últimas motas de polvo, y pronto quedó hecha una pavesa humeante que apenas brillaba ya, tan sólo en el latón dorado de la lámpara. Quedó en el aire el olor mortecino y oscuro del aceite requemado y todo se apagó. Había ahora un silencio ligero como para una voz clara y solitaria, una canción de alborada o unos pasos de cazadores.
24.1.24
INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ (1951), DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO (1927-2019). CAPÍTULO VII. DE UN VIENTO QUE ENTRÓ UNA NOCHE EN EL CUARTO DE ALFANHUÍ Y LAS VISIONES QUE ÉSTE TUVO
23.1.24
INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ (1951), DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO (1927-2019). CAPÍTULO VI. DE LAS COSAS QUE HABÍA EN EL JARDÍN DE LA LUNA, DONDE CASI TODO ERA COMO PLATA
DE LAS COSAS QUE HABÍA EN EL JARDÍN DE LA LUNA, DONDE CASI TODO ERA COMO PLATA
El jardín de la casa tenía dos partes: la del sol y la de la luna. La primera estaba delante de la fachada, al mediodía. La otra, en la cara de levante, adonde daba la ventanita de Alfanhuí. A Alfanhuí le gustaba más la de la luna porque tenía la piel blanca como su luz. Las noches de luna se sentaba en el dintel de la ventana y miraba el jardín.
El jardín tenía un castaño y un olivo plateado, con su tronco musculoso, en el que vivían dos roedores blancos que tenían los ojos de luz y siempre se andaban escondiendo como las ardillas. Por la noche se veían sus ojillos aparecer y desaparecer. Era como los anuncios luminosos de las ciudades: primero una lucecita; luego dos, tres, cuatro. Tres, dos, una y desaparecía. Luego las cuatro lucecitas de un golpe, en otra parte del olivo. Y así toda la noche, sin que nada se oyera. Alfanhuí solía quedarse contemplando el jardín y el juego de los roedores hasta que la luna se ponía.
También había en el jardín un hito de piedra blanca con una argolla y una cadena negra que arrastraba por el suelo. En medio, había un pequeño estanque redondo con un surtidor, cuya varita de agua subía y se agitaba tan sólo en las noches de tormenta cálida y seca, y mataba las libélulas y los insectos que el viento traía de los ríos y los lagos que había secado. Y al agitarse la superficie del estanque, en pequeñas olitas, afloraba el brillo de las arenas de plata que yacían en el fondo. También estaba enterrada la criada en un rincón de aquel jardín. Al fondo había un muro alto y un invernadero de flores que estaba abandonado y tenía los cristales llenos de polvo. Dentro del invernadero nacía la mala hierba y vivía una culebra de plata, que salía a tomar la luna en un claro del jardín. A Alfanhuí le gustaba mucho esta culebra y tenía ganas de capturarla.
Alfanhuí sabía que la plata y el oro eran dos cosas casadas, como las naranjas y los limones, y se le ocurrió preparar tres anillitos de oro, un poco más anchos que el vientre de la culebra. Ató de cada anillo un largo bramante y esperó a la luna llena.
Un día, al oscurecer, colocó los anillos: el primero, en el agujero por donde la culebra salía; el segundo, un poco más adelante, y el tercero, en el medio del claro, donde la culebra tomaba la luna. Alfanhuí se apostó cauteloso junto a la ventana, con los tres bramantes en la mano, por dentro de su habitación, y esperó. Levantóse del horizonte una gran luna roja que se fue blanqueando conforme subía. Alfanhuí estaba inmóvil. Cuando la luna se hizo blanca del todo asomó la culebra su cabeza y ensartó el primer anillo. Luego fue saliendo poco a poco, mirando a todas partes, con la cabecita alta y silbando en su lengua de dos puntas. Alfanhuí seguía inmóvil. Al principio resbalaba por dentro del anillo y no lo movía, pero cuando hizo la primera curva de ese con su cuerpo, se lo llevó prendido a la mitad de su vientre. Alfanhuí no respiraba. En la curva siguiente ensartó la culebra el segundo anillo y lo arrastró consigo como el primero. Ensartó, por fin, el tercer anillo. Alfanhuí miraba inmóvil y tenía los tres hilos, desde la ventana. La culebra se paró, y los tres anillos, enhebrados en su cuerpo, se juntaron a la mitad de su vientre. Al tocarse, se estrecharon y la apretaron, como abrazándola, por la cintura, y la culebra quedó presa. Alfanhuí tiró lentamente de los tres hilos y la arrastró hasta la ventana. La culebra de plata se adormecía sensualmente, al abrazo de los tres anillitos de oro. Alfanhuí la enroscó en una caja redonda de cristal, sin quitarle los tres anillos, y la culebra quedó en letargo, rígida y brillante como plata metálica. Tenía el cuerpo todo de escamas diminutas, que sonaban cuando Alfanhuí le pasaba la uña a contrapelo: «¡Drinn…! ¡Drinn…!».
Alfanhuí desató los tres hilos de seda y cerró la caja de cristal. La luna que entraba por la ventanita entreabierta daba en el rostro de Alfanhuí. Este miró la culebra de plata en sus manos y sonrió. Luego
guardó la caja en lo oscuro y se acostó.
8.12.23
INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ (1951), DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO (1927-2019). CAPÍTULO II. DONDE SE CUENTA CÓMO AQUEL NIÑO SE ESCAPÓ DE SU CUARTO Y LA AVENTURA QUE TUVO
CAPÍTULO I I
DONDE SE CUENTA CÓMO AQUEL NIÑO SE ESCAPÓ DE SU CUARTO Y LA AVENTURA QUE TUVO
Aquel cuarto era el más feo de la casa y allí había ido a parar también el gallo de veleta, abrazado a su tizón. Un día el niño se puso a hablar con él, y el pobre gallo, con la boca torcida, le dijo que sabía muchas cosas, que lo librara y se las enseñaría. Entonces hicieron las paces y el niño le sacó el carbón y lo enderezó. Y se pasaban el día y la noche hablando, y el gallo, que era más viejo, enseñaba, y el niño lo escribía todo en el rasgón de camisa. Cuando venía la madre, el gallo se escondía porque no querían que ella supiera que un gallo de veleta hablaba.
Desde lo alto de la casa había aprendido el gallo que lo rojo de los ponientes era una sangre que se derramaba a esa hora por el horizonte, para madurar la fruta, y, en especial, las manzanas, los melocotones y las almendras. Esto fue lo que al niño más le gustó de cuantas cosas el gallo le enseñaba, y pensó cómo podría tener de aquella sangre y para qué serviría.
Un día, que al gallo le pareció bueno, cogió el niño las sábanas de su cama y tres ollas de cobre y se escapó con el gallo al horizonte de aquella ventana. Llegaron a una meseta rasa, en cuyo borde estaba el horizonte que se veía lejísimos desde la casa, y esperaron a que bajara el sol y se derramara la sangre.
Poco a poco vieron venir una nube rosa; luego una niebla rojiza les envolvía y tenía un olor ácido, como a yodo y limones. Por fin la niebla se hizo roja del todo y nada se veía más que aquella luz densísima entre carmín y escarlata. De cuando en cuando pasaba una veta más clara, verde o de color de oro. La niebla se hizo cada vez más roja, más oscura y espesa y dificultaba la luz, hasta que se vieron en una noche de color escarlata. Entonces la niebla empezó a soltar una humedad y una lluvia finísima, pulverizada y ligera, de sangre que lo empapaba y lo enrojecía todo. El niño cogió las sábanas y se puso a sacudirlas en el aire hasta que se volvían del todo rojas. Luego las estrujaba en las ollas de cobre y volvía con ellas al aire para que se embebieran de nuevo. Así se estuvo hasta que las tres ollas fueron llenas.
Ya la niebla había tomado un color negro rojizo y se veteaba de azul. El olor agrio y almizclado se iba transformando en otro olor más ligero, como de violetas animales. La luz aumentaba de nuevo y la niebla tomaba un color morado, cárdeno, porque las vetas azules se habían fundido con lo demás. La humedad disminuía y la niebla aclaraba cada vez más. El olor a violetas animales se hacía más sutil y se tornaba vegetal. La niebla aclaraba tomando un color rosa azulado, cada vez más claro, hasta que abrió de nuevo, y todo se volvió a ver. El cielo estaba blanco y limpio, y el aire tenía un perfume a tila y rosas blancas. Abajo se veía el sol que se iba con sus nieblas escarlata y carmín. Oscurecía. Las tres ollas estaban llenas de una sangre densísima, roja, casi negra. Hervía despacio en grandes, lentas burbujas que explotaban sin ruido como besos de boca redonda.
Aquella noche durmieron en una cueva, y a la mañana siguiente lavaron las sábanas en un río. El agua de aquel río se manchó y lo iba madurando todo, hasta pudrirlo. Bebió una yegua preñada y se volvió toda blanca y transparente, porque la sangre y los colores se le iban al feto, que se veía vivísimo en su vientre, como dentro de un fanal. La yegua se tendió sobre el verde y abortó. Luego volvió a levantarse y se marchó lentamente. Era toda como de vidrio, con el esqueleto blanco. El aborto, volcado sobre la hierba menuda, tenía los colores fuertísimos y estaba envuelto en una bolsa de agua, rameada de venillas verdes y rojas que terminaba en un cordón amoratado por cuya punta iba saliendo el líquido lentamente. El caballito estaba hecho del todo. Tenía el pelo marrón rojizo y la cabezota grande, con los ojos fuera de las órbitas y las pestañas nacidas; el vientre hinchado y las cañas finísimas, que terminaban en unos cascos de cartílago, blando todavía; las crines y la cola flotaban ondulando por el líquido mucoso de la bolsa, que era como agua de almíbar. El caballito estaba allí como en una pecera y se movía vagamente. El gallo de veleta rasgó la bolsa con su pico y toda el agua se derramó por la hierba. El potro, que tendría el tamaño de un gato, fue despertando poco a poco, como si se desperezara, y se levantó. Sus colores eran densos y vivos, como no se habían visto nunca; todo el color de la yegua se había recogido en aquel cuerpo pequeñito. El potrillo dio una espantada y salió en busca de su madre. La yegua se tendió para que mamara. Blanqueaba la leche en sus ubres de cristal.
El niño y el gallo de veleta volvieron hacia su casa. Llevaban las ollas de cobre y entraron por un balcón. Luego echaron la sangre en una tinaja y la lacraron. La madre perdonó a su hijo; pero el niño dijo que quería ser disecador y tuvieron que mandarlo de aprendiz con un maestro taxidermista.
7.12.23
INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ (1951), DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO (1927-2019). CAPÍTULO I. DE UN GALLO DE VELETA QUE CAZÓ UNOS LAGARTOS Y LO QUE CON ELLOS HIZO UN NIÑO
Sembradas están para ti las locuras que andaban en mi cabeza y que en Castilla tenían tan buen asiento.
Escrita para ti esta historia castellana y llena de mentiras verdaderas.
(Mateo, 6, 22)
aquel zumo y lo juntó todo en una palangana para ponerlo seco.
negro, tinta, para aprender a escribir.
23.11.23
DOS NIÑOS EN LA NIEVE: EL NINI Y ALFANHUÍ
—Fa, mira, el Furtivo, ¡anda con él!
Pero a la perra la asustaba el muñeco y reculaba ladrando, sin cesar de mirarlo esquinadamente y, entonces, el niño formó unas bolas y lo destruyó de cuatro pelotazos. Soltó una carcajada estridente y el cristalino eco que despertó su risa en la nieve le animó a repetir y, luego, a gritar una y otra vez, cada vez más fuerte. Experimentaba, al hacerlo, una grata sensación de plenitud..."
sació de respirar y llenó sus pulmones con el aire de la nieve..."
21.11.23
TERNE Y DE BUENA COLOR
Busco estas palabras en la red, correspondientes a una novela de Camilo José Cela, y compruebo que no aparece nada. Hace no mucho leí que alguien se quejaba de que el escritor de Iria Flavia aparecía hasta en la sopa, pero yo personalmente tengo la impresión de que los escritores españoles del siglo XX están en el olvido. O al menos no observo el reflejo de sus palabras en la red.
...
Había dejado la entrada con tan solo ese párrafo y las palabras del encabezamiento, pero voy a proponer un fragmento de Viaje a La Alcarria:
"UNOS DÍAS ANTES
El viajero está echado, boca arriba, sobre una chaise-longue forrada de cretona. Mira, distraídamente, para el techo y deja volar libre la imaginación, que salta, como una torpe mariposa moribunda, rozando, en leves golpes, las paredes, los muebles, la lámpara encendida. Está cansado y nota un alivio grande dejando caer las piernas, como marionetas, en la primer postura que quieran encontrar.
El viajero es un hombre joven, alto, delgado. Está en mangas de camisa fumando un cigarrillo. Lleva ya varias horas sin hablar, varias horas que no tiene con quién hablar. De cuando en cuando bebe un sorbo —ni pequeño ni grande— de whisky o silba, por lo bajo, alguna cancioncilla.
En la casa todo es silencio; la familia del viajero duerme. En la calle sólo algún taxi errabundo rompe, muy de tarde en tarde, la piadosa intimidad de los serenos.
La habitación está revuelta. Sobre la mesa, cientos de cuartillas en desorden dan fe de muchas horas de trabajo. Extendidos sobre el suelo, clavados con chinchetas a las paredes, diez, doce, catorce mapas con notas y acotaciones en tinta, con fuertes trazos de lápiz rojo, con blancas banderitas sujetas con alfileres.
—Después, nada de esto sirve nunca para nada. ¡Siempre pasa igual!
A caballo de una silla duerme la chaqueta de dura pana. En la alfombra, al lado de un montón de novelas, descansan las remachadas botas de andar. Una cantimplora nueva espera su carga de espeso y saludable vino tinto. Suena en el noble, en el viejo reloj de nogal, la última campanada de una alta hora de la noche.
El viajero se levanta, pasea la habitación, pone derecho un cuadro, empuja un libro, huele unas flores. Ante un mapa de la península se para, ambas manos en los bolsillos del pantalón, las cejas casi imperceptiblemente fruncidas.
El viajero habla despacio, muy despacio, consigo mismo, en voz baja y casi como si quisiera disimular.
—Sí, la Alcarria. Debe ser un buen sitio para andar, un buen país. Luego,
ya veremos; a lo mejor no salgo más; depende.
El viajero enciende otro cigarrillo —a poco más se quema el dedo con el mixto—, se sirve otro whisky.
—La Alcarria de Guadalajara. La de Cuenca, ya no; por Cuenca puede que ande el pinar; o la Mancha, ¡quién sabe!, con sus lentos caminos.
El viajero hace un gesto con la boca.
—Y tampoco importa que me salga un poco, si me salgo. Después de todo, ¿qué más da? Nadie me obliga a nada; nadie me dice: métase por aquí, suba por allí, camine aquel ribazo, esta laderilla, esta otra vaguada
tierna y de buen andar.
El viajero revuelve entre los papeles de la mesa buscando un doble decímetro. Lo encuentra, se acerca de nuevo a la pared y, con el pitillo en la boca y el entrecejo arrugado para que no se le llenen los ojos de humo, pasea la regla sobre el mapa.
—Etapas ni cortas ni largas, es el secreto. Una legua y una hora de descanso, otra legua y otra hora, y así hasta el final. Veinte o veinticinco kilómetros al día ya es una buena marcha; es pasarse las mañanas en el
camino. Después, sobre el terreno, todos estos proyectos son papel mojado y las cosas salen, como pasa siempre, por donde pueden.
Busca unas notas, consulta un cuadernillo, hojea una vieja geografía, extiende sobre la mesa un plano de la región.
—Sí; sin duda alguna, las regiones naturales. Los ríos unen y las montañas separan, es la vieja sabiduría; no hay otra división que valga.
El viajero se distrae un instante y toma, de la estantería, el primer libro que alcanza: la Historia de Galicia, de don Manuel Murguía, encuadernado en rojo cartoné ya desvaído por el tiempo. No lo necesita para nada; en realidad, lo coge sin darse cuenta.
—Es gracioso este libro..., es un libro lleno de paciencia.
El viajero está medio dormido y da un par de cabezadas mientras pasa las hojas. Se despierta de nuevo del todo, cuando lee al pie de una lámina: Cromlech que existe en Pontes de García Rodríguez. Lo devuelve a su sitio y piensa que, realmente, tiene los libros bastante mal ordenados. La Historia de Galicia queda entre una Fisiología e Higiene, del bachillerato, y el The sun also rises, de Hemingway..."
Nótese (en rojo claro), que Cela hace uso de una parecida combinación de palabras que las que he propuesto en la entrada. Cuando se encuentra con el vagabundo y le dice "lo veo terne y de buena color", la fórmula sorprendió a su interlocutor, no solamente por su contenido, que ponía esperanza en su momento de desánimo, sino por su estructura, que Cela, consciente o inconscientemente, usaba por ser lingüísticamente atractiva.
20.3.20
EL LLANO EN LLAMAS, NOS HAN DADO LA TIERRA, DE JUAN RULFO
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada había después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.
Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:
-Son como las cuatro de la tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteba y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: "somos cuatro". Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos; pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más este nudo que somos nosotros.
Faustino dice:
-Puede que llueva.
Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: "puede que sí".
No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy agusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.
Cae una gota de agua, grande, gorda, hacuendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira al cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y desaparece en su sed.
¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.
No, el llano no es cosa que sirva. No hay conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuanto huizaches traspeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada..."
21.2.20
23.1.20
BELLA DESCRIPCIÓN DEL RÍO BOTIJAS
En Cuevas de Provanco el arroyo emerge en una turbera. En la década de 1950 se formó una Comunidad de Regantes canalizando una parte de las aguas del Botijas.
A su paso por Castrillo se remansa y se llena de pecina, de ahí el nombre de empecinados de los habitantes de Castrillo de Duero, cuyo hijo más famoso fue Juan Martín Díez, El Empecinado. En tiempos pasados impulsó un molino.
En Olmos de Peñafiel, vuelve a impulsar otro pequeño molino en el que alrededor del año 2000 se ha creado el Museo del Pan y la Miel.
A su paso por el arrabal de Mélida riega o regaba una pequeña pero fértil vega. En la margen derecha del Botijas, donde existió una finca con caserío, habitada en los años 1950, se ha plantado una buena viña y se erigió una de las bodegas de más prestigio de la Ribera del Duero: Pago de Carraovejas.
Un pequeño embalse permitía en los primeros años del siglo XX el riego de la Huerta del Coronel, pequeña finca que atraviesa el Botijas antes de desembocar en el Duero."




