
Después de un amanecer que mi cámara decidió que fuera azul (opinión que respeto, pero que no comparto),

la mañana apenas salió de la noche, estancándose en una más lluvia que chirimiri,

que terminó de empapar los troncos de los árboles y los últimos rincones enjutos.

Recogida a buen recaudo la clorofila, los árboles se sumaban alegremente a la lluvia, dejando caer sus hojas bellamente desteñidas y ya sin valor.
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