Se ha puesto a llover.
Las nubes cubren el cielo y dejan pasar una luz suave, como de cuarto de estar luminoso de casa grande.
Por el aire fresco y en calma, que hoy no huele a mar, llega el canto de un pájaro que sólo recordaba de paseos por el campo.
No se parece esta siesta veraniega a otras sobre las que haya leído.
Es una siesta huérfana de poetas.
2 comentarios:
No tan huerfana.
Uno se quedó con ella para escribir ésto...!
:)
Yo odiaba las siestas. De pequeña casi me ataban a la cama para que durmiera, ¡dormir!, ¡dormir cuando tienes cinco levantiscos años y el cuarto lleno de juguetes! Con los años seguí igual de reacia y, si alguna vez me eché un ratito, después tocaba levantarse con el coco pesado.
Como ves, Glo, mis siestas nunca tuvieron poetas; esa tuya, en cambio, como bien te dicen ahí arriba, te tuvo a ti.
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