A Yorgos Apostolidis
Me he visto en la necesidad de colocar el
hospital de don Juan Tavera en forma de modelo
porque no sólo venía a tapar la Puerta de la Bisagra
sino que su cúpula sobresalía sobrepasando a la ciudad,
y así, una vez que lo dispuse como modelo y lo desplacé de sitio,
me parece preferible mostrar la fachada en lugar de sus otros flancos.
Por lo que se refiere a su posición en la ciudad, puede verse en el mapa.
hospital de don Juan Tavera en forma de modelo
porque no sólo venía a tapar la Puerta de la Bisagra
sino que su cúpula sobresalía sobrepasando a la ciudad,
y así, una vez que lo dispuse como modelo y lo desplacé de sitio,
me parece preferible mostrar la fachada en lugar de sus otros flancos.
Por lo que se refiere a su posición en la ciudad, puede verse en el mapa.
Dominicos Teotocópulos.
Aquí, en el suelo, arraigó una cisterna
refugio de agua secreta que atesora.
Arriba, su cubierta, rumor de pasos.
No llegan a sus entrañas las estrellas.
Cada día crece, se abre y cierra, y no la roza.
Se abre como un abanico el mundo encima
y juega con el hálito del viento
acompasado que muere con la tarde
bate las alas en vano y late
al silbido del amor predestinado.
En la clave de la bóveda de una noche despiadada
pisan los desvelos y pasan los gozos,
con el crepitar agitado del destino
se encienden rostros, brillan por un instante
y se apagan en una oscuridad de ébano.
¡Formas fugaces! Sartas de miradas
corren por un reguero de amargura,
los presagios del pleno día
los enfilan y empujan cerca
de la tierra negra que no sabe de rescate.
Se vence sobre el suelo el cuerpo del hombre
dejando tras de sí la sed de amor;
petrificada al contacto con el tiempo
cae la estatua desnuda en el áspero
seno que se suaviza poco a poco.
La sed de amor busca lágrimas
se mecen las rosas como el alma
se oye en las hojas latir la creación
el crepúsculo se acerca como un peregrino,
luego la noche, luego la tumba...
Más aquí, en el suelo, arraigó una cisterna
refugio secreto, cálido, que atesora
el quejido de cada cuerpo en el viento
la lucha con la noche y con el día.
Crece el mundo, desparece y no la roza.
Van pasando las horas, los soles y las lunas,
pero el agua se ha trabado como un espejo.
Atenta con mirada absorta
cuando a pique se van todas las velas
en el confín del mar que la alimenta.
Sola, con tanta concurrencia en sus entrañas
sola, con tanta pena en sus entrañas
y tanta angustia, gota a gota, solitaria
mientras tira lejos las redes a un mundo
que vive inmerso en amarga marejada.
Si la ola se abre fuera del abrazo
en el abrazo puede terminar;
puede, antes de romper su línea
en la playa, traernos el amor,
la ola que en espuma quedó sobre la arena.
Un calor extendido como un vellón
sereno, como la bestia dormida
que en silencio escapó de la angustia
y a la puerta del sueño ha llamado buscando
el jardín donde destila la plata.
Y un cuerpo escondido, un bronco grito
arrancado del cubil de la muerte
como el agua vivificante en el surco
como el agua que brilla solitaria
en el prado y habla a las raíces oscuras...
¡Oh! ¡más cercana a la raíz de nuestra vida
que nuestro pensamiento y nuestra pena!
¡Oh!, ¡más cercana que nuestro hermano cuel
que con los ojos cerrados nos mira, más aún
que la lanza en nuestro costado!
¡Oh! ¡cómo se suaviza de pronto a nuestro tacto
la piel del silencio que nos oprime!
Poder olvidar, dioses, la culpa
que va creciendo y nos agobia,
¡escapemos del saber y del hambre!
Conteniendo el dolor de nuestra herida
escapemos del dolor de nuestra herida
conteniendo la amargura del cuerpo
escapemos de la amargura del cuerpo.
¡Nazcan rosas en la sangre de nuestra herida!
Vuelva todo otra vez como al principio
a los dedos, a los ojos, a los labios:
abandonemos el mal inveterado:
camisa que mudan las serpientes,
amarilla en el verdor de los tréboles.
¡Amor inmenso e inmaculado, paz!
Dentro de la fiebre viva te sometiste
con humildad una tarde, curva desnuda,
ala blanca por encima del rebaño
como mano delicada por la sien.
El mar que te trajo te arrastró
lejos, adonde florecen los limoneros,
ahora, al dulce despertar de las Moiras,
mil rostros con tres arrugas
inician el cortejo del sepulcro.
Arrastran su lamento y llevan mirra
para arrancar la esperanza humana
clavada en los ojos con el fuego
que ilumina la tierra enceguecida
sudorosa de las tareas de primavera.
Llamas del mundo circundante, candeleros
en la primavera que hoy germina,
sombras dolientes en fúnebres coronas
pasos... pasos... la campana pausada
eslabona una cadena tenebrosa.
-¡Perecemos! ¡Mueren nuestros dioses!...-
Bien lo saben los mármoles que miran
cómo una aurora blanca cubre la víctima,
despojos extraños, cubiertos de párpados
mientras pasan las masas de la muerte.
...
marcharon lejos con su pena
ardiente junto a cirios consumidos
que en sus frentes cabizbajas dibujaban
la vida feliz del mediodía
cuando los hechizos y las estrellas se apagan.
Mas la noche no cree en la alborada,
vive el amor tejiendo la muerte
así, a semejanza de un alma libre
una cisterna da lecciones de silencio
en medio de una ciudad que es pura llama.
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
No hay comentarios:
Publicar un comentario