14.6.07
LA BRISA
Yo veraneé en una ondulante planicie glaciar a mil metros de altura, rodeado por montañas de dos mil. Nunca nos pudimos bañar en un Ebro helado, nacido ya adolescente; cuando lo cruzaba por el puente romano, me interesaban solamente las algas de filamentos paralelos que ondulaban en el fondo de sus rápidas y transparentes aguas, entre las que se adivinaba una trucha de vez en cuando. Las mañanas podían ser calurosas en aquel páramo, pero recuerdo pocas tardes en las que no se echara una niebla meona, que nos obligaba a buscar nuestras chaquetas de lana y a refugiarnos en algún garaje, donde jugábamos largas partidas de monopoly. Una brisa fresca eterna era como una compañía que susurraba siempre algo amable al oído, y que se llevaba el calor de la siesta valle abajo. Aquel clima no invitaba a la sensualidad, pero la belleza del paisaje virgen sí lo hacía a la contemplación. Vivimos en la última casa, y durante mucho tiempo, más allá de la ventana de la cocina en la que se reflejaba su fuego de leña, no hubo una sola luz hasta el horizonte crepuscular...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
2 comentarios:
Perfecto! y sin foto.
Todo un hallazgo encontrarte.
Gracias, Camille.
Publicar un comentario