
La segunda visita me llevó mucho más lejos:

al hasta hace poco despoblado de Villarías, en Villarcayo.

Allí la nieve estaba cerca,

y cuando el sol se ocultaba, el frío era intenso.

El viento traía el evocador aroma de la leña de roble quemada.

La vegetación apenas cubría el suelo y se podía caminar fácilmente entre matas de lavanda, brezo, sabinas, y robles jóvenes.

Me traje a casa algunas piedras redondeadas y un puñado bellotas, que puse en agua.
6 comentarios:
Oh!
Bellotas!
Cuando vengas, regalame una piedrita de esas, anda!
(qué horror, qué tia pedilona...jajajaja)
Estas fotos son preciosas, G.
Parecen pinturas.
Un beso
Porque gosto do teu blogue, decidi partilhar o Prémio Dardos contigo.
Passa pelo meu blogue.
Saludo
Muchísimas gracias, lena. Me alegro de que te gusten mis fotos.
Te gustarán las piedritas, ya verás.
:)
Muchísimas gracias, manuela.
:)
Palabras mágicas que despiertan a un duendecillo largo tiempo dormido: mi infancia. Cuando oigo hablar de bellotas, o de las nueces y los higos de hace días, me pongo exacerbadamente nostálgica.
Magníficas imágenes y, sin poder explicarlo, hoy me quedo con la última. (Me habla de promesas...)
Muchísimas gracias, mertxe.
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