III
¡Oscuro temblor en la raíz y en las hojas!
Surge, cuerpo vigilante, de la masa del silencio,
alza tu cabeza del hueco refugio de tus manos
cúmplase tu voluntad y repíteme las palabras
sugerentes que se fundían con la sangre en un abrazo
y ojalá profundo se meciera tu deseo como sombra de nogal
y en la lujuria de tus cabellos nos inunde
con el terciopelo del beso en el fondo del corazón.
Entornabas los ojos con aquella sonrisa
que historiaban con humildad viejos pintores.
Lectura olvidada de un viejo evangelio,
tus palabras y voz ligera suspiraban:
-El transcurso del tiempo es silencioso y remoto
y boga suavemente el dolor en mi alma
apunta en el cielo la aurora, el sueño no acaba de borrarse
y transcurren casi arbustos perfumados en flor.
La mirada medrosa, el cuerpo arrebolado,
palomas que despiertan y descienden en bandada
El torbellino de alas me aprisiona a ras de suelo
una caricia humana de estrellas en mi regazo.
Cual caracola fundida con mi oído rumorea
el adverso y lejano lamento inextricable del mundo.
Son instantes que se extinguen: mientras prevalece,
desdoblada la ilusión de mi deseo y sólo ella.
Creí despertar desnuda en un vago recuerdo
cuando llegaste familiar y extraño, amigo querido,
a ofrecerme reclinándote una libertad sin límite
que iba yo persiguiendo en el sistro impetuoso del viento...-
Se atenuó el rasgón crepuscular hasta perderse
era ilusorio mendigar los favores del cielo.
Tus ojos se entornaban. La zarza de la luna
germinó y las sombras del monte te espantaron.
... Cómo se diluye nuestro amor en el espejo
en el sueño los ensueños, escuela del olvido
cómo amaina en los abismos del tiempo el corazón
y se pierde en el abrazo extraño que lo acuna...
De Canto de amor
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
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