IV
Dos sierpes hermosas y lejanas, tentáculos de la ausencia,
serpean y se buscan en la noche de los árboles,
en nombre de un amor oculto en secretos escondites
en vigilia se buscan sin beber ni comer.
Entre vueltas sinuosas su propósito insaciable
fluye, crece, retuerce, estira los anillos por el cuerpo
regidos por calladas leyes de la bóveda estrellada
para atizar el fuego incontenible de su furia.
Se yergue el bosque, trémula columnata de la noche
y es el silencio patena de plata donde caen los instantes.
Sonidos diferenciados, totales, un cincel
escrupuloso que esboza líneas incisas...
Destella súbito la estatua. Mas los cuerpos se esfumaron
en la mar, en el viento, al sol y al agua.
Nacen así las bellezas que la naturaleza nos regala
pero quién sabe si en el mundo ha muerto un alma.
Si en la imaginación hubieran girado las serpientes separadas
(el bosque resplandece de pájaros, brotes y retoños)
aún quedan sus revueltas ensortijadas, iguales
a las vueltas de la rueda que trae consigo los tormentos.
De Canto de amor
Yorgos Seferis/ Pedro Bádenas de la Peña
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