18.6.26

COPLAS A LA MUERTE DE SU PADRE, DE JORGE MANRIQUE

I

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando;

cuán presto se va el placer;

cómo después de acordado

da dolor;

cómo a nuestro parecer

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.


II

Pues si vemos lo presente

cómo en un punto se es ido

y acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos lo no venido

por pasado.

No se engañe nadie, no,

pensando que ha de durar

lo que espera

más que duró lo que vio,

pues que todo ha de pasar

por tal manera.


III

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir:

allí van los señoríos,

derechos a se acabar

y consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

y más chicos;

y llegados, son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.


IV

Dejo las invocaciones

de los famosos poetas

y oradores;

no curo de sus ficciones,

que traen yerbas secretas

sus sabores.

A Aquel sólo me encomiendo,

Aquel sólo invoco yo

de verdad,

que, en este mundo viviendo,

el mundo no conoció

su deidad.


V

Este mundo es el camino

para el otro, que es morada

sin pesar;

mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada

sin errar.

Partimos cuando nacemos,

andamos mientras vivimos,

y llegamos

al tiempo que fenecemos;

así que, cuando morimos,

descansamos.


VI

Este mundo bueno fue

si bien usásemos dél,

como debemos,

porque, según nuestra fe,

es para ganar aquel

que atendemos.

Y aun aquel Hijo de Dios,

para subirnos al cielo,

descendió

a nacer acá entre nos

y a vivir en este suelo

do murió.


VII

Ved de cuán poco valor

son las cosas tras que andamos

y corremos,

que en este mundo traidor

aun primero que muramos

las perdemos.

De ellas deshace la edad,

de ellas casos desastrados

que acaecen,

de ellas, por su calidad,

en los más altos estados

desfallecen.


VIII

Decidme: la hermosura,

la gentil frescura y tez

de la cara,

la color y la blancura,

cuando viene la vejez

¿cuál se para?

Las mañas y ligereza

y la fuerza corporal

de juventud,

todo se torna graveza

cuando llega al arrabal

de senectud.


IX

Pues la sangre de los godos,

el linaje y la nobleza

tan crecida,

¡por cuántas vías y modos

se sume su gran alteza

en esta vida!

Unos, por poco valer,

¡por cuán bajos y abatidos

que los tienen!

Otros que, por no tener,

con oficios no debidos

se mantienen.


X

Los estados y riqueza,

que nos dejen a deshora

¿quién lo duda?

No les pidamos firmeza,

pues que son de una señora

que se muda,

que bienes son de Fortuna,

que revuelven con su rueda

presurosa,

la cual no puede ser una,

ni ser estable ni queda

en una cosa.


XI

Pero digo que, acompañen

y lleguen hasta la huesa

con su dueño,

por eso no nos engañen,

pues se va la vida apriesa,

como sueño,

y los deleites de acá

son, en que nos deleitamos,

temporales,

y los tormentos de allá,

que por ellos esperamos,

eternales.


XII

Los placeres y dulzores

de esta vida trabajada

que tenemos,

no son sino corredores,

y la muerte, la celada

en que caemos:

No mirando a nuestro daño,

corremos a rienda suelta

sin parar;

des que vemos el engaño

y queremos dar la vuelta,

no hay lugar.


XIII

Si fuese en nuestro poder

tornar la cara hermosa

corporal,

como podemos hacer

el alma tan gloriosa

angelical,

¡qué diligencia tan viva

tuviéramos cada hora,

y tan presta

en componer la cautiva,

dejándonos la señora

descompuesta!


XIV

Estos reyes poderosos

que vemos por escrituras

ya pasadas,

con casos tristes, llorosos,

fueron sus buenas venturas

trastornadas.

Así que no hay cosa fuerte,

que a Papas y Emperadores

y Prelados,

así los trata la Muerte

como a los pobres pastores

de ganados.


XV

Dejemos a los troyanos,

que sus males no los vimos,

ni sus glorias;

dejemos a los romanos,

aunque oímos y leímos

sus historias;

no curemos de saber

lo de aquel siglo pasado,

qué fue de ello;

vengamos a lo de ayer,

que también es olvidado

como aquello.


XVI

¿Qué se hizo el rey don Juan?

Los infantes de Aragón

¿qué se hicieron?

¿Qué fue de tanto galán,

qué fue de tanta invención

como trujeron?

Las justas y los torneos,

paramentos, bordaduras,

y cimeras,

¿fueron sino devaneos?

¿Qué fueron sino verduras

de las eras?


XVII

¿Qué se hicieron las damas,

sus tocados, sus vestidos,

sus olores?

¿Qué se hicieron las llamas

de los fuegos encendidos

de amadores?

¿Qué se hizo aquel trovar,

las músicas acordadas

que tañían?

¿Qué se hizo aquel danzar,

aquellas ropas chapadas

que traían?


XVIII

Pues el otro, su heredero,

don Enrique, ¡qué poderes

alcanzaba!

¡Cuán blando, cuán halaguero

el mundo con sus placeres

se le daba!

Mas verás cuán enemigo,

cuán contrario, cuán cruel

se le mostró,

habiéndole sido amigo,

¡cuán poco duró con él

lo que le dio!


XIX

Las dádivas desmedidas,

los edificios reales

llenos de oro,

las vajillas tan fabridas,

los enriques y reales

del tesoro,

los jaeces y caballos

de su gente, y atavíos

tan sobrados,

¿dónde iremos a buscallos?

¿qué fueron sino rocíos

de los prados?


XX

Pues su hermano, el inocente

que en su vida sucesor

se llamó,

¡qué corte tan excelente

tuvo y cuánto gran señor

que le siguió!

Mas como fuese mortal,

metiólo la muerte luego

en su fragua,

¡oh juicio divinal!

Cuando más ardía el fuego,

echaste agua.


XXI

Pues aquel gran Condestable

Maestre que conocimos,

tan privado,

no cumple que dél se hable,

sino sólo que lo vimos

degollado.

Sus infinitos tesoros,

sus villas y sus lugares,

su mandar,

¿qué le fueron sino lloros?

¿que fueron sino pesares

al dejar?


XXII

Pues los otros dos hermanos,

maestres tan prosperados

como reyes,

que a los grandes y medianos

trajeron tan sojuzgados

a sus leyes;

aquella prosperidad

que tan alta fue subida

y ensalzada,

¿qué fue sino claridad,

que cuando más encendida

fue matada?


XXIII

Tantos duques excelentes,

tantos marqueses y condes,

y barones,

como vimos tan potentes,

di, Muerte, ¿dó los escondes

y traspones?

Y las sus claras hazañas

que hicieron en las guerras

y en las paces,

cuando tú, cruda, te ensañas,

con tu fuerza las atierras

y deshaces.


XXIV

Las huestes innumerables,

los pendones y estandartes,

y banderas,

los castillos impugnables,

los muros y baluartes

y barreras,

la cava honda chapada,

o cualquier otro reparo,

¿qué aprovecha?

cuando tú vienes airada

todo lo pasas de claro

con tu flecha.


XXV

Aquél de buenos abrigo,

amado por virtuoso

de la gente,

el Maestre don Rodrigo

Manrique, tanto famoso

y tan valiente,

sus grandes hechos y claros

no cumple que los alabe,

pues los vieron,

ni los quiero hacer caros,

pues que el mundo todo sabe

cuáles fueron.


XXVI

¡Qué amigo de sus amigos!,

¡qué señor para criados

y parientes!,

¡qué enemigo de enemigos!,

¡qué maestre de esforzados

y valientes!,

¡qué seso para discretos!,

¡qué gracia para donosos!,

¡qué razón!,

¡cuán benigno a los sujetos!,

y a los bravos y dañosos,

¡qué león!


XXVII

En ventura Octaviano,

Julio César en vencer

y batallar,

En la virtud, Africano,

Aníbal en el saber

y trabajar,

En la bondad un Trajano,

Tito en liberalidad

con alegría,

En su brazo, Aureliano

Marco Atilio en la verdad

que prometía.


XXVIII

Antonio Pío en clemencia,

Marco Aurelio en igualdad

del semblante,

Adriano en la elocuencia,

Teodosio en humanidad

y buen talante,

Aurelio Alejandro fue

en disciplina y rigor

de la guerra,

un Constantino en la fe,

Camilo en el gran amor

de su tierra.


XXIX

No dejó grandes tesoros,

ni alcanzó muchas riquezas,

ni vajillas,

mas hizo guerra a los moros,

ganando sus fortalezas

y sus villas.

Y en las lides que venció,

muchos moros y caballos

se perdieron,

y en este oficio ganó

las rentas y los vasallos

que le dieron.


XXX

Pues por su honra y estado

en otros tiempos pasados

¿cómo se hubo?

Quedando desamparado,

con hermanos y criados

se sostuvo.

Después que hechos famosos

hizo en esta dicha guerra

que hacía,

hizo tratos tan honrosos,

que le dieron aun más tierra

que tenía.


XXXI

Estas sus viejas historias

que con su brazo pintó

en juventud,

con otras nuevas victorias

ahora las renovó

en senectud.

Por su gran habilidad,

por méritos y ancianía

bien gastada,

alcanzó la dignidad

de la gran caballería

de la Espada.


XXXII

Y sus villas y sus tierras

ocupadas de tiranos

las halló,

mas por cercos y por guerras

y por fuerza de sus manos

las cobró.

Pues nuestro rey natural,

si de las obras que obró

fue servido,

dígalo el de Portugal,

y en Castilla quien siguió

su partido.


XXXIII

Después de puesta la vida

tantas veces por su ley

al tablero;

después de tan bien servida

la corona de su rey

verdadero;

después de tanta hazaña

a que no puede bastar

cuenta cierta,

en la su villa de Ocaña

vino la Muerte a llamar

a su puerta.


XXXIV

diciendo: «Buen caballero,

dejad el mundo engañoso

y su halago;

vuestro corazón de acero

muestre su esfuerzo famoso

en este trago;

y pues de vida y salud

hicisteis tan poca cuenta

por la fama,

esfuércese la virtud

por sufrir esta afrenta

que os llama.


XXXV

No se os haga tan amarga

la batalla temerosa

que esperáis,

pues otra vida más larga

de fama tan gloriosa

acá dejáis.

Aunque esta vida de honor

tampoco no es eternal,

ni verdadera,

mas, con todo, es muy mejor

que la vida terrenal,

perecedera.


XXXVI

El vivir que es perdurable,

no se gana con estados

mundanales,

ni con vida deleitable,

en que moran los pecados

infernales,

mas los buenos religiosos,

ganánlo con oraciones

y con lloros,

los caballeros famosos

con trabajos y aflicciones

contra moros.


XXXVII

Y pues vos, claro varón,

tanta sangre derramasteis

de paganos,

esperad el galardón

que en este mundo ganasteis

por las manos.

Y con esta confianza

y con la fe tan entera

que tenéis,

partid con buena esperanza,

que esta otra vida tercera,

ganaréis.»


XXXVIII

«No tengamos tiempo ya

en esta vida mezquina

por tal modo,

que mi voluntad está

conforme con la divina

para todo.

Y consiento en mi morir

con voluntad placentera,

clara y pura,

que querer hombre vivir

cuando Dios quiere que muera,

es locura.» 


XXXIX

Tú que por nuestra maldad

tomaste forma servil

y bajo nombre;

Tú que en tu divinidad

juntaste cosa tan vil

como es el hombre;

Tú que tan grandes tormentos

sufriste sin resistencia

en tu persona,

no por mis merecimientos,

mas por tu sola clemencia,

me perdona.


XL

Así, con tal entender,

todos sentidos humanos

conservados,

cercado de su mujer,

Y de sus hijos y hermanos

y criados,

dio el alma a quien se la dio,

el cual la ponga en el cielo

y en su gloria,

y aunque la vida perdió,

dejónos harto consuelo

su memoria.

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