Recuerdo las portadas de las revistas de pasatiempos como gritos de letras y colores en el silencio de las interminables siestas en la canícula de los veranos.
En mis remotos lugares aquellos fantásticos premios, aquellos productos desconocidos, carecían de realidad. Y si la revista tenía unas décadas, la extrañeza se multiplicaba: todo carecía de vigencia.

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